Una sencilla canción de amor

Una sencilla canción de amor

 

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Busqué el amor, creyendo que el amor es fácil de encontrar

me equivoqué por una y otra vez, volviendo a comenzar

Sentí el dolor, sentí la decepción de mi primer error

de mi primer amor

mas luego amaneció y el sol volvió a brillar.

Recordaré como te conocí un día sin pensar

fue tan fugaz, fue tan sin ton ni son

que te llegué a olvidar.

Más como el sol penetra en la piel

así entró el amor, tan dentro de mi ser

que entonces comprendí que ya sin remisión

me enamoré de ti.

Una sencilla canción de amor

como una flor para ti.

Una sencilla canción de amor

en el jardín de mi amor

la elegí.

Te diré lo que yo siento hoy

que el tiempo nos unió

Te lo diré como lo sé expresar desde mi corazón

quiero cantar lo que dentro de mí no puedo ya guardar

tratando de salir

te quiero así cantar, con toda sencillez, una canción de amor

Una sencilla canción de amor

en el jardín de mi amor

la elegí para ti

Yo para ti

   

 

ERNESTO  

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WENDY

Un gringo tenía una novia llamada “WENDY”, y estaba bien enamorado por lo que decidió tatuarse en el pene el nombre de su novia.

Cuando el pene estaba tranquilo, sólo se veía WY y cuando estaba muy

alegre, se veía WENDY.

El gringo fue de vacaciones a Jamaica.

Se metió a un baño y cuando estaba

orinando llegó un Jamaiquino negro y grandote, el gringo vió que en su pene también decía WY y el gringo le pregunto:

¿Oye, tu novia tambien se llama WENDY?

A lo que el negro le respondió que NO.

El gringo le dijo: Es que el mio tambien dice WY y cuando está grande, dice

WENDY.

El negro le contestó:

“El mio cuando está grande dice:

“WELCOME TO JAMAICA, THANKS FOR YOUR VISIT AND HAVE A NICE DAY”

   

ERNESTO imagen  

LAS VELAS DE UMIKO, HIJA DEL MAR

Hace mucho, mucho tiempo, vivía en el fondo del mar del Japón una sirena llamada Amara, la esposa del genio del mar. Amara solía subir a la superficie de las aguas y allí tenderse en alguna roca desde la que pudiera contemplar la ciudad, a lo lejos. Le gustaba especialmente hacer esto de noche, cuando las luces de la ciudad casi eclipsaban a las estrellas del cielo. Envidiaba a los habitantes de la ciudad que tenían siempre esa luz que no se encontraba en el fondo del mar, y que además podían sentir en sus rostros el viento, el sol, la nieve… cosas que a ella le estaban vetadas. Así, decidió que si ella tenía una hija, no le privaría de esas sensaciones que ella se había perdido.

Poco tiempo después, este pensamiento se hizo realidad, y la sirena Amara fue madre de una pequeña y hermosa criatura. Y con gran dolor de su corazón, pero sintiéndose a la vez satisfecha por brindarle esa oportunidad a su hija, la trasladó a una montaña que había cerca de la ciudad, en la que se alzaba un templo. Y allí la dejó, en las escalinatas del templo, besándola con uno de esos besos que sólo dan las sirenas y los seres mágicos, que crean un aura de protección.

Abajo, en el pueblo, vivía un matrimonio que dedicaba su vida a la elaboración de velas que luego los peregrinos llevarían al templo. Como fuera que su pequeño negocio iba muy bien, decidieron ir ellos mismos al templo ese día a agradecerle a su dios los bienes que les había dado. Así, cogieron dos velas y se dirigieron hacia el templo, donde hicieron su ofrenda.

A la vuelta, cuál no sería su sorpresa cuando bajando por las escaleras, creyeron oír un llanto débil. Buscando el origen del sonido, no tardaron en encontrar a la pequeña recién nacida, y movidos por la compasión y la responsabilidad, la recogieron. Cuando le quitaron las mantillas que la envolvían, descubrieron asombrados que no era como las otras niñas: la mitad inferior de su cuerpo era como la cola de un pez, recubierto de escamas brillantes; era una sirena. Así pues, la llamaron Umiko, que quiere decir “la hija del mar”.

Pasó el tiempo, al niña creció y llegó a hacerse una mujer de extraordinaria belleza. Su piel era suave como el melocotón, tersa, y sus ojos despedían un fulgor único que recordaba al de las esmeraldas. Su cabello largo parecía ser amigo del viento, pues ambos jugueteaban constantemente, y en fin, Umiko despertaba pasiones entre todo el que la observaba. Ella, humilde, se sentía incómoda por el efecto que causaba en los otros, con lo que les pidió a sus padres adoptivos ser quien fabricara las velas que ellos venderían, porque así no tendría más contacto con los demás que el estrictamente necesario. Y así pasó ella a encargarse de esta tarea, añadiendo además a las velas que hacía hermosos dibujos de pájaros y flores y sobre todo, paisajes marinos que de algún modo le venían a la mente. El número de compradores aumentaba sin cesar y además se extendió el rumor de que esas velas eran eficaces talismanes si uno quería emprender un viaje en barco.

Un día apareció en la tienda un mercader que pidió ver a la creadora de las velas que compraba. Al ver a Umiko, pensó que sería un gran negocio exponerla al público y quiso comprársela al matrimonio. Al principio ellos se indignaron, pero tal fue la insistencia del mercader que al final se la vendieron por una fuerte suma de dinero. Cuando Umiko se enteró les suplicó que cambiasen de idea, pero de nada sirvieron sus lamentos; el trato estaba cerrado.

Por la noche le pareció oír una voz que la llamaba, como si el mar repitiera su nombre, pero nada vio. Pasó la noche pintando su última vela. A la mañana siguiente había un carro preparado con barrotes para llevársela hasta el puerto, donde tomarían un barco que les llevaría al continente. Partieron, y en la casa quedó el matrimonio intranquilo, presintiendo que habían actuado mal y que ahora un peligro se cernía sobre ellos.

ERNESTO

SELENE – LA LUNA

La luna, guardiana nocturna de nuestros sueños, está presente en infinidad de mitos, de leyendas, de historias pobladas por dioses o héroes legendarios… Se le reserva un lugar importante en casi todas las culturas, incluso en las de los países más desarrollados (en los que tienden a perderse las referencias a la naturaleza), en las que sigue teniendo presencia en poemas, canciones…

Para los pueblos antiguos, el cielo era el campo de batalla en el que la noche y el día (la luna y el sol) tenían su eterna pelea.  Este ciclo también representaba la oposición tinieblas/luz, con todas las cosas que se asocian a la oscuridad, lo tenebroso… y las que se asocian a lo claro, lo luminoso. En último término, era la demostración del equilibro entre el bien y el mal, representado el primero a través de la luz y el día, y el segundo a través de lo oscuro, la noche.

En casi todas las culturas se ha entendido que el sol representaba lo masculino y la luna lo femenino, y los dioses sol y luna adoptaban así la forma de hombre y mujer respectivamente. Sin embargo, hay algunas excepciones, como el mito báltico de la diosa solar Saule, tejedora del cielo. El consorte de Saule es la luna, Menesis, perezoso e irresponsable en contraste con ella, que infatigable recorre el cielo a diario para repartir luz, calor, curación y crecimiento. Juntos engendraron a su hija Tierra, y actualmente se turnan para cuidarla.

Las cicatrices de la luna

Un mito chino sobre los orígenes, habla también de las cicatrices de la luna. Cuenta que hubo una época en la que la luna era aún más caliente que el sol, y abrasaba la tierra y a sus habitantes con sus rayos. Con la intención de poner fin al sufrimiento de los hombres, Qua, un mortal con una constitución y fuerza envidiables, subió a la cima de una montaña y arrojó a la cara de la luna un puñado de arena que el calor fundió y adhirió al rostro. Dolorida y aterrorizada, la luna se refugió en un punto lejano de los cielos, desde donde su calor ya no hacía daño a nadie, pero la huella de la arena arrojada a ella permanecería siempre, imborrable, en forma de las cicatrices y surcos que nosotros conocemos.

La luna, a pesar de sus permanentes cambios de fase, tiene un importante componente de serenidad, de paz, de equilibrio y estabilidad. Relacionada con el mar, de hecho, guía de las mareas, comparten muchas de las ideas que se asocian al otro. Y hay pocas imágenes tan hermosas como el camino que hace la luna cuando de noche ilumina las aguas marinas…Tal vez algo de esto lleve a tantos poetas a confiarle sus secretos y sus pequeñas historias…

Tiene un componente romántico, soñador, alimento de la imaginación y la fantasía… También ha ido asociado muchas veces a la fertilidad, posiblemente porque el ciclo menstrual de la mujer va paralelo al ciclo lunar. Así, en muchas aldeas de Alemania se habla de la Luna refiriéndose a la menstruación, y los maoríes de Nueva Zelanda creen que es una enfermedad provocada por la luna, que atrae la sangre con su mirada y dota de poderes a las mujeres a cambio de su “ofrenda”.

Como curiosidad, ha sido tal la importancia de la luna en algunas etapas históricas que hace tiempo los médicos llevaban a cabo ciertas prácticas haciéndolas coincidir con las fases de la luna. Así, era mejor tratar los problemas sanguíneos durante el primer cuarto de luna, los coléricos en el segundo, los flemáticos en el tercero y los melancólicos en el cuarto. Simbólicamente, las fases también llevan conceptos asociados. La luna nueva se asocia con la muerte o la hechicería. La luna creciente, en forma de cuenco, casi esperando recibir, es la luna virginal y prometedora, lista para la fertilización. Y la luna llena es la autoridad de la sabiduría, la madurez, la plenitud, y la más relacionada de las tres con la diosa madre.

¿Quieres saber en qué fase de la luna estamos, o qué fase habrá en alguna fecha en concreto? Haz click en la imagen…

Dentro de la mitología, Selene es la diosa que representa la luna,  y a veces se la ha asociado también con Diana y Artemisa. Se cuenta que Selene era la hermana de Helios, el dios Sol, y como él, debía iluminar los cielos durante la noche. Pero una de esas noches divisó al pastor Endimión dormido en el monde Latmo, y quedó prendada de él. Así, desapareció de los cielos para recostarse junto al pastor, lo que enfureció a Zeus, quien castigó a Endimión a dormir eternamente. Pero luego, conmovido por las peticiones de Selene, consintió en dejar que la luna desapareciese del cielo varias noches al mes para hacer compañía  a su amado, y el resto de los días, Selene se conforma con verle desde lo alto y acariciarle desde ahí…

A Selene se la representa majestuosa, como una mujer joven muy pálida, surcando los cielos en un carro tirado por corceles plateados, y muchas veces acompañada por alguno de sus amantes, que fueron bastantes, aunque sin duda el más importante fuera Endimión. Suele llevar también una media luna sobre su cabeza y túnicas claras.

Estandarte de la fantasía, relacionada muchas veces con la parte oscura y tenebrosa de la misma (vampiros, hombres-lobo, fantasmas…), multitud de veces aparece en imágenes acompañando a brujas, dragones, seres mágicos o de la noche… Amiga de la magia, velando nuestros sueños, reina de la noche, luz entre sombras… la luna representa tanto…

Y recuerda que igual que Selene acaricia por las noches a su pastor… tal vez una noche seas tú el que te sientas acariciado o mecido por sus rayos. Viéndolo todo desde su posición privilegiada, también puede verte a ti…

ERNESTO

   

LA NINFA DEL JUCAR

Hace muchos años, la orilla del valenciano río Júcar, lo que hoy es un pantano, era un lugar muy frecuentado por nobles cazadores. Era el tiempo en que la máxima ambición de los grandes nobles era aumentar su territorio, y cuando esto no era posible por medio de guerras y conquistas, recurrían a los matrimonios concertados, que servían para que ambas familias unieran sus respectivas tierras.

Así sucedió con un señor de cierto castillo de la zona, que siendo padre de un hijo único, apalabró su matrimonio con la también única hija del señor de un castillo vecino. Los prometidos apenas se conocían y nada sentían el uno por el otro, pero no protestaron porque sabían que esta era la costumbre extendida. Y así, fijada ya la fecha de la boda, comenzaron en los dos castillos los preparativos para el gran acontecimiento.

Tu navegador no es compatible con Java… sorry! Un día, cercana la fecha del enlace matrimonial, el joven prometido salió de caza él solo. Cabalgaba por las cercanías del río Júcar, buscando huellas en el barro que indicaran el paso de alguna posible presa cuando escuchó un canto femenino, dulce a más no poder, melódico, armonioso, atrayente. Olvidando el motivo de su salida, se acercó al río guiándose por el sonido del canto, hasta que descubrió que en un remanso, una muchacha desconocida, más hermosa que la luna, dejaba secar sus largos cabellos al sol, sin cesar de cantar suavemente. El joven salió de entre los árboles y por un momento pareció que la muchacha huiría nadando, pero permaneció en su lugar, a la espera. Se contemplaron en silencio y entre ambos pareció brotar una nueva sensación cómplice, cálida, arrebatadora, viva. Sin que ellos mismos lo supieran, era amor lo que estaban sintiendo nacer. Un amor de esos que no necesitan palabras, que trastocan tu vida por completo, y que, por supuesto, no entienden de planes previos trazados por el bien del reino…

Así, se acercó a ella sintiendo que en ese momento nada era más importante que esa cercanía, que su contacto, que su sonrisa; y unió sus manos y su cuerpo al de ella mientras todo su alrededor se hacía distante y sin importancia. Y en esa unión transcurrió el día, la noche y el amanecer siguiente, mientras respiraban el mismo aire y sus voces, apenas murmullos, se volvían cantos para cualquier espectador que se asomara a la escena.

Sin pronunciar palabra, al menos alguna palabra que se pudiera registrar en el lenguaje de los seres terrenales, ella le hizo entender que era  una ninfa del río, que deseaba su compañía pero que eso significaría para él renunciar a todo cuanto conocía, a su familia, amigos, castillo… Pero para él la palabra renuncia no tenía sentido si iba acompañada del amor de su ninfa… y así, tomó sin problemas la mano de su amada que le guiaba hasta el centro de las aguas, perdiendo pie y dejándose arrastrar por la corriente hasta el fondo del río, donde encontraron una puerta que les dio acceso al palacio más hermoso que podéis imaginar, y que desde ese momento, convertirían en su hogar.

Mientras, en el castillo, el padre se alarmaba por la ausencia de su hijo, y nada le consolaba, más aún cuando tras búsquedas infructuosas por parte de su ejército, llegaron a la conclusión de que estaba muerto, alguna clase de muerte mágica que tampoco les permitía hallar su cuerpo. Incluso rastrearon el río, pero no encontraron resto alguno del muchacho. Y el tiempo pasó, el anciano señor del castillo falleció sin heredero y, todavía más años después, la hiedra y las enredaderas cubrieron las ruinas que quedaban del que había sido un imponente castillo.

Pero aún hoy cuentan que las parejas de enamorados que se citan a la orilla del Júcar reciben una bendición especial, y que los niños que juegan cerca de este río hablan a veces de las risas y los cantos que se oyen en las cercanías. Y es que si el joven se perdió, lo hizo para encontrar un lugar mucho más hermoso…

   

ERNESTO

LA LEYENDA DE CARISSIA

Se dice que en los lagos de las tierras asturianas, a veces se ve a mujeres hermosas que peinan sus largos cabellos a la orilla del lago. Esta leyenda es sobre la Xana habitante de uno de estos lagos… 

Allá por el siglo I a. C., los romanos aún no habían completado su conquista de la península. Tito Carisio era uno de los encargados de someter a celtíberos y astures en los años en que se desarrolla la historia.

Las tropas romanas, en su difícil avance (parece ser que los astures fueron rivales costosos de vencer), habían llegado a las orillas del río Narcea. Era una campaña dura, en una región que no conocían todo lo que hubieran querido, con tupidos bosques de hayas, cumbres escarpadas, torrentes… un clima al que no estaban acostumbrados y por si fuera poco, animales salvajes -osos, lobos…- que había que vigilar. Acamparon cerca de estos bosques, desde donde intentarían dirigirse al este, hacia el río Nalón, en cuyas cercanías se habían reunido los astures. La campaña empezaba a convertirse en una pequeña tortura, con la lluvia incesante y los pocos resultados.

Así las cosas y con el campamento montado, Carisio empezó a deambular por los alrededores del bosque, meditando sobre el próximo enfrentamiento… en uno de estos paseos, le pareció vislumbrar una imagen femenina entre los árboles, y al seguirla, descubrió a una bella muchacha acicalando su larga melena con un peine de oro. Vestía una túnica blanca de lino, y sus ojos eran del mismo verde intenso que el bosque que la rodeaba. Un arroyo dejaba oír la música del agua, mientras la dama canturreaba suavemente…

Carisio no pudo por menos que acercarse a ella, pero al verle, la joven se internó en el bosque. Nuestro general romano la persiguió, ya casi sin sentido, sin importarle herirse a veces con ramas, sin importarle el camino o estar alejándose cada vez más de sus hombres. Tal vez ni siquiera tuvo tiempo para preguntarse cómo era posible que esa mujer corriera tan rápido y sin hacer  apenas ruido… como si no fuera totalmente material. Solo seguía el fulgor luminoso de su túnica entre unos árboles, o la estrella dorada que era su cabello al viento cuando se dejaba ver… Él la llamaba y solo obtenía el rumor de sus risas a modo de respuesta… y esto le hacía perseguirla con más fervor aún.

Finalmente llegaron a un claro del bosque en el que había un lago. Carisio vio a su muchacha en la orilla, chapoteando y bailando en las aguas, riendo y cantando (o era solo la misma risa cantarina?). Esta vez a punto estuvo de alcanzarla y abrazarla, pero ella se adentró un poco más en el lago, escapando de él. Carisio siguió tras ella, sin darse cuenta de que el agua le cubría cada vez más. La mujer seguía chapoteando, el romano avanzaba… y no tardó en perder pie, y en hundirse en las profundidades del lago, aún extendiendo sus brazos hacia la imagen que le había llevado a la muerte. Y el agua inundó sus pulmones del mismo modo que la risa de la Xana inundaba el paisaje…

Desde entonces a la Xana de estas tierras se le llama la Xana Carissia, con el mismo nombre de quien murió intentando darle alcance. Y de ella se siguen contando historias, y se la toma por una de las más peligrosas de Asturias. Así que si el lector se aventura en los bosques de esta tierra y encuentra a una hermosa mujer cepillándose el pelo junto al lago… que recuerde que las xanas son dulces y encantadoras, pero sus enamorados no suelen vivir demasiado.

   

ERNESTO

La mujer que llegaba a las seis_

La puerta oscilante se abrió. A esa hora no había nadie en el restaurante de José.

Acababan de dar las seis y el hombre sabia que sólo a las seis y media empezarían a llegar los parroquianos habituales. Tan conservadora y regular era su clientela, que no había acabado el reloj de dar la sexta campanada cuando una mujer entró, como todos los días a esa hora, y se sentó sin decir nada en la alta silla giratoria. Traía un cigarrillo sin encender, apretado entre los labios. Hola reina dijo José cuando la vio sentarse. Luego caminó hacia el otro extremo del mostrador, limpiando con un trapo seco la superficie vidriada. Siempre que entraba alguien al restaurante José hacia lo mismo. Hasta con la mujer con quien había llegado a adquirir un grado de casi intimidad, el gordo y rubicundo mesonero representaba su diaria comedia de hombre diligente. Habló desde el otro extremo del mostrador. ¿Qué quieres hoy?-dijo. Primero que todo quiero enseñarte a ser caballero dijo la mujer. Estaba sentada al final de la hilera de sillas giratorias, de codos en el mostrador, con el cigarrillo apagado en los labios. Cuando habló apretó la boca para que José advirtiera el cigarrillo sin encender. –No me había dado cuenta–dijo José.

Todavía no te has dado cuenta de nada–dijo la mujer. El hombre dejó el trapo en el mostrador, caminó hacia los armarios oscuros y olorosos a alquitrán y a madera polvorienta, y regresó luego con las cerillas. La mujer se inclinó para alcanzar la lumbre que ardía entre las manos rústicas y velludas del hombre. José vio el abundante cabello de la mujer, empavonado de vaselina gruesa y barata. Vio su hombro descubierto, por encima del corpiño floreado. Vio el nacimiento del seno crepuscular, cuando la mujer levantó la cabeza, ya con la brasa en los labios.

Estás hermosa hoy, reina dijo José. Déjate de tonterías dijo la mujer. No creas que eso me va a servir para pagarte. No quise decir eso, reina–dijo José. Apuesto a que hoy te hizo daño el almuerzo. La mujer tragó la primera bocanada de humo denso, se cruzó de brazos, todavía con los codos apoyados en el mostrador, y se quedó mirando hacia la calle, a través del amplio cristal del restaurante. Tenía una expresión melancólica. De una melancolía hastiada y vulgar.

Te voy a preparar un buen bistec dijo José. Todavía no tengo plata dijo la mujer.

Hace tres mesas que no tienes plata y siempre te preparo algo bueno dijo José.

Hoy es distinto dijo la mujer, sobriamente, todavía mirando hacia la calle.

Todos los días son iguales dijo José. Todos los días el reloj marca las seis, entonces entras y dices que tienes un hambre de perro y entonces yo te preparo algo bueno. La única diferencia es ésa que hoy no dices que tienes un hambre de perro, sino que el día es distinto.

Y es verdad dijo la mujer. Se volvió a mirar al hombre que estaba del otro lado del mostrador, registrando la nevera. Estuvo contemplándolo durante dos, tres, segundos.

Luego miró el reloj, arriba del armario. Eran las seis y tres minutos. «Es verdad, José, hoy es distinto», dijo. Expulsó el humo y siguió hablando con palabras cortas, apasionadas: “Hoy no vine a las seis, por eso es distinto, José”.

El hombre miró el reloj. Me corto el brazo si ese reloj se atrasa un minuto dijo. No es eso, José. Es que hoy no vine a las seis dijo la mujer. Vine un cuarto para las seis. Acaban de dar las seis, reina dijo José. Cuando tú entraste acababan de darlas.

Tengo un cuarto de hora de estar aquí dijo la mujer. José se dirigió hacia donde ella estaba.

Acercó a la mujer su enorme cara congestionada, mientras tiraba con el índice de uno de sus párpados.

Sóplame aquí dijo. La mujer echó la cabeza hacia atrás. Estaba seria, fastidiosa, blanda; embellecida por una nube de tristeza y cansancio. Déjate de tonterías, José. Tú sabes que hace más de seis meses que no bebo. Eso se lo vas a decir a otro dijo. A mí no. Te apuesto a que por lo menos se han tomado un litro entre dos.

Me tomé dos tragos con un amigo dijo la mujer. Ah; entonces ahora me explico dijo José.

Nada tienes que explicarte dijo la mujer. Tengo un cuarto de hora de estar aquí.

El hombre se encogió de hombros. Bueno, si así lo quieres, tienes un cuarto de hora de estar aquí. Después de todo a nadie le importa nada diez minutos más o diez minutos menos.

Sí importan, José dijo la mujer. Y estiró los brazos por encima del mostrador, sobre la superficie vidriada, con un aire de negligente abandono. Dijo: “Y no es que yo lo quiera, es que hace un cuarto de hora que estoy aquí”. Volvió a mirar el reloj y rectificó: Qué digo; ya tengo veinte minutos.

Está bien, reina dijo el hombre. Un día entero con su noche te regalaría yo para verte contenta. Durante todo este tiempo José había estado moviéndose detrás del mostrador, removiendo objetos, quitando una cosa de un lugar para ponerla en otro. Estaba en su papel.

Quiero verte contenta repitió. Se detuvo bruscamente, volviéndose hacia donde estaba la mujer.

¿Tú sabes que te quiero mucho?-dijo. La mujer lo miró con frialdad.

¿Siii…? ¡Qué descubrimiento, José! ¿Crees que me quedaría contigo por un millón de pesos?

No he querido decir eso, reina dijo José. Vuelvo a apostar a que te hizo daño el almuerzo.

No te lo digo por eso dijo la mujer. Y su voz se volvió menos indolente. Es que ninguna mujer soportaría una carga como la tuya ni por un millón de pesos.

José se ruborizó. Le dio la espalda a la mujer y se puso a sacudir el polvo en las botellas del armario. Habló sin volver la cara. Estás insoportable hoy, reina. Creo que lo mejor es que te comas el bistec y te vayas a acostar.

No tengo hambre dijo la mujer. Se quedó mirando otra vez la calle, viendo los transeúntes turbios de la ciudad atardecida. Durante un instante hubo un silencio turbio en el restaurante. Una quietud interrumpida apenas por el trasteo de José en el armario. De pronto la mujer dejó de mirar hacia la calle y habló con la voz apagada, tierna, diferente.

¿Es verdad que me quieres, Pepillo?. Es verdad dijo José, en seco sin mirarla.

¿A pesar de lo que te dije?–dijo la mujer.

¿Qué me dijiste? dijo José, todavía sin inflexiones en la voz, todavía sin mirarla. Lo del millón de pesos dijo la mujer. Ya lo había olvidado dijo José.

Entonces, ¿me quieres? dijo la mujer. Sí dijo José. Hubo una pausa. José siguió moviéndose con la cara revuelta hacia los armarios, todavía sin mirar a la mujer. Ella expulsó una nueva bocanada de humo, apoyó el busto contra el mostrador y luego, con cautela y picardía, mordiéndose la lengua antes de decirlo, como si hablara en puntillas: ¿Aunque no me acueste contigo? dijo.

Y sólo entonces José volvió a mirarla: Te quiero tanto que no me acostaría contigo dijo.

Luego caminó hacia donde ella estaba. Se quedó mirándola de frente, los poderosos brazos apoyados en el mostrador, delante de ella, mirándola a los ojos.

Dijo: Te quiero tanto que todas las tardes mataría al hombre que se va contigo. En el primer instante la mujer pareció perpleja. Después miró al hombre con atención, con una ondulante expresión de compasión y burla. Después guardó un breve silencio, desconcertada. Y después rió, estrepitosamente.

Estás celoso, José. ¡Qué rico, estás celoso! José volvió a sonrojarse con una timidez franca, casi desvergonzada, como le habría ocurrido a un niño a quien le hubieran revelado de golpe todos los secretos.

Dijo: Esta tarde no entiendes nada, reina. Y se limpió el sudor con el trapo. Dijo: La mala vida te está embruteciendo. Pero ahora la mujer había cambiado de expresión. “Entonces no, dijo. Y volvió a mirarlo a los ojos, con un extraño esplendor en la mirada, a un tiempo acongojada y desafiante.

Entonces, no estás celoso. En cierto modo, sí dijo José. Pero no es como tú dices. Se aflojó el cuello y siguió limpiándose, secándose la garganta con el trapo.

¿Entonces?–dijo la mujer. Lo que pasa es que te quiero tanto que no me gusta que hagas eso dijo José.

¿Qué? dijo la mujer. Eso de irte con un hombre distinto todos los días dijo José. ¿Es verdad que lo matarías para que no se fuera conmigo? dijo la mujer.

Para que no se fuera, no dijo José. Lo mataría porque se fuera contigo.

Es lo mismo dijo la mujer. La conversación había llegado a densidad excitante. La mujer hablaba en voz baja, suave, fascinada. Tenía la cara casi al rostro saludable y pacífico del hombre, que permanecía inmóvil, como hechizado por el vapor de las palabras.

Todo eso es verdad dijo José. Entonces dijo la mujer, y extendió la mano para acariciar el áspero brazo del hombre. Con la otra mano arrojó la colilla. Entonces, ¿tú eres capaz de matar a un hombre? Por lo que te dije, sí dijo José. Y su voz tomó una acentuación casi dramática.

La mujer se echó a reír convulsivamente, con una abierta intención de burla.

¡Qué horror!, José. ¡Qué horror! dijo, todavía riendo. José matando a un hombre. ¡Quién hubiera dicho que detrás del señor gordo y santurrón, que nunca me cobra, que todos los días me prepara un bistec y que se distrae hablando conmigo hasta cuando encuentro un hombre, hay un asesino! ¡Qué horror, José! ¡Me das miedo!

José estaba confundido. Tal vez sintió un poco de indignación. Tal vez, cuando la mujer se echó a reír, se sintió defraudado.

Estás borracha, tonta dijo. Vete a dormir. Ni siquiera tendrás ganas de comer nada. Pero la mujer, ahora había dejado de reír y estaba otra vez seria, pensativa, apoyada en el mostrador. Vio alejarse al hombre. Lo vio abrir la nevera y cerrarla otra vez, sin extraer nada de ella. Lo vio moverse después hacia el extremo opuesto del mostrador. Lo vio frotar el vidrio reluciente, como al principio. Entonces la mujer habló de nuevo, con el tono enternecedor y suave de cuando dijo: ¿Es verdad que me quieres, Pepillo? José dijo. El hombre no la miró.

¡José! Vete a dormir dijo José. Y métete un baño antes de acostarte para que se te serene la borrachera.

En serio, José dijo la mujer. No estoy borracha. Entonces te has vuelto bruta dijo José.

Ven acá, tengo que hablar contigo dijo la mujer.

El hombre se acercó tambaleando entre la complacencia y la desconfianza.

¡Acércate! El hombre volvió a pararse frente a la mujer. Ella se inclinó hacia adelante, lo asió fuertemente por el cabello, pero con un gesto de evidente ternura.

Repíteme lo que me dijiste al principio dijo. ¿Qué? dijo José. Trataba de mirarla con la cabeza agachada asido por el cabello. Que matarías a un hombre que se acostara conmigo dijo la mujer.

Mataría a un hombre que se hubiera acostado contigo, reina. Es verdad dijo José.

La mujer lo soltó. ¿Entonces me defenderías si yo lo matara? dijo, afirmativamente, empujando con un movimiento de brutal coquetería la enorme cabeza de cerdo de José. El hombre no respondió nada; sonrió. Contéstame, José dijo la mujer. ¿Me defenderías si yo lo matara?

Eso depende dijo José. Tú sabes que eso no es tan fácil como decirlo. A nadie le cree más la policía que a ti dijo la mujer.

José sonrió, digno, satisfecho. La mujer se inclinó de nuevo hacia él, por encima del mostrador. Es verdad, José. Me atrevería a apostar que nunca has dicho una mentira dijo.

No se saca nada con eso dijo José. Por lo mismo dijo la mujer. La policía lo sabe y te cree cualquier cosa sin preguntártelo dos veces. José se puso a dar golpecitos en el mostrador, frente a ella, sin saber qué decir. La mujer miró nuevamente hacia la calle. Miró luego el reloj y modificó el tono de su voz, como si tuviera interés en concluir el diálogo antes de que llegaran los primeros parroquianos.

¿Por mí dirías una mentira, José? dijo. En serio. Y entonces José se volvió a mirarla, bruscamente, a fondo, como si una idea tremenda se le hubiera agolpado dentro de la cabeza. Una idea que entró por un oído, giró por un momento, vaga, confusa, y salió luego por el otro, dejando apenas un cálido vestigio de pavor.

¿En qué lío te has metido, reina? dijo José. Se inclinó hacia adelante, los brazos otra vez cruzados sobre el mostrador. La mujer sintió el vaho fuerte y un poco amoniacal de su respiración, que se hacía difícil por la presión que ejercía el mostrador contra el estómago del hombre.

Esto sí es en serio, reina. ¿En qué lío te has metido? dijo. La mujer hizo girar la cabeza hacia el otro lado. En nada dijo. Sólo estaba hablando por entretenerme.

Luego volvió a mirarlo.

¿Sabes que quizás no tengas que matar a nadie?. Nunca he pensado matar a nadie dijo José desconcertado. No, hombre dijo la mujer. Digo que a nadie que se acueste conmigo.

¡Ah! dijo José. Ahora sí que estás hablando claro. Siempre he creído que no tienes necesidad de andar en esa vida. Te apuesto a que si te dejas de eso te doy el bistec más grande todos los días, sin cobrarte nada.

Gracias, José dijo la mujer. Pero no es por eso. Es que ya no podré acostarme con nadie.

Ya vuelves a enredar las cosas–dijo José. Empezaba a parecer impaciente.

No enredo nada–dijo la mujer. Se estiró en el asiento y José vio sus senos aplanados y tristes debajo del corpiño. Mañana me voy y te prometo que no volveré a molestarte nunca.

Te prometo que no volveré a acostarme con nadie.

¿Y de dónde te salió esa fiebre? dijo José. Lo resolví hace un rato dijo la mujer. Sólo hace un momento me di cuenta de que eso es una porquería. José agarró otra vez el trapo y se puso a frotar el vidrio, cerca de ella. Habló sin mirarla. Dijo: Claro que como tú lo haces es una porquería. Hace tiempo que debiste darte cuenta.

Hace tiempo me estaba dando cuenta dijo la mujer. Pero sólo hace un rato acabé de convencerme. Les tengo asco a los hombres. José sonrió. Levantó la cabeza para mirar, todavía sonriendo, pero la vio concentrada, perpleja, hablando, y con los hombros levantados; balanceándose en la silla giratoria, con una expresión taciturna, el rostro dorado por una prematura harina otoñal.

¿No te parece que deben dejar tranquila a una mujer que mate a un hombre porque después de haber estado con él siente asco de ése y de todos los que han estado con ella?

No hay para qué ir tan lejos dijo José, conmovido, con un hilo de lástima en la voz. ¿Y si la mujer le dice al hombre que le tiene asco cuando lo ve vistiéndose, por qué se acuerda que ha estado revolcándose con él toda la tarde y siente que ni el jabón ni el estropajo podrán quitarle su olor?

Eso pasa, reina dijo José, ahora un poco indiferente, frotando el mostrador. No hay necesidad de matarlo. Simplemente dejarlo que se vaya. Pero la mujer seguía hablando y su voz era una corriente uniforme, suelta, apasionada.

¿Y si cuando la mujer le dice que le tiene asco, el hombre deja de vestirse y corre otra vez para donde ella, a besarla otra vez, a…? Eso no lo hace ningún hombre decente dijo José.

¿Pero, y si lo hace? dijo la mujer, con exasperante ansiedad. ¿ Si el hombre no es decente y lo hace y entonces la mujer siente que le tiene tanto asco que se puede morir, y sabe que la única manera de acabar con toda eso es dándole una cuchillada por debajo?

Esto es una barbaridad dijo José. Por fortuna no hay hombre que haga lo que tú dices.

Bueno dijo la mujer, ahora completamente exasperada. ¿Y si lo hace? Suponte que lo hace.

De todos modos no es para tanto–dijo José. Seguía limpiando el mostrador, sin cambiar de lugar, ahora menos atento a la conversación.

La mujer golpeó el vidrio con los nudillos. Se volvió afirmativa, enfática. Eres un salvaje, José dijo. No entiendes nada. Lo agarró con fuerza por la manga. Anda, di que sí debía matarlo la mujer. Está bien dijo José, con un sesgo conciliatorio. Todo será como tú dices.

¿Eso no es defensa propia? dijo la mujer, sacudiéndole por la manga. José le echó entonces una mirada tibia y complaciente. “Casi, casi”, dijo. Y le guiñó un ojo, en un gesto que era al mismo tiempo una comprensión cordial y un pavoroso compromiso de complicidad. Pero la mujer siguió seria; lo soltó.

¿Echarías una mentira para defender a una mujer que haga eso? dijo.

Depende dijo José. ¿Depende de qué? dijo la mujer. Depende de la mujer dijo José.

Suponte que es una mujer que quieres mucho dijo la mujer. No para estar con ella, ¿sabes?, sino como tú dices que la quieres mucho. Bueno, como tú quieras, reina dijo José, laxo, fastidiado.

Otra vez se alejó. Había mirado el reloj. Había visto que iban a ser las seis y media. Había pensado que dentro de unos minutos el restaurante empezaría a llenarse de gente y tal vez por eso se puso a frotar el vidrio con mayor fuerza, mirando hacia la calle a través del cristal de la ventana. La mujer permanecía en la silla, silenciosa, concentrada, mirando con un aire de declinante tristeza los movimientos del hombre. Viéndolo, como podría ver un hombre una lámpara que ha empezado a apagarse. De pronto, sin reaccionar, habló de nuevo, con la voz untuosa de mansedumbre.

¡José! El hombre la miró con una ternura densa y triste, como un buey maternal. No la miró para escucharla, apenas para verla, para saber que estaba ahí, esperando una mirada que no tenía por qué ser de protección o de solidaridad. Apenas una mirada de juguete. Te dije que mañana me voy y no me has dicho nada dijo la mujer.

Si dijo José. Lo que no me has dicho es para donde. Por ahí dijo la mujer. Para donde no haya hombres que quieran acostarse con una. José volvió a sonreír.

¿En serio te vas? preguntó, como dándose cuenta de la vida, modificando repentinamente la expresión del rostro. Eso depende de ti dijo la mujer. Si sabes decir a qué hora vine, mañana me iré y nunca más me pondré en estas cosas. ¿Te gusta eso? José hizo un gesto afirmativo con la cabeza, sonriente y concreto. La mujer se inclinó hacia donde él estaba.

Si algún día vuelvo por aquí, me pondré celosa cuando encuentre otra mujer hablando contigo, a esta hora y en esa misma silla. Si vuelves por aquí debes traerme algo dijo José.

Te prometo buscar por todas partes el osito de cuerda, para traértelo dijo la mujer.

José sonrió y pasó el trapo por el aire que se interponía entre él y la mujer, como si estuviera limpiando un cristal invisible. La mujer también sonrió, ahora con un gesto de cordialidad y coquetería. Luego el hombre se alejó, frotando el vidrio hacia el otro extremo del mostrador.

¿Qué? dijo José, sin mirarla. ¿Verdad que a cualquiera que te pregunta a qué hora vine le dirás que a un cuarto para las seis? dijo la mujer. ¿Para qué? dijo José, todavía sin mirarla y ahora como si apenas la hubiera oído.

Eso no importa dijo la mujer. La cosa es que lo hagas. José vio entonces al primer parroquiano que penetró por la puerta oscilante y caminó hasta una mesa del rincón. Miró el reloj. Eran las seis y media en punta.

Está bien, reina dijo distraídamente. Como tú quieras. Siempre hago las cosas como tú quieras.

Bueno dijo la mujer. Entonces, prepárame el bistec. El hombre se dirigió a la nevera, sacó un plato con carne y lo dejó en la mesa. Luego encendió la estufa.

Te voy a preparar un buen bistec de despedida, reina dijo. Gracias, Pepillo dijo la mujer.

Se quedó pensativa como si de repente se hubiera sumergido en un submundo extraño, poblado de formas turbias, desconocidas. No se oyó, del otro lado del mostrador, el ruido que hizo la carne fresca al caer en la manteca hirviente. No oyó, después, la crepitación seca y burbujeante cuando José dio vuelta al lomillo en el caldero y el olor suculento de la carne sazonada fue saturando, a espacios medidos, el aire del restaurante. Se quedó así, concentrada, reconcentrada hasta cuando volvió a levantar la cabeza, pestañeando, como si regresara de una muerte momentánea. Entonces vio al hombre que estaba junto a la estufa, iluminado por el alegre fuego ascendente.

Pepillo. Ah. ¿En qué piensas? dijo la mujer. Estaba pensando si podrás encontrar en alguna parte el osito de cuerda dijo José.

Claro que sí dijo la mujer. Pero lo que quiero que me digas es si me darás toda lo que te pidiera de despedida.

José la miró desde la estufa. ¿Hasta cuándo te lo voy a decir? dijo. ¿Quieres algo más que el mejor bistec? Sí dijo la mujer.¿Qué? dijo José.

Quiero otro cuarto de hora. José echó el cuerpo hacia atrás, para mirar el reloj. Miró luego al parroquiano que seguía silencioso, aguardando en el rincón, y finalmente a la carne, dorada en el caldero. Sólo entonces habló.

En serio que no entiendo, reina dijo. No seas tonto, José dijo la mujer. Acuérdate que estoy aquí desde las cinco y media. 

 

GABRIEL GARCÍA MARQUEZ

     

ERNESTO

Marilyn Monroe

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