A LA DAMA DE MIS SUEÑOS

A LA DAMA DE MIS SUEÑOS.

 Así, como una carta a la desconocida que nunca conocí te escribo, escribo para ti, porque siento que el olvido se apiadó de tu pecho y laureó tu silencio con un verso en la noche; porque sé que estás ahí, al otro lado, en el lado de los gatos, los de pies de elefante y guantes de plata, y ya no puedo verte en la noche de la mano de Morfeo, y siento que la blancura de tus vestidos se aleja por el pasillo más allá de los libros, más allá del baño. Y no es un recuerdo banal y no es un pedazo de cielo, es un resquicio instantáneo de tiempo reflejándose en los erizos de tu pelo, y es el otoño naciendo en el costado y la palabra muriendo en mi boca.
Así, como un trueno sordo, como un voraz epitafio del viento, como una tez helada buscando abrigo, te escribo. Y pasa un niño buscando a su madre, y llora un trozo de papel en mi mano, y siento que mis pies se elevan y flotan sobre las escaleras que me llevan hasta el banco del olvido, y pienso, y escribo.
La tecnología acelera las ideas, y ya no hace falta bolígrafos, y ya no hace falta un testigo. Y pienso en las aladas palabras, en los razonamientos físicos, en la filosofeada tupida y gentil del estudiante pedante, y en el silencio de los que callan, y en la blasfemia de las sonrisas extrañas y en el contoneo de las palabras borrachas de sentido ilógico y penetrante como un rayo, como un flamante zumbido en una habitación de madera carcomida en silencio. Y recuerdo como tus manos dibujaban sombras y se indigestaban de poesía pagana, mientras tus ojos se disparaban contra el viento.
En esta noche pálida como el hambre recuerdo las notas musicales del ladrido salvaje, del latido roto de tu corazón. Pum, pum, pum…, y la patada en el sueño helando el sollozo, helando la pausa. Y se acabó, y a otra cosa mariposa, y a soñar de nuevo y a dejar de divagar entre las algas, y a dejar de abofetear las puertas, los templos, y los versos…
Y un aplauso por el tiempo invertido, por los días de lluvia y los valores perdidos. Como un suspiro de vino, como una resaca relajada, como una sombra de un dios esperando que se acabe el mundo.
A la dama de mis sueños escribo, la que yace en ese extraño Limbo, cerca de mis sueños, cerca del olvido. Gentil servicio del pan de cada día, del rico jengibre de humildad y temple.
Nacimos para aportar sabor al día, y descanso a la noche insípida. Así es como te siento, a lo lejos, perpleja de miradas vacías y de muecas arañadas. A lo lejos, como los espejos cóncavos y los cuadros de Picasso, nunca supe de arte ni de inmobiliaria. Pero eso no tiene demasiada importancia. Créeme que no te miento, tampoco se me dio demasiado bien hacerlo.
Así, francamente desinhibido y sin lluvia en la retina, sin deseos destruidos ni balas por disparar. Como cualquier gemido intenso sin alma, sin sonido, sin sexo. Y pum, pum, pum en la caja de resonancia de mi cuerpo. Y pum, pum, pum en los pasos del engendro, y pum, pum, pum en la sonrisa envejecida, en el pelo esquivando el viento. Yo sólo creo que nací para saberlo, para sentir que los sentidos no se están quietos, que los reflejos se desvanecen cuando te emborrachas de prisa y expías los latidos de la desconocida, así como los desconocidos se conocen, como los desconocidos se escriben sonetos y conocen su tristeza, más allá de donde se dejan los zapatos y se palmea uno mismo el corazón con gesto altivo intentando salvarse a sí mismo. Así, sintiendo el calor deshumanizado del desconocido, mientras escribes besos en sus ojos porque ya se acabó el derrame de belleza furtiva y el augurio del fin de mi tristeza. Así, como los cobardes, vacío de versos,  mi amor de mis sueños, te escribo.

ERNESTO.