Jorge Bucay: El elefante encadenado

intro fruitis

Clair De Lune

Feliz Navidad Y UN BUEN AÑO 2014

 

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Alza tu copa y brinda,

por el año que ya se va,

por el año que comienza.

Arriba las copas.animadas_419526387_hbjxfbvufthw_thumb1estellitaestellita[24]estellita[26]estellita[28]estellita[28]estellita[30]y1pCUibA6Wsyh1PCYTO7tF7GJXa9bSwz0Qpr_JkX60gQV6gB8740EiGB_JaobhFRFbPDTgrNhTva40

Chistes

Había una vez un viejo de 60 años que nada de nada, desde hacía varios años.

Va al médico y le receta sus pastillas de Viagra.

– Tome una pastilla 2 horas antes de hacer el amor con su mujer y cuando termine, ponga su miembro en lechita fría, con eso podrá eliminar el efecto.

El hombre corre a su casa y desesperadamente se toma el frasco entero.

Cuando llega su mujer le hace el amor durante dos horas y no contento, se pasa por las armas a la vecina, a la sirvienta, la suegra, a una amiga que va de visita, a la del videoclub y hasta a un gato.

Desesperado, recuerda que el médico le dijo ponerla en un tazón de leche fría para bajar la excitación, entonces corre al refrigerador, y deposita el miembro en el litro de leche.

En eso entra la sirvienta a la cocina y sale gritando:

– ¡¡¡¡¡Corran, corran, …que está recargando!!!!!!

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Una mujer, cansada de que su marido llegue borracho a casa todas las noches, decide darle un susto para que escarmiente.
Esa noche, cuando el esposo todavía no regresa de la juerga, se disfraza del diablo y lo espera en silencio en la oscuridad.
Apenas escucha girar la llave de la puerta, la esposa se prepara y en cuanto entra el hombre,
alcoholizado como siempre, cae encima de él gritando:
“¡Grrrrrrrrr! ¡He venido a llevarte!”
El hombre mira con tranquilidad y responde:
“Da lo mismo… ¡Hace veinte años que vivo con tu hermana!”

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El indio virgen.           

Llega un joven indio a un burdel, toca a la puerta y le abre la Madame. Al ver su vestimenta, la Madame le dice: “¿Qué se te ofrece?”
A lo que de inmediato contesta el indio: “¡Indio querer mujer!”
¿Tienes experiencia?” Pues…no…” responde el joven indio.
“En ese caso vete allá, a la selva donde vives, consíguete un tronco de un árbol que tenga un huequito, practicas allá durante un mes y luego vuelves.
¿De acuerdo?” le dice la Madame.
El indio se va. Practica durante todo un mes con un árbol y regresa con una tabla debajo del brazo. Toca a la puerta del prostíbulo y nuevamente le abre la Madame.
“¡Indio querer mujer. Ya tener experiencia!”
La Madame le hace entrar y llama a Romualda para que le atienda. Romualda y el indio suben al cuarto, ella se desviste y se pone en cuatro patas en la cama para tirar estilo perrito.
De repente el indio saca la tabla y le zampa tremendo tablazo por el culo.
Romualda, muy enojada, y sobándose las nalgas, le dice al indio: “Pero bueno, ¿qué te pasa?, ¡indio hijo de puta!
¿Por qué me pegaste con esa tabla?”
El indio muy serio, parado a la orilla de la cama, le contesta:
“Indio querer asegurarse de que no haber avispas en hueco”

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Humor grafico(risa garantizada)

DISFRUTENLOS

humor

 

imgenes graciosas

Foto de portada

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La Noche de los Feos.

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio.

Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades.

En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas.

Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.
La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
“¿Qué está pensando?”, pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.
“Un lugar común”, dijo. “Tal para cual”.
Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba transpasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.
“Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?”
“Sí”, dijo, todavía mirándome.
“Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida.”
“Sí.”
Por primera vez no pudo sostener mi mirada.
“Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo.”
“¿Algo cómo qué?”
“Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad.”
Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.
“Prométame no tomarme como un chiflado.”
“Prometo.”
“La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?”
“No.”
“¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?”
Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.
“Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca.”
Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.
“Vamos”, dijo.
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.
Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.

Mario Benedetti.

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La isla de los sentimientos y los valores

Erase una vez….

Había una vez una isla, en la que Vivian todos los Sentimientos y Valores del Hombre:

El Buen Humor , La Tristeza, La Sabiduría… como también todos los demás, incluso El Amor.

Un día se anuncio a los Sentimientos que la isla estaba a punto por hundirse.

Entonces todos prepararon sus barcos y partieron.

Únicamente el Amor quedo esperando solo, hasta el último momento.

Cuando la isla estuvo a punto de hundirse, el Amor decidió pedir ayuda

La Riqueza pasó cerca del Amor en una barca y el Amor le dijo:

“Riqueza, ¿ me puedes llevar contigo?”

“No puedo porque tengo mucho oro y plata dentro de mi barca y no hay lugar para ti”

Entonces el Amor decidido pedirle al Orgullo que estaba pasando en una magnifica barca.

“Orgullo te ruego ,¿puedes llevarme contigo?”

“No puedo llevarte, Amor…”respondió el Orgullo:

“Aquí todo es perfecto, podrías arruinar mi barca”.

Entonces el Amor dijo a la Tristeza que se estaba acercando:

“Tristeza te lo pido , déjame ir contigo”.

“Oh Amor” respondió la Tristeza,

“Estoy tan triste que necesito estar sola”.

Luego el Buen Humor paso frente al Amor ;

pero estaba tan contento que no sintió que lo estaban llamando.

De repente una voz dijo:

“Ven Amor, te llevo conmigo” Era un viejo el que lo había llamado.

El Amor se sintió tan contento y lleno de gozo que se le olvidó de preguntar su nombre al viejo.

Cuando llegó a tierra firme en donde también se encontraba el saber, el viejo se fue.

El Amor se dio cuenta de cuanto le debía y le preguntó al  Saber:   

“¿Puedes decirme quien me ayudó?”

El Saber le dijo que fue El Tiempo.

“¿ El Tiempo?”. Se preguntó El Amor,

“¿Porqué será que El Tiempo me ha ayudado?”

El Saber lleno de Sabiduría respondió:

“Porque solo El Tiempo es capaz de comprender cuán importante es el Amor en la vida”

Autor desconocido por mí.

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