CIELO OBSCURO

 

¡Nos han robado el cielo! Esta exclamación se escucha con frecuencia últimamente cuando en la gran ciudad las parejas de enamorados, o simplemente los amantes del firmamento, elevan sus ojos hacia las estrellas. Estas parecen haber desaparecido. Es imposible vislumbrarlas a causa del esceso de luz de las ciudades. Este fenómeno ha llegado hasta tal punto que en grandes núcleos urbanos, los niños preguntados por el color del cielo han respondido que este es naranja.
       El problema de la contaminación luminosa aumenta a medida que el progreso avanza. Cada vez es mayor el número de farolas y focos luminosos en las poblaciones que no respetan el firmamento y que desperdician la energía eléctrica a manos llenas. Para los investigadores la obscuridad del firmamento es fundamental. Sin ella les resulta imposible observar las estrellas con un mínimo de garantías. Por ello y con intención de frenar el exagerado gasto de los ayuntamientos a la hora de alumbrar sus calles, se ha puesto en marcha una campaña para evitar que jamás volvamos a contemplar la hermosura del cielo y de las estrellas.
       Es necesario racionalizar el alumbrado urbano. Buscar alternativas que siguiendo criterios de eficiencia maximicen la intensidad en las regiones espectrales más adecuadas a la sensibilidad del ojo humano y aumenten la emisión de las lámparas en dirección al suelo, no al cielo. Ello redundaría a la vez en un ahorro energético importante y en un firmamento más oscuro. El disfrute de un cielo puro es, además, un derecho de las generaciones futuras contemplado expresamente como tal por la Unesco.
       Para que este artículo no se quede en una simple constatación del problema, pasamos a reproducir una carta en defensa del cielo obscuro, firmada por los representantes de las asociaciones españolas de aficionados a la astronomía. Lérida, 30 de octubre de 1994. Publicado en la revista Tribuna de Astronomía en abril de 1995, cuyo fin es la adhesión de todos los lectores y su movilización. Por ello proponen que todos los que estén de acuerdo con su contenido realicen una copia y la envíen a: Secretaría de Estado de Medio Ambiente y Vivienda. Plaza San Juan de la Cruz, s.n. E-28071-Madrid (España).
       Más Cosas se une a esta campaña animando a sus lectores a participar activamente en la defensa del cielo obscuro.

CARTA EN DEFENSA DEL CIELO OBSCURO
 Desde la más remota antigüedad, el cielo oscuro ha sido para toda la humanidad una ventana abierta al resto del universo. A los seres humanos primitivos les permitió observar el movimiento de los astros para así determinar el paso del tiempo y aumentar sus posibilidades de supervivencia. A los miembros de sociedades más avanzadas les facilitó la posibilidad de comprender cómo es el cosmos y de qué está hecho, para así determinar qué lugar ocupa el ser humano en él y cuál es su responsabilidad como ser inteligente. Hemos heredado el legado de quienes, noche tras noche, contribuyeron a configurar el conocimiento actual de la naturaleza del universo. Tenemos, por ello, la responsabilidad de hacer posible que su esfuerzo pueda seguir progresando a través de generaciones futuras.
       Los avances en el campo de la astronomía han supuesto siempre innovaciones tecnológicas que han mejorado considerablemente nuestras condiciones de vida. En la actualidad, las tecnologías diseñadas para los grandes observatorios acaban encontrando siempre una aplicación práctica en el ámbito de la sociedad. En este sentido, la astronomía es un factor de progreso.
       Los astrónomos aficionados asumen una importante labor, complementaria a la de los profesionales. Contribuyen a la difusión social del conocimiento actual del universo y hacen aquellas observaciones que, por motivos económicos y de tiempo, resultan imposibles de ralizar en los grandes observatorios. Una buena parte de los descubrimientos astronómicos corren a cargo de los aficionados.
       Pero en la actualidad, y de forma creciente, el mismo progreso que los astrónomos han contribuido a crear amenaza con hacer imposible su labor. La causa se denomina contaminación luminosa y consiste en la pérdida de oscuridad del fondo del cielo por efecto de la dispersión de luz artificial. Es una amenaza para todos los aficionados y también para los profesionales.
       El problema se origina por el empleo de bombillas de alumbrado inadecuadas, que consumen excesivamente, y de sistemas de apantallado incorrectos, que no impiden que la luz se proyecte directamente hacia el cielo. En las ciaudades contaminadas, las partículas en suspensión incrementan el proceso de dispersión de la luz, con el resultado de que sólo son visibles los astros más brillantes. La contaminación luminosa tiene solución: sustituir bombillas y pantallas inadecuadas, impedir nuevas instalaciones deficientes y modificar las antiguas en la medida de lo posible. Las inversiones necesarias se amortizan con el ahorro de consumo resultante. Con el timepo, las ciudades gastarían menos en electricidad y disminuiría la generación de residuos contaminantes en las centrales eléctricas, con lo cual bajaría también el coste de su tratamiento. Combatir la contaminación luminosa es, en el fondo, perseguir un bien social común y preservar el derecho de las generaciones futuras a tener un medio ambiente mejor y un cielo más puro, de acuerdo con la Declaración Universal de los Derechos de la Generaciones Futuras de la Unesco.
       Pero para que esto sea posible, debemos exigir de las distintas administraciones la adopción de leyes nuevas y decreots de control de las instalaciones eléctricas. Se puede conseguir si estamos dispuestos a poner el empeó necesario, porque nuestra propuesta supone racionalizar una situación que sólo genera despilfarro y residuos indeseados. A punto de finalizar la redacción de la primera Ley de Protección del Medio Ambiente Atmosférico, nuestra determinación puede ser decisiva. El futuro de nuestra actividad depende de ello. Todas las personas tienen derecho a contemplar las estrellas. Ellas son el legado de la historia del universo y también el paisaje que nos acompaña en nuestras actividades de observación. De ellas procedemos y, defendiendo el derecho a admirarlas, estamos preservando la posibilidad de acceder a la visión de nuestros orígenes y el avance de nuestro conocimiento acerca del universo. Hagamos que la serena belleza de una noche estrellada no se convierta en un simple recuerdo sentimental sino en una realidad accesible y cotidiana.

 
 
 
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