El hombre que quiso conocer a la luna

Del libro “Mitos, cuentos y leyendas de los cinco continentes”, narrados por José Manuel de Prada. Ed.: Juventud. Barcelona, 1995.

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CUENTO KÍWAI

Un día, dos hombres se pusieron a discutir si el Sol y la Luna eran una única persona, o dos personas diferentes.

– Te equivocas -decía uno-. Son dos personas distintas.

– No, no -insistía el otro-. Te digo que son la misma persona.

Como ninguno quería dar su brazo a torcer, la discusión se acaloró, y los dos hombres se comenzaron a dar de golpes. Terminada la pelea, el hombre que decía que el Sol y la Luna eran personas distintas quedó tendido en el suelo, dolorido y magullado. Al pobre le daba tanta vergüenza haber llevado las de perder que decidió encontrar la casa de Ganúmi, la Luna, y salir definitivamente de dudas. Así que se dirigió a la orilla del mar, montó en su canoa y se puso a remar en dirección al lugar por donde sale la Luna. Navegó día y noche, adentrándose cada vez más en el mar, hasta que, finalmente, llegó a la casa de la Luna. En aquel momento la marea estaba baja, así que arrastró la canoa orilla adentro y luego se sentó en ella.

Al cabo de un rato, apareció Ganúmi. Como eran días de luna nueva, Ganúmi tenía entonces el aspecto de un niño pequeño.

– Bienvenido a mi hogar -dijo-. Por favor, te ruego que vengas conmigo.

Pero el hombre no quiso creerse que aquél era verdaderamente Ganúmi y se negó en redondo a apearse de la canoa.

– No -dijo en tono firme-. Tú eres un niño pequeño. Yo quiero que Ganúmi, la Luna, venga personalmente a invitarme.

– ¡Pero si yo soy Ganúmi! -insistió el pequeño-. Vamos, desembarca.

– Nada de eso -repuso el hombre-. Yo quiero a un hombre mayor, y tú eres un pequeñajo. No. No puedes ser Ganúmi.

Y se quedó en la canoa con los brazos cruzados.

Pasaron unos días y la Luna se hizo más grande. Ganúmi volvió a presentarse ante el hombre, esta vez con el aspecto de un muchacho joven.

– Vamos, ¿es que no vas a bajar nunca de esa canoa? -preguntó-. Yo, Ganúmi, te invito a mi casa.

Pero el hombre seguía en sus trece, y replicó:

– Muchacho, ya le dije al niño que vino el otro día que yo quiero ver a Ganúmi, y que sea él quien venga a invitarme. Así que no me muevo de aquí.

Pasó más tiempo. Ganúmi se convirtió en todo un hombre,y una abundante barba le cubría a cara. Con ese aspecto, fue a ver al viajero, que seguía obstinadamente montado en su canoa.

– Te lo ruego -le dijo con gran cortesía-. Desembarca y ven conmigo. Eres mi invitado.

Pero el hombre seguía sin creerse que aquél fuera Ganúmi.

– No, no- explicó-. Ya se lo he dicho a los otros. Yo a quien quiero ver es a Ganúmi.

– ¡Pero si yo soy Ganúmi! -exclamó el otro.

Pero no hubo nada más que hacer, así que se marchó.

Al cabo de pocos días, Ganúmi volvió a la orilla del mar para intentar que su invitado desembarcara. Esta vez era ya un hombre entrado en años, cuyo cabello comenzaba a cubrirse de canas.

– Acompáñame, por favor -le dijo al hombre de la canoa-. Yo soy Ganúmi y quiero que vengas a mi casa.

– ¿Cómo? ¿Tú Ganúmi? ¡Ni hablar! Yo quiero que el Ganúmi de verdad venga aquí para invitarme.

Finalmente, Ganúmi apareció en forma de un hombre muy viejo que caminaba con la ayuda de un bastón.

– ¡Al fin! -dijo el hombre, que ya comenzaba a cansarse de esperar-. ¡Tú sí que eres Ganúmi!

Y, tras apearse de su canoa, siguió a su huésped, que le llevó a ver sus dominios. Primero le enseñó un lugar donde todo era blanco. La casa, la tierra, las plantas, nada había allí que no fuese blanco.

– Todo esto -dijo Ganúmi-, es mío.

Después le llevó a otro lugar. Allí todo era negro como la pez.

– Este lugar es de Dúo, la Noche.

Por último, Ganúmi llevó a su invitado a un lugar en el que todo era rojo.

– Esto -explicó-, es de Hiwío, el Sol.. Cuando Noche vuelve a su casa, el Sol sale desde aquí.

A continuación, Ganúmi llevó al hombre a su casa y allí comieron juntos. Cuando hubieron terminado, Ganúmi dijo:

– Ahora verás cómo asciendo hasta el cielo. Primero surge Noche, y yo voy detrás. Después, cuando los dos hemos vuelto a nuestra casa, sale el Sol. Como ves, Sol y Luna son personas distintas.

Dicho esto, Ganúmi trepó por un alto árbol y desde allí se lanzó hacia el cielo. Se posó al borde de una nube y todo el lugar quedó inundado por sus rayos. El hombre, después de ver aquello, pensó: “Bien, está claro que yo tenía razón. La Luna y el Sol son personas distintas, así que el otro tipo estaba equivocado”.

Aquella noche el hombre no durmió sino que estuvo paseando por la casa de la Luna. Se fijó en que allí no crecía nada, salvo arbolitos y arbustos, pues el lugar estaba demasiado cerca del sitio de donde surgen la luz y el calor.

Comenzó a clarear el alba. La Luna seguía en el cielo, pero no tardó en salir el Sol. Ganúmi volvió a casa y le dijo a su invitado.

– Bueno, ¿has visto ya cómo son las cosas por aquí?

– Sí, he podido ver a la Luna, el Sol y la Noche; creo que ya puedo volver a mi casa.

Pero antes de que regresara, Sol, Luna y Noche, obsequiaron al hombre con un fruto de sus respectivos huertos. El fruto del Sol era rojo, el de Luna blanco y el de Noche negro.

Entonces Ganúmi le dijo al hombre:

– Espera a que se ponga el Sol y yo esté en lo alto. Yo te tenderé mi soga y tú la atarás a tu canoa. De este modo, mientras me desplace por el cielo, te arrastraré hasta tu casa. Una vez lleguemos allí tira de la cuerda y yo me detendré. Cuando vuelvas a tirar de ella la recogeré, pero antes enséñasela a los tuyos. Enséñales también los frutos que te hemos dado y nadie dudará de que has estado aquí.

Al anochecer, Ganúmi le tendió al hombre su soga y éste la ató a su embarcación. Después, juntos se desplazaron sobre las aguas, hasta llegar al hogar del hombre. Éste, cuando vio que ya estaba en su casa, tiró de la soga. La Luna se detuvo. El hombre convocó entonces a los habitantes de su aldea, sin olvidar al hombre con el que había discutido. Entonces les explicó que había estado en el hogar de la Luna, el Sol y la Noche, contó lo que había visto allí y mostró los frutos que le habían dado.

– Todo esto prueba -insistió-, que el Sol y la Luna son dos personas diferentes, y que con ellos hay una tercera persona, la Noche.

Sin embargo, como notaba cierto aire de duda en el rostro de la gente, el hombre señaló hacia la cuerda.

– Mirad -dijo-, con esta soga Ganúmi me ha traído hasta aquí. Esta cuerda pertenece a la Luna, y ahora voy a devolvérsela.

Así que desató la cuerda de la canoa y tiró de ella. Al instante, se oyó un gran estallido, y, ante el asombro de todos, Ganúmi comenzó a recoger su cuerda hasta hacerla desaparecer en el cielo. Después de eso, el hombre invitó a los demás a probar los frutos que le habían dado. Al principio la gente no quiso ni tocarlos, temiendo que fueran venenosos, pero el hombre les aseguró que eran buenos, así que todo el mundo tomó un poco.

 

Los kíwai viven en la parte oriental de lo que hoy es Papúa Nueva Guinea, a orillas del Pacífico. Como todos los pueblos papúas los kíwai son fundamentalmente agricultores)

 

__Luna_________Sol________ERNESTO_