El lobo y la luna

El lobo y la luna

Había una vez un lobo que vivía en un enorme bosque, lleno de árboles
y preciosos lagos transparentes. Es éste bosque vivían otros animales como
ardillas, conejos, pájaros, peces, ranas, flores de todos los colores,
plantas de todos los olores…      El lobo es un animal muy especial, y como todos los seres especiales
estaba un poco solo porque no todo el mundo le comprendía, por eso no tenía
muchos amigos con los que hablar o con los que jugar.      Una noche que no tenía sueño empezó a caminar y a caminar por el
bosque. Encontró a la ardilla, pero estaba durmiendo en un frondoso árbol,
así que siguió caminando. Encontró entonces al conejo, pero estaba
profundamente dormido en su madriguera, así que siguió paseando. Vió
entonces a la rana, pero estaba roncando encima de una hoja del río, así que
nuestro amigo el lobo siguió caminando y llegó a un lago muy grande de aguas
cristalinas, y como tenía mucha sed de tanto andar, agachó la cabeza para
beber agua. Entonces vió una cara redonda, blanca muy grande y hermosa que
le observaba sonriente.

El lobo la miró sorprendido y le dijo:
– ¿Y tú quién eres?.
La risueña cara sonrió:
– Soy la luna.
– ¿y tu no duermes? le preguntó el lobo.
La luna soltó una carcajada y le contestó:
– No yo estoy despierta toda la noche, duermo durante el día.

Entonces la luna y el lobo comenzaron a hablar, la luna le contaba que
estaba muy solita allí arriba, que prendida de ninguna parte no tenía nadie
con quien reir o con quién llorar. El lobo también le contó a la luna, que a
pesar de la cantidad de animalitos que vivían en el bosque siempre estaba
solo porque nadie le entendía. El lobo le cantó preciosas canciones a la
luna mientras ella le dedicaba las mejores de sus sonrisas.

Desde aquél día, las noches de luna llena ésta se apresura impaciente
para encontrarse en el lago donde el lobo ya la está esperando desde los
primeros albores de la tarde. El agua cristalina es el espejo de los besos y
caricias que se prestan continuamente y el silencio de la noche es quien
crea la música para acompañar los versos y poemas de amor que incesantemente
se regalan.

Dicen, que las noches que no hay luna llena, a lo lejos se escuchan
los ahullidos del lobo desde el lago llamando a la luna, y que seguidamente,
cuándo éste se ha quedado sin voz con la que reclamarla, ella le envia una
lluvia de estrellas para recordarle que aunque oculta…, ella también
espera impaciente el momento de convertirse en llena para amarle.

Alguna vez, la noche se quedó sin luna y al lobo se le ha visto correr
por las praderas feliz junto a una preciosa loba plateada. Dicen que luna
convertida en animal, baja hasta nosotros para mitigar y secar las lágrimas
de nuestro lobo. Otras veces, si miras al cielo y junto a la luna ves un
precioso lucero brillar, es el lobo quién acude a su lado para mitigar su
soledad y su tristeza.

Cielo y tierra se unen en momentos milagrosos para no dejar que el
amor entre lo imposible se pierda… y es que un amor así, un amor que
podría abarcar el universo, merece de un espacio especial para seguir
floreciendo.
ERNESTO__Luna______Sol____________

 

 

 

 
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POEMAS.

 

La mitad de la belleza depende del paisaje;

y la otra mitad de la persona que la mira…

Los más brillantes amaneceres; los más románticos atardeceres;

los paraísos más increíbles;

se pueden encontrar siempre en el rostro de las personas queridas.

Cuando no hay lagos más claros y profundos que sus ojos;

cuando no hay grutas de las maravillas comparables con su boca;

cuando no hay lluvia que supere a su llanto;

ni sol que brille más que su sonrisa……

La belleza no hace feliz al que la posee;

sino a quien puede amarla y adorarla.

Por eso es tan lindo mirarse cuando esos rostros

se convierten en nuestros paisajes favoritos….

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Final feliz

Quizás estés aguardando

que me cruce en tu camino

que comparta tu destino

tal vez me estés esperando

Y yo sin saber buscando

esa mujer de mis sueños

hermosa dama sin dueño

mi ilusión va dibujando

Y tu omisión y mi acción

tienen el mismo sentido

idéntico contenido

coincidencia en la intención

Que logremos encontrarnos

tener un final feliz

hallar el justo matiz

y sin mas enamorarnos

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____Luna______Sol________

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Aún sin conocerte

No te conozco, no se nada de ti y aún

así ya empiezas hacer un efecto en mi

corazón, con sólo leer tus palabras que

escribes día a día, con sólo plasmar tu

sentir en cada letra que escribes has

hecho que me empiece a enamorar de ti.

Sólo espero el momento de que escribas

para leerte, sentirte en cada una de tus

letras que llegan a mi alma, sólo de esta

manera te conozco sin ver tu rostro, sin

ver tu cuerpo, y aun así te siento tan

dentro de mí, tan dentro de mí ser.

Tus palabras me hacen vibrar, me hacen

sentir con gran pasión y deseo, sin

conocerte… ya estas en mi corazón, sin

palparte… ya siento que te acaricio, sin

verte… veo tu mirada dulce, sin tener tu

boca siento tus besos… siento que te beso.

Luis lczal

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Quiero tomarme el tiempo

Quiero tomarme el tiempo de pensar,

de meditar lo que he recorrido por la

vida, de saber que he hecho realmente,

si mis caminos han sido correctos, si

me siento satisfecho con lo que he

hecho en esta vida.

Quiero tomarme el tiempo de que ha

sido de mi vida amorosa, me pregunto

realmente he amado? o he sentido que

me aman? o sólo ha sido la necesidad

de estar solo con alguien? sólo por el

hecho de no estar en esta soledad.

Quiero tomarme el tiempo, el espacio

de saber como puedo acomodar mi vida,

de como no sentir la soledad que exprime

mi vida poco a poco, que me arranca los

sueños y los deseos de amar y de ser

amado con infinita pasión.

Sólo quiero tomarme ese tiempo que

necesito, el que necesito para ser libre y

volar como un águila en busca de la

libertad, encontrarme en mi interior y ver

que la esperanza existe, que un nuevo día

sera mejor que ayer.

Luis lczal

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Seductor soy

Ladrón de tus noches soy, ladrón de

tus besos soy, ladrón de tu corazón

soy, seductor soy… en el silencio

acaricio tu piel con mis besos solo

para hacerte mía.

Seducirte es mi destino, seducirte sin

conocerte aún… con cada letra que le

escribo a tu corazón, y a tu cuerpo

hacerlo sentir en esta pasión fugaz que

tengo por ti.

Seducir tus labios junto a los míos,

seducirte con susurros a tu oído,

seducir tu cuerpo desnudo con mis

manos, y en el silencio de mi seducción

quiero hacerte mía.

Luis lczal

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Mujer en la noche

Tengo miedo a la noche;

son tan largas las horas y tan grande mi lecho…

sólo sueño contigo

los momentos conscientes, pero no cuando duermo.

Y al despertar, de pronto,

desperezo hacia ti la mano, y no te encuentro.

Regresas a mi mente,

y tu ausencia es temor, soledad tu silencio.

¿De qué me sirve el ángulo

de los muslos abiertos,

de qué las dobles curvas

de caderas y senos,

si sólo te presentas como sombra en la sombra,

si sólo te aprisionan mi idea y mi deseo?

No quiero hacer yo misma

cuanto debieras tú, le falta voz y aliento

a mi mano, y el rito

de los roces sedosos, imprevistos o nuevos,

le faltan tus sudores,

tu gemido, el misterio

de lo que tantas veces has creado en mi carne,

y que parece siempre tan actual, tan inédito.

Cuando despierto y somos

yo orfandad y tú ausencia, cuando el hambre del sexo

me sacude en temblores, y me grita lujurias,

tengo miedo de hacerlo,

porque nunca es más honda, más triste, más doliente,

la soledad que luego

me atenaza, me ovilla, se desborda en mi noche,

como si sólo fueras imagen de un espejo.

Francisco Alvarez Hidalgo

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Ella y yo

Ella tiene la gracia seductora

que a mí me enloqueció.

Ella tiene, en los ojos, del lucero

la limpia irradiación.

Ella tiene un hoyuelo en la mejilla

que amante le dejó

al besarla, prendado de sus gracias

el travesuelo dios.

Ella tiene en su límpida mirada

tesoros de pasión,

la diosa del talento, generosa,

sus dones le cedió.

Ella tiene muchísimos encantos…

¡no tiene corazón!

Yo no tengo riquezas fabulosas

que halaguen su ambición,

ni en el libro glorioso de la fama

mi nombre se grabó.

Yo no tengo el poder de los magnates,

su altiva posición;

Yo vivo pobre, solitario y triste

luchando con mi amor.

Yo no tengo siquiera versos suaves

que formen su ilusión;

todo, todo me falta en esta vida…

¡me sobra corazón!

José Gautier Benítez

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_______Luna____ERNESTO__________Sol_________

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ALMAS GEMELAS? CASAL .

Dos almas errantes que buscan el descanso

se han querido tanto que incluso han llorado

pero el amor se fue perdiendo con los años

tan solo queda cariño como dos hermanos.

 

Encontrarán esas almas el reposo deseado

buscando un camino que no sea lejano

intentando de nuevo amar soñando

   porque nunca sus cuerpos se han tocado.

 

                Que es en verdad el amor, si no se han mirado

              y por años se han sentido enamorados

   dos almas gemelas se encontraron

         y en el camino perdieron todo lo andado.

 

Eso era amor, o era un engaño?

            Dos almas que se negaban a vivir en solitario

así fue ese gran amor, así fue dibujado

           como un cuento de hadas totalmente inacabado.

 

Dolorosa soledad que con dos almas has jugado

y una de ellas no deja de llorar lejos del escenario

cuando dolor escondido, cuanto amor robado

un sueño del destino  que no estaba pintado.

 

LunaernestoSol

 

POEMAS

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Ya  es la hora de ser

Feliz  ¿A que esperas?

Si mis manos pudieran deshojar

Garcia Lorca

 

Yo pronuncio tu nombre

En las noches oscuras

Cuando vienen los astros

A beber en la luna

Y duermen los ramajes

De las frondas ocultas.

Y yo me siento hueco

De pasión y de música.

Loco reloj que canta

Muertas horas antiguas.

Yo pronuncio tu nombre,

En esta noche oscura,

Y tu nombre me suena

Más lejano que nunca.

Más lejano que todas las estrellas

Y más doliente que la mansa lluvia.

¿Te querré como entonces

Alguna vez? ¿Qué culpa

Tiene mi corazón?

Si la niebla se esfuma

¿Qué otra pasión me espera?

¿Será tranquila y pura?

¡¡Si mis dedos pudieran

Deshojar a la luna!!

_______________________________

Una pregunta

José Gautier Benítez

Sol espléndido y radiante

en la ancha esfera sujeto;

no te pregunto el secreto

de tu esplendor rutilante.

Ni por qué, nube distante

tiñes de ópalo y rubí;

pero perdóname si

te pregunto en mi querella,

¿Si estará pensando en mí

como estoy pensando en ella?

Luna, brillante topacio

que, entre nebuloso tul,

cruzas la techumbre azul

de las alas del espacio.

Si se fijaron despacio

sus bellos ojos en tí,

y si la miraste, di

si estaba doliente y bella,

si estaba pensando en mí

como estoy pensando en ella.

Mar inmenso que te agitas

sobre tu lecho de arena,

y que ora en bonanza plena

tus olas no precipitas;

Tú que bañas las benditas

riberas donde viví,

los sitios donde la vi

tan pura, tan dulce y bella,

responde, si piensa en mí,

como estoy pensando en ella.

Brisa, que acaso pasando

jugaste con sus cabellos,

tú que besaste su cuello

su mejilla acariciando,

Y que luego murmurando

te fuiste lejos de allí,

si eres la misma que aquí

pasas sin marcar tu huella,

responde, si piensa en mí,

como estoy pensando en ella.

Noche apacible y serena

por más que te cause enojos,

que sean más bellos sus ojos

y más negra su melena,

Presta un consuelo a mi pena

ya que sufriendo viví,

y pues no llega hasta aquí

el resplandor de esa estrella,

responde, si piensa en mí,

como estoy pensando en ella.

Nubes que en blanco celaje

bordáis el manto del cielo,

cual aves que alzan el vuelo

sobre el inmenso paisaje.

Decídme si en vuestro viaje

lejos, muy lejos de aquí,

llegasteis a verla, y si

respondéis a mi querella,

si estaba pensando en mi

como estoy pensando en ella.

Sol y luna, mar y viento,

nubes y noche, ayudadme,

y en vuestro idioma contadme

si es mío su pensamiento;

Si es igual su sentimiento

a éste que mi pecho hiere,

decid si mi amor prefiere

a la calma que perdió;

¡Decidme, en fin, si me quiere

lo mismo que la amo yo!

_________________________

El hombre imaginario

Nicanor Parra

El hombre imaginario

vive en una mansión imaginaria

rodeada de árboles imaginarios

a la orilla de un río imaginario

De los muros que son imaginarios

penden antiguos cuadros imaginarios

irreparables grietas imaginarias

que representan hechos imaginarios

ocurridos en mundos imaginarios

en lugares y tiempos imaginarios

Todas las tardes tardes imaginarias

sube las escaleras imaginarias

y se asoma al balcón imaginario

a mirar el paisaje imaginario

que consiste en un valle imaginario

circundado de cerros imaginarios

Sombras imaginarias

vienen por el camino imaginario

entonando canciones imaginarias

a la muerte del sol imaginario

Y en las noches de luna imaginaria

sueña con la mujer imaginaria

que le brindó su amor imaginario

vuelve a sentir ese mismo dolor

ese mismo placer imaginario

y vuelve a palpitar

el corazón del hombre imaginario

______ERNESTO_

La ajorca de oro .

La ajorca de oro
(Leyenda toledana

Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo; hermosa con esa hermosura que no se parece en nada a la que soñamos en los ángeles y que, sin embargo, es sobrenatural; hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio a algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra.
Él la amaba; la amaba con ese amor que no conoce freno ni límite; la amaba con ese amor en que se busca un goce y sólo se encuentran martirios, amor que se asemeja a la felicidad y que, no obstante, diríase que lo infunde el Cielo para la expiación de una culpa.
Ella era caprichosa, caprichosa y extravagante, como todas las mujeres del mundo.
Él, supersticioso, supersticioso y valiente, como todos los hombres de su época.
Ella se llamaba María Antúnez; él, Pedro Alonso de Orellana. Los dos eran toledanos, y los dos vivían en la misma ciudad que los vio nacer.
La tradición que refiere esta maravillosa historia acaecida hace muchos años, no dice nada más acerca de los personajes que fueron sus héroes.
Yo, en mi calidad de cronista verídico, no añadiré ni una sola palabra de mi cosecha para caracterizarlos mejor.

II

Él la encontró un día llorando, y le preguntó:
– ¿Por qué lloras?
Ella se enjugó los ojos, lo miró fijamente, arrojó un suspiro y volvió a llorar.
Pedro entonces, acercándose a María le tomó una mano, apoyó el codo en el pretil árabe desde donde la hermosa miraba pasar la corriente del río, y tornó a decirle:
– ¿Por qué lloras?
El Tajo se retorcía gimiendo al pie del mirador, entre las rocas sobre las que se asienta la ciudad imperial. El sol trasponía los montes vecinos, la niebla de la tarde flotaba como un velo de gasa azul, y sólo el monótono ruido del agua interrumpía el alto silencio.
María exclamó:
– No me preguntes por qué lloro, no me lo preguntes, pues ni yo sabré contestarte, ni tú comprenderme. Hay deseos que se ahogan en nuestra alma de mujer, sin que los revele más que un suspiro; ideas locas que cruzan por nuestra imaginación, sin que ose formularlas el labio; fenómenos incomprensibles de nuestra naturaleza misteriosa, que el hombre no puede ni aun concebir. Te lo ruego: no me preguntes la causa de mi dolor; si te la revelase, acaso te arrancaría una carcajada.
Cuando estas palabras expiraron, ella tornó a inclinar la frente, y él a reiterar sus preguntas.
La hermosa, rompiendo al fin su obstinado silencio, dijo a su amante con voz sorda y entrecortada:
– Tú lo quieres; es una locura que te hará reír, pero no importa, te lo diré, puesto que lo deseas.
» Ayer estuve en el templo. Se celebraba la fiesta de la Virgen; su imagen, colocada en el altar mayor sobre un escabel de oro, resplandecía como un ascua de fuego; las notas del órgano temblaban, dilatándose de eco en eco por el ámbito de la iglesia, y en el coro los sacerdotes entonaban el Salve, Regina.
» Yo rezaba, rezaba absorta en mis pensamientos religiosos, cuando maquinalmente levanté la cabeza y mi vista se dirigió al altar. No sé por qué mis ojos se fijaron en un objeto que hasta entonces, no había visto; un objeto que, sin que pudiera explicármelo, llamaba sobre sí toda mi atención. No te rías… Aquel objeto era la ajorca de oro que tiene la Madre de Dios en uno de los brazos en que descansa su Divino Hijo… Yo aparté la vista y torné a rezar… ¡Imposible! Mis ojos se volvían involuntariamente al mismo punto. Las luces del altar, reflejándose en las mil facetas de sus diamantes, se reproducían de una manera prodigiosa. Millones de chispas de luz rojas y azules, verdes y amarillas, volteaban alrededor de las piedras como un torbellino de átomos de fuego, como una vertiginosa ronda de esos espíritus de las llamas que fascinan con su brillo y su increíble inquietud…
» Salí del templo, vine a casa, pero vine con aquella idea fija en la imaginación. Me acosté para dormir; no pude… Pasó la noche, eterna con aquel pensamiento… Al amanecer se cerraron mis párpados, y, ¿lo creerás?, aún en el sueño veía cruzar, perderse y tornar de nuevo una mujer, una mujer morena y hermosa, que llevaba la joya de oro y pedrería; una mujer, sí, porque ya no era la Virgen que yo adoro y ante quien me humillo; era una mujer, otra mujer como yo, que me miraba y se reía mofándose de mí. ¿La ves? parecía decirme, mostrándome la joya. ¡Cómo brilla! Parece un círculo de estrellas arrancadas del cielo de una noche de verano. ¿La ves? Pues no es tuya, no lo será nunca, nunca… Tendrás acaso otras mejores, más ricas, si es posible; pero ésta, ésta, que resplandece de un modo tan fantástico, tan fascinador…, nunca. Desperté; pero con la misma idea fija aquí, entonces como ahora, semejante a un clavo ardiendo, diabólica, incontrastable, inspirada sin duda por el mismo Satanás… ¿Y qué…? Callas, callas y doblas la frente… ¿No te hace reír mi locura?
Pedro, con un movimiento convulsivo, oprimió el puño de su espada, levantó la cabeza, que, en efecto, había inclinado, y dijo con voz sorda:
– ¿Qué Virgen tiene esa presea?
– La del Sagrario – murmuró María.
– ¡La del Sagrario! – repitió el joven con acento de terror -. ¡La del Sagrario de la Catedral…!
Y en sus facciones se retrató un instante el estado de su alma, espantada de una idea.
– ¡Ah! ¿Por qué no la posee otra Virgen? – prosiguió con acento enérgico y apasionado -. ¿Por qué no la tiene el arzobispo en su mitra, el rey en su corona o el diablo entre sus garras? Yo se la arrancaría para ti, aunque me costase la vida o la condenación. Pero a la Virgen del Sagrario, a nuestra Santa Patrona, yo…, yo, que he nacido en Toledo, ¡imposible, imposible!
– ¡Nunca! – murmuró María con voz casi imperceptible -. ¡Nunca!
Y siguió llorando.
Pedro fijó una mirada estúpida en la corriente del río; en la corriente, que pasaba y pasaba sin cesar ante sus extraviados ojos, quebrándose al pie del mirador, entre las rocas sobre las que se asienta la ciudad imperial.

III

¡La Catedral de Toledo! Figuraos un bosque de gigantescas palmeras de granito que al entrelazar sus ramas forman una bóveda colosal y magnífica, bajo la que se guarece y vive, con la vida que le ha prestado el genio, toda una creación de seres imaginarios y reales.
Figuraos un caos incomprensible de sombra y luz, en donde se mezclan y confunden con las tinieblas de las naves los rayos de colores de las ojivas; donde lucha y se pierde con la oscuridad del santuario el fulgor de las lámparas.
Figuraos un mundo de piedra, inmenso como el espíritu de nuestra religión, sombrío como sus tradiciones, enigmático como sus parábolas, y todavía no tendréis una idea remota de ese eterno monumento del entusiasmo y de la fe de nuestros mayores, sobre el que los siglos han derramado a porfía el tesoro de sus creencias, de su inspiración y de sus artes.
En su seno viven el silencio, la majestad, la poesía del misticismo y un santo honor que defiende sus umbrales contra los pensamientos mundanos y las mezquinas pasiones de la tierra.
La consunción material se alivia respirando el aire puro de las montañas; el ateísmo debe curarse respirando su atmósfera de fe.
Pero si grande, si imponente se presenta la catedral a nuestros ojos a cualquier hora que se penetra en su recinto misterioso y sagrado, nunca produce una impresión tan profunda como en los días en que despliega todas las galas de su pompa religiosa, en que sus tabernáculos se cubren de oro y pedrería; sus gradas de alfombras, y sus pilares de tapices.
Entonces cuando arden despidiendo un torrente de luz sus mil lámparas de plata; cuando flota en el aire una nube de incienso, y las voces del coro, y la armonía de los órganos, y las campanas de la torre estremecen el edificio desde sus cimientos más profundos hasta las más altas agujas que lo coronan, entonces es cuando se comprende, al sentirla, la tremenda majestad de Dios, que vive en él, y lo anima con su soplo y lo llena con el reflejo de su omnipotencia.
El mismo día en que tuvo lugar la escena que acabamos de referir se celebraba en la catedral de Toledo el último de la magnífica octava de la Virgen.
La fiesta religiosa había traído a ella una multitud inmensa de fieles; pero ya ésta se había dispersado en todas direcciones; ya se habían apagado las luces de las capillas y del altar mayor, y las colosales puertas del templo habían rechinado sobre sus goznes para cerrarse detrás del último toledano, cuando de entre las sombras, y pálido, tan pálido como la estatua de la tumba en que se apoyó un instante mientras dominaba su emoción, se adelantó un hombre que vino deslizándose con el mayor sigilo hasta la verja del crucero. Allí, la claridad de una lámpara permitía distinguir sus facciones.
Era Pedro.
¿Qué había pasado entre los dos amantes para que se aprestara, al fin, a poner por obra una idea que sólo al concebirla había erizado sus cabellos de horror? Nunca pudo saberse. Pero él estaba allí, y estaba allí para llevar a cabo su criminal propósito. En su mirada inquieta, en el temblor de sus rodillas, en el sudor que corría en anchas gotas por su frente, llevaba escrito su pensamiento.
La catedral estaba sola, completamente sola y sumergida en un silencio profundo.
No obstante, de cuando en cuando se percibían como unos rumores confusos: chasquidos de madera tal vez, o murmullos del viento, o, ¿quién sabe?, acaso ilusión de la fantasía, que oye y ve y palpa en su exaltación lo que no existe; pero la verdad era que ya cerca, ya lejos, ora a sus espaldas, ora a su lado mismo, sonaban como sollozos que se comprimen, como roce de telas que se arrastran, como rumor de pasos que van y vienen sin cesar.
Pedro hizo un esfuerzo para seguir en su camino; llegó a la verja y siguió la primera grada de la capilla mayor. Alrededor de esta capilla están las tumbas de los reyes, cuyas imágenes de piedra, con la mano en la empuñadura de la espada, parecen velar noche y día por el santuario, a cuya sombra descansan por toda una eternidad.
– ¡Adelante! – murmuró en voz baja, y quiso andar y no pudo. Parecía que sus pies se habían clavado en el pavimento. Bajó los ojos, y sus cabellos se erizaron de horror; el suelo de la capilla lo formaban anchas y oscuras losas sepulcrales.
Por un momento creyó que una mano fría y descarnada lo sujetaba en aquel punto con una fuerza invencible. Las moribundas lámparas, que brillaban en el fondo de las naves como estrellas perdidas entre las sombras, oscilaron a su vista, y oscilaron las estatuas de los sepulcros y las imágenes del altar, y osciló el templo todo, con sus arcadas de granito y sus machones de sillería.
– ¡Adelante! – volvió a exclamar Pedro como fuera de sí, y se acercó al ara; y trepando por ella, subió hasta el escabel de la imagen. Todo alrededor suyo se revestía de formas quiméricas y horribles; todo era tinieblas o luz dudosa, más imponente aún que la oscuridad. Sólo la Reina de los cielos, suavemente iluminada por una lámpara de oro, parecía sonreír tranquila, bondadosa y serena en medio de tanto horror.
Sin embargo, aquella sonrisa muda e inmóvil que lo tranquilizara un instante concluyó por infundirle temor, un temor más extraño, más profundo que el que hasta entonces había sentido.
Tornó, empero, a dominarse; cerró los ojos para no verla, extendió la mano con un movimiento convulsivo, y le arrancó la ajorca, la ajorca de oro, piadosa ofrenda de un santo arzobispo; la ajorca de oro cuyo valor equivalía a una fortuna.
Ya la presea estaba en su poder; sus dedos crispados la oprimían con una fuerza sobrenatural; sólo restaba huir, huir con ella; pero para esto era preciso abrir los ojos, y Pedro tenía miedo de ver, de ver la imagen, de ver los reyes de las sepulturas, los demonios de las cornisas, los endriagos de los capiteles, las fajas de sombras y los rayos de luz que, semejantes a blancos y gigantescos fantasmas, se movían lentamente en el fondo de las naves, pobladas de rumores temerosos y extraños.
Al fin abrió los ojos, tendió una mirada, y un grito agudo se escapó de sus labios.
La catedral estaba llena de estatuas, estatuas que, vestidas con luengos y no vistos ropajes, habían descendido de sus huecos y ocupaban todo el ámbito de la iglesia y lo miraban con sus ojos sin pupila.
Santos, monjes, ángeles, demonios, guerreros, damas, pajes, cenobitas y villanos se rodeaban y confundían en las naves y en el altar. A sus pies oficiaban, en presencia de los reyes, de hinojos sobre sus tumbas, los arzobispos de mármol que él había visto otras veces inmóviles sobre sus lechos mortuorios, mientras que, arrastrándose por las losas, trepando por los machones, acurrucados en los doseles, suspendidos en las bóvedas ululaba, como los gusanos de un inmenso cadáver, todo un mundo de reptiles y alimañas de granito, quiméricos, deformes, horrorosos.
Ya no pudo resistir más. Las sienes le latieron con una violencia espantosa; una nube de sangre oscureció sus pupilas; arrojó un segundo grito, un grito desgarrador y sobrehumano, y cayó desvanecido sobre el ara.
Cuando al otro día los dependientes de la iglesia lo encontraron al pie del altar, tenía aún la ajorca de oro entre sus manos, y al verlos aproximarse exclamó con una estridente carcajada:
– ¡Suya, suya!
El infeliz estaba loco.
 

Gustavo Adolfo Bécquer (1836 – 1870)
Publicada en El Contemporáneo – 1861

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