NO ABANDONES A TU MEJOR AMIGO EL NUNCA LO HARIA

UN PERRO HA MUERTO ( poema PABLO NERUDA)

Mi perro ha muerto.
Lo enterré en el jardín
junto a una vieja máquina oxidada.
Allí, no más abajo,
ni más arriba,
se juntará conmigo alguna vez.
Ahora él ya se fue con su pelaje,
su mala educación, su nariz fría.
Y yo, materialista que no cree
en el celeste cielo prometido
para ningún humano,
para este perro o para todo perro
creo en el cielo, sí, creo en un cielo
donde yo no entraré, pero él me espera
ondulando su cola de abanico
para que yo al llegar tenga amistades.
Ay no diré la tristeza en la tierra
de no tenerlo más por compañero
que para mí jamás fue un servidor.
Tuvo hacia mí la amistad de un erizo
que conservaba su soberanía,
la amistad de una estrella independiente
sin más intimidad que la precisa,
sin exageraciones:
no se trepaba sobre mi vestuario
llenándome de pelos o de sarna,
no se frotaba contra mi rodilla
como otros perros obsesos sexuales.
No, mi perro me miraba dándome la atención necesaria
la atención necesaria
para hacer comprender a un vanidoso
que siendo perro él,
con esos ojos, más puros que los míos,
perdía el tiempo, pero me miraba
con la mirada que me reservó
toda su dulce, su peluda vida,
su silenciosa vida,
cerca de mí, sin molestarme nunca,
y sin pedirme nada.
Ay cuántas veces quise tener cola
andando junto a él por las orillas del mar,
en el Invierno de Isla Negra,
en la gran soledad: arriba el aire
traspasando de pájaros glaciales
y mi perro brincando, hirsuto,
lleno de voltaje marino en movimiento:
mi perro vagabundo y olfatorio
enarbolando su cola dorada
frente a frente al Océano y su espuma.
alegre, alegre, alegre
como los perros saben ser felices,
sin nada más,
con el absolutismo de la naturaleza descarada.
No hay adiós a mi perro que se ha muerto.
Y no hay ni hubo mentira entre nosotros.
Ya se fue y lo enterré, y eso era todo.

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“Elegía en la muerte de un perro” – Miguel de Unamuno

La quietud sujetó con recia mano
al pobre perro inquieto,
y para siempre
fiel se acostó en su madre
piadosa tierra.
Sus ojos mansos
no clavará en los míos
con la tristeza de faltarle el habla;
no lamerá mi mano
ni en mi regazo su cabeza fina
reposará.
Y ahora, ¿en qué sueñas?
¿dónde se fue tu espíritu sumiso?
¿no hay otro mundo
en que revivas tú, mi pobre bestia,
y encima de los cielos
te pasees brincando al lado mío?
¡El otro mundo!
¡Otro… otro y no éste!
Un mundo sin el perro,
sin las montañas blandas,
sin los serenos ríos
a que flanquean los serenos árboles,
sin pájaros ni flores,
sin perros, sin caballos,
sin bueyes que aran…
¡El otro mundo!
¡Mundo de los espíritus!
Pero allí ¿no tendremos
en torno de nuestra alma
las almas de las cosas de que vive,
el alma de los campos,
las almas de las rocas,
las almas de los árboles y ríos,
las de las bestias?
Allá, en el otro mundo,
tu alma, pobre perro,
¿no habrá de recostar en mi regazo
espiritual su espiritual cabeza?
La lengua de tu alma, pobre amigo,
¿no lamerá la mano de mi alma?
¡El otro mundo!
¡Otro… otro y no éste!
¡Oh, ya no volverás, mi pobre perro,
a sumergir los ojos
en los ojos que fueron tu mandato;
ve, la tierra te arranca
de quien fue tu ideal, tu dios, tu gloria!
Pero él, tu triste amo,
¿te tendrá en la otra vida?
¡El otro mundo!…
¡El otro mundo es el del puro espíritu!
¡Del espíritu puro!
¡Oh, terrible pureza,
inanidad, vacío!
¿No volveré a encontrarte, manso amigo?
¿Serás allí un recuerdo,
recuerdo puro?
Y este recuerdo
¿no correrá a mis ojos?
¿No saltará, blandiendo en alegría
enhiesto el rabo?
¿No lamerá la mano de mi espíritu?
¿No mirará a mis ojos?
Ese recuerdo,
¿no serás tú, tú mismo,
dueño de ti, viviendo vida eterna?
Tus sueños, ¿qué se hicieron?
¿Qué la piedad con que leal seguiste
de mi voz el mandato?
Yo fui tu religión, yo fui tu gloria;
a Dios en mí soñaste;
mis ojos fueron para ti ventana
del otro mundo.
¿Si supieras, mi perro,
qué triste está tu dios, porque te has muerto?
¡También tu dios se morirá algún día!
Moriste con tus ojos
en mis ojos clavados,
tal vez buscando en éstos el misterio
que te envolvía.
Y tus pupilas tristes
a espiar avezadas mis deseos,
preguntar parecían:
¿Adónde vamos, mi amo?
¿Adónde vamos?
El vivir con el hombre, pobre bestia,
te ha dado acaso un anhelar oscuro
que el lobo no conoce;
¡tal vez cuando acostabas la cabeza
en mi regazo
vagamente soñabas en ser hombre
después de muerto!
¡Ser hombre, pobre bestia!
Mira, mi pobre amigo,
mi fiel creyente;
al ver morir tus ojos que me miran,
al ver cristalizarse tu mirada,
antes fluida,
yo también te pregunto: ¿adónde vamos?
¡Ser hombre, pobre perro!
Mira, tu hermano,
ese otro pobre perro,
junto a la tumba de su dios, tendido,
aullando a los cielos,
¡llama a la muerte!
Tú has muerto en mansedumbre,
tú con dulzura,
entregándote a mí en la suprema
sumisión de la vida;
pero él, el que gime
junto a la tumba de su dios, de su amo,
ni morir sabe.
Tú al morir presentías vagamente
vivir en mi memoria,
no morirte del todo,
pero tu pobre hermano
se ve ya muerto en vida,
se ve perdido
y aúlla al cielo suplicando muerte.
Descansa en paz, mi pobre compañero,
descansa en paz; más triste
la suerte de tu dios que no la tuya.
Los dioses lloran,
los dioses lloran cuando muere el perro
que les lamió las manos,
que les miró a los ojos,
y al mirarles así les preguntaba:
¿adónde vamos?

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Carta de un perro muerto a su dueño

desconozco autor

No llores por mi…

Me has dado un hogar donde cobijarme,

me has proporcionado

alimento y sobre todo,

me has dado tu amor y tu compañía.

Lo último que querría es verte sufrir por mi.

Ahora que no estoy contigo, no quiero verte triste.

Deseo que cuando pienses

en mi sonrías, pues así sabré que mi recuerdo te hace feliz.

Quiero que recuerdes los buenos momentos

que compartíamos,

nuestras muestras de cariño,

nuestros juegos…

y si alguna vez te defraude, o me porte mal,

perdóname…

Y, por favor, no tires mis juguetes,

ni mi cama, ni mis cosas,

porque en este mundo hay muchos otros colegas

que viven en soledad,

tristes y sin cariño…muchos que darían

su vida por compartir la tuya.

No, no lo digas, no digas que no quieres tener más

animales…eso me hace pensar que el tiempo

que estuve contigo no te hice feliz.

Por favor, que mi muerte no sea en vano,

que sirva para que otro tenga la suerte de poder

vivir y conocer lo maravillosa que es tu amistad,

que conozca la verdadera “vida de perro”,

que descubra el cariño.

No estés triste… Yo no lo estoy, porque sé que

guardas ese rinconcito especial para mi en tu corazón…

Lamentablemente es la ley de la vida, hay que aceptarlo

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EL PERRO COJO

– Poema de Manuel Benítez Carrasco –

Con una pata colgando,
despojo de una pedrada,
pasó el perro por mi lado,
un perro de pobre casta.
Uno de esos callejeros,
pobres de sangre y estampa.
Nacen en cualquier rincón,
de perras tristes y flacas,
destinados a comer
basuras de plaza en plaza.
Cuando pequeños, qué finos
y ágiles son en la infancia,
baloncitos de peluche,
tibios borlones de lana,
los miman, los acurrucan,
los sacan al sol, les cantan.
Cuando mayores, al tiempo
que ven que se fue la gracia,
los dejan a su ventura,
mendigos de casa en casa,
sus hambres por los rincones
y su sed sobre las charcas.
Qué tristes ojos que tienen,
que recóndita mirada
como si en ella pusieran
su dolor a media asta.
Y se mueren de tristeza
a la sombra de una tapia,
si es que un lazo no les da
una muerte anticipada.
Yo le llamo: psss, psss, psss.
Todo orejas asustadas,
todo hociquito curioso,
todo sed, hambre y nostalgia,
el perro escucha mi voz,
olfatea mis palabras
como esperando o temiendo
pan, caricias… o pedradas,
no en vano lleva marcado
un mal recuerdo en su pata.
Lo vuelvo a llamar: psss, psss.
Dócil a medias avanza
moviendo el rabo con miedo
y las orejitas gachas.
Chasco los dedos; le digo:
“ven aquí, no te hago nada,
vamos, vamos, ven aquí”.
Y adiós la desconfianza.
Que ya se tiende a mis pies,
a tiernos aullidos habla,
ladra para hablar más fuerte,
salta, gira; gira, salta;
llora, ríe; ríe, llora;
lengua, orejas, ojos, patas
y el rabo es un incansable
abanico de palabras.
Es su alegría tan grande
que más que hablarme, me canta.
“¿Qué piedra te dejó cojo?
Sí, sí, sí, malhaya”.
El perro me entiende; sabe
que maldigo la pedrada,
aquella pedrada dura
que le destrozó la pata
y él, con el rabo, me dice
que me agradece la lástima.
“Pero tú no te preocupes,
ya no ha de faltarte nada.
Yo también soy callejero,
aunque de distintas plazas
y a patita coja y triste
voy de jornada en jornada.
Las piedras que me tiraron
me dejaron coja el alma.
Entre basuras de tierra
tengo mi pan y mi almohada.
Vamos, pues, perrito mío,
vamos, anda que te anda,
con nuestra cojera a cuestas,
con nuestra tristeza en andas,
yo por mis calles oscuras,
tú por tus calles calladas,
tú la pedrada en el cuerpo,
yo la pedrada en el alma
y cuando mueras, amigo,
yo te enterraré en mi casa
bajo un letrero: «aquí yace
un amigo de mi infancia».
Y en el cielo de los perros,
pan tierno y carne mechada,
te regalará San Roque
una muleta de plata.
Compañeros, si los hay,
amigos donde los haya,
mi perro y yo por la vida:
pan pobre, rica compaña.

Era joven y era viejo;
por más que yo lo cuidaba,
el tiempo malo pasado
lo dejó medio sin alma.
Y fueron muchas las hambres,
mucho peso en sus tres patas
y una mañana, en el huerto,
debajo de mi ventana,
lo encontré tendido, frío,
como una piedra mojada,
un duro musgo de pelo,
con el rocío brillaba.
Ya estaba mi pobre perro
muerto de las cuatro patas.
Hacia el cielo de los perros
se fue, anda que te anda,
las orejas de relente
y el hociquillo de escarcha.
Portero y dueño del cielo
San Roque en la puerta estaba:
ortopédico de mimos,
cirujano de palabras,
bien surtido de intercambios
con que curar viejas taras.
“Para ti… un rabo de oro;
para ti… un ojo de ámbar;
tú… tus orejas de nieve;
tú… tus colmillos de escarcha.
Y tú, —mi perro reía—,
tú… tu muleta de plata”.
Ahora ya sé por qué está
la noche agujereada:
¿Estrellas… luceros…? No,
es mi perro cuando anda…
con la muleta va haciendo
agujeritos de plata.

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amigo

NO al abandono de perros y gatos en las calles (ni ningún otro

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ERNESTO YO

 

Los números de 2012

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2012 de este blog.

Aquí hay un extracto:

4.329 películas fueron presentadas en el Festival de Cine de Cannes en 2012. Este blog tuvo 15.000 vistas en 2012. Si cada vista fuera una película, este blog podría proporcionar energía para 3 festivales en Cannes.

Haz click para ver el reporte completo.

El Diablo con los Tres Pelos de Oro hermanos Grimm

 

Había una vez una pobre mujer que dio a luz a un pequeño niño, y como el niño nació con una membrana sobre su cabeza, le predijeron que a sus veinte años él tendría a la hija del rey por esposa. Sucedió que poco después el rey bajó a la villa, y nadie sabía que era el rey, y cuando preguntó a la gente que noticias nuevas había, contestaban:

-“Acaba de nacer un niño con una membrana en su cabeza, y quien quiera que nazca con eso tendrá muy buena suerte. Y le han profetizado, también, que cuando cumpla sus veinte años, obtendrá a la hija del rey por esposa.”-

El rey, quien tenía un duro corazón, se enojó con lo de la profecía, fue donde los padres de la creatura, y aparentando gran amistad dijo:

-“Ustedes, pobre gente, permítanme tener a su niño y yo cuidaré de él.”-

Al principio ellos rechazaron la oferta, pero cuando el extraño les ofreció una gran cantidad de oro, pensaron:

-“Es un niño con suerte, y cualquier suceso siempre se tornará a su favor.”-

Y al fin consintieron y le dieron al niño.

El rey lo puso en una cesta y viajó con él hasta llegar a un profundo río. Entonces tiró el cesto al agua y pensó:

-“He librado a mi hija de su inesperado pretendiente.”-

Sin embargo el cesto no se hundió, y flotó como un bote, y ni una gota de agua entró en él. Y navegó como dos leguas más abajo hasta llegar a un molino donde entró en una de las tomas de agua del molino. Un joven que trabajaba en el molino, que por casualidad estaba por ahí en ese momento, lo vio, y con un gancho lo jaló y lo sacó del agua, pensando que contenía un gran tesoro, pero cuando lo abrió encontró al precioso niño adentro vivito y contento. Se lo llevó entonces al molinero y su esposa, y como ellos no tenían niños se complacieron y dijeron:

-“Dios nos lo ha enviado -”

Y ellos cuidaron adecuadamente al niño, quien creció lleno de cariño.

Sucedió que años mas tarde, en una gira del rey, éste llegó al molino, y le preguntó al molinero y su esposa si ese alto joven era su hijo.

-“No”- contestaron, -“Él fue encontrado. Hace veinte años él flotaba sobre las aguas del río en un cesto y llegó al molino. Mi ayudante lo jaló y sacó del agua.

Entonces el rey supo que ese no era ni más ni menos que el niño con suerte que él había tirado al agua, y dijo:

-“Mi buena gente, ¿no podría ese muchacho llevarle una carta a la reina, y yo le pagaré con dos piezas de oro?”-

-“Cómo mande el rey.”- contestaron ellos, y le dijeron al joven que se alistara.

El rey escribió una carta a la reina, en la que decía:

-“Tan pronto como este muchacho llegue con la carta, mátenlo y entiérrenlo. Todo debe estar cumplido antes de que yo regrese.”-

El muchacho partió con la carta, pero perdió el camino, y al anochecer llegó a un gran bosque. En la oscuridad él vio una pequeña luz, y avanzó hacia ella hasta llegar a un rancho. Él entró, y vio a una vieja mujer que estaba sentada sola junto al fogón. Cuando ella vio al joven, dijo:

-“¿De dónde vienes, y hacia dónde te diriges?”-

-“Vengo del molino”- contestó, -“y deseo llegar donde la reina, para quien le llevo una carta, pero he perdido el camino en esta foresta y agradecería poder quedarme aquí la noche.”-

-“¡Oh pobre muchacho!”- dijo la mujer, -“has llegado a una cueva de ladrones, y cuando vengan, de seguro te matarán.”-

-“Deja que vengan”- dijo el joven, -“no estoy asustado, pero estoy tan cansado que no puedo avanzar más.”- y se acomodó sobre una banca y se quedó dormido.

Muy pronto llegaron los ladrones, y molestos preguntaron quien era ese extraño muchacho durmiendo allí.

-“¡Ah!”- dijo la vieja mujer, -“es un inocente muchacho que se perdió en el bosque, y por piedad lo dejé entrar. Él debe de llevar una carta a la reina”-

Los ladrones abrieron la carta y la leyeron, y en ella decía que en cuanto el joven llegara debía ser muerto. Entonces los duros ladrones sintieron lástima, y su líder la rompió y escribió otra diciendo que tan pronto el muchacho llegara, debía ser casado al instante con la hija del rey. Y lo dejaron dormir tranquilamente hasta la siguiente mañana. Y cuando despertó le dieron la carta, y le indicaron el camino correcto.

La reina, cuando recibió la carta y la leyó, hizo lo que estaba escrito en ella, y preparó una espléndida fiesta de boda, y la hija del rey fue casada con el joven de la suerte, y como el joven era apuesto y colaborador, ella vivió con él felizmente.

Tiempo después el rey retornó de su gira a palacio y vio que la profecía se había cumplido, y que el joven de la suerte se había casado con su hija.

-“¿Cómo habrá sucedido eso?”- dijo él, -“Yo di otras instrucciones en mi carta”-

Así pues que la reina le entregó la carta, y le dijo que podía ver personalmente lo que en ella estaba escrito. El rey examinó la carta y vio muy bien que había sido cambiada por la otra. Él le preguntó al joven que qué había sido de la carta que él le confió, y que por qué había traído otra en su lugar.

-“No sé nada de ello”- contestó, -“pudo haber sido cambiada en la noche, cuando dormí en la foresta.”-

El rey dijo molesto:

-“No vas a tener todo tranquilamente a tu manera, quien se casa con mi hija debe traerme del infierno tres pelos de oro de la cabeza del diablo. Dame lo que te pido, y podrás continuar con mi hija.”-

De este modo esperaba el rey deshacerse del muchacho para siempre. Pero el chico de la suerte contestó:

-“Conseguiré los pelos de oro, no le temo al diablo”- y se alejó de ellos para comenzar su gira.

El camino lo llevó a un gran pueblo, donde el guardián de las puertas le preguntó a que venía y que conocimientos tenía.

-“Yo sé de todo”- contestó el joven.

-“Entonces puedes hacernos un favor”- dijo el guardián, -“si nos puedes decir por qué nuestra fuente del mercado, que una vez fluía vino, se ha secado, y desde entonces ni siquiera nos da agua.”-

-“Ya lo sabrán”- contestó, -“sólo esperen a mi regreso.”-

Y siguió su camino y llegó a otra ciudad, y allí también el guardián de las puertas le preguntó a qué venía y qué sabía.

-“Sé de todo”- contestó.

-“Entonces podrás hacernos un favor y decirnos ¿por qué un árbol en nuestro pueblo, que una vez daba manzanas de oro, ahora ni siquiera echa hojas?”-

-“Ya lo sabrán”- contestó, -“sólo esperen a mi regreso”-

Entonces prosiguió y llegó a un ancho río que debía atravesar. El botero le preguntó a qué venía y qué sabía él.

-“Sé de todo”- contestó.

-“Entonces podrás hacerme un favor”- dijo el botero, -“dime ¿por qué debo estar siempre yendo y viniendo y nunca quedar libre de esta labor?”-

-“Ya lo sabrás”- contestó, -“sólo espera a mi regreso”-

Cuando había cruzado el río encontró la entrada al infierno. Era negra y llena de hollín, y el diablo no se encontraba en casa, pero la abuela estaba sentada en una gran mecedora.

-“¿Qué es lo que quieres?”- le preguntó.

Pero ella no parecía ser malvada.

-“Me gustaría tener tres pelos de oro de la cabeza del diablo”- le contestó. -“De lo contrario no podría conservar a mi esposa.”-

-“Eso es un buen trabajo para solicitar.”- dijo ella, -“Si el diablo llega y te encuentra, te costará la vida, pero como te tengo piedad, veré si te puedo ayudar.”-

Ella lo convirtió en hormiga y dijo:

-“Métete entre los dobleces de mi vestido, allí estarás seguro.”-

-“Sí”- contestó él, -“hasta ahora todo bien. Pero hay tres cosas además que debo de saber: ¿por qué una fuente que una vez fluía vino se ha secado, y ahora ni siquiera echa agua; por qué un árbol que una vez daba manzanas de oro, ahora ni siquiera da hojas; y por qué un botero debe de estar siempre yendo y viniendo, y nunca queda libre?

-“Esas son preguntas difíciles”- contestó ella, -“pero solamente quédate en silencio y quieto y pon atención a lo que diga el diablo cuando yo le arranque los tres pelos de oro.”-

Cuando llegó el anochecer, el diablo regresó. No más había entrado cuando notó un cambio en el aire.

-“Me huele a carne humana”- dijo él, -“algo no está bien aquí.”-

Entonces él revisó cada rincón, y buscó y buscó, pero no encontró nada. Su abuela lo increpó:

-“Acabo de terminar de barrer y puse todo en orden, y ya estás desordenando todo otra vez; tú siempre tienes carne humana en tu nariz. Siéntate y come tu cena.”-

Cuando ya hubo cenado y bebido, se sintió cansado, y reposó su cabeza en el regazo de su abuela, y al poco rato quedó profundamente dormido, roncando y respirando hondo. Entonces la vieja mujer agarró un pelo de oro, lo jaló y lo puso abajo cerca de ella.

-“¡Ay!”- gritó el diablo, -“¿Qué estás haciendo?”-

-“He tenido un mal sueño”- contestó la abuela, -“por eso me sostuve de tu pelo.”-

-“¿Y cómo era el sueño?”- dijo el diablo.

-“Soñaba que en una plaza de mercado había una fuente que una vez echaba vino, pero se secó y ahora no echa ni agua. ¿Que podría haber ocurrido?”-

-“¡Ah já! ¡si lo supieran!”- contestó el diablo, -“Hay un enorme sapo sentado sobre una piedra en el pozo. Si lo mataran, el vino regresaría de nuevo.”-

Él se durmió de nuevo, y roncaba que hasta las ventanas vibraban. Entonces ella desprendió el segundo pelo.

-“¡Hey, que estás haciendo!”-, gritó el diablo incómodo.

-“No lo tomes mal.”- dijo ella, -“Lo hacía en un sueño.”-

-“¿Y qué has soñado ahora?- preguntó él.

-“Soñaba que en cierto reino había un manzano que una vez daba manzanas de oro, pero ahora no da ni hojas. ¿Cuál crees que pueda ser la razón?”-

-“¡Oh! ¡si lo supieran!”- contestó el diablo, -“Un ratón está mordiendo la raíz, si lo mataran, tendrían de nuevo manzanas de oro. Pero si sigue mordiendo más tiempo, el árbol entero se moriría. Pero déjame sólo con tus sueños: si me vuelves a molestar en mi dormir te jalaré las orejas.”

La abuela le habló suavemente hasta que de nuevo se durmió y roncó. Entonces ella arrancó el tercer pelo de oro. El diablo saltó, rugió fuertemente, y la hubiera regañado si ella no lo hubiera tranquilizado una vez más diciéndole:

-“¿Quien podría solventar malos sueños?”-

-“¿Cuál fue el sueño, entonces?”- preguntó él, un poco intrigado.

-“Soñaba que había un botero que se quejaba de que siempre tenía que ir de uno al otro lado del río, y nunca podía liberarse. ¿Cuál sería la solución?”-

-“¡Ah, el tontito!”- contestó el diablo, -“cuando alguien llegue y desee cruzar el río, él debe poner los remos en sus manos, y este otro hombre tendrá que seguir haciendo el transporte y él quedará libre.”-

En cuanto la abuela hubo arrancado los tres pelos de oro, y los tres enigmas resueltos, lo dejó tranquilo durmiendo hasta el amanecer.

Cuando el diablo salió de nuevo, la vieja mujer tomó a la hormiga de los pliegues de su vestido, y le dio al joven de la suerte su forma humana de nuevo.

-“Aquí tienes los tres pelos de oro para tí”- dijo ella, -“Supongo que oíste lo que dijo el diablo sobre tus tres preguntas”-

-“¡Sí, claro!”- contestó él, -“sí lo oí, y tendré cuidado de recordarlo.”-

-“Ya tienes lo que querías”- dijo ella, -“y ahora puedes partir.”-

Él le agradeció haberlo ayudado en su necesidad, y dejó el infierno muy contento de que todo salió afortunadamente bien.

Cuando volvió al río, el botero esperaba ansioso la respuesta prometida.

-“Pásame primero”- dijo el joven con suerte, -“y entonces te diré como liberarte.”-

Y cuando llegaron a la orilla contraria, le dijo el consejo del diablo:

-“La próxima vez que venga alguien que desee cruzar el río, solamente ponle los remos en sus manos”-

Siguió adelante hasta el pueblo donde estaba el manzano improductivo, y allí también el guardián esperaba la respuesta. Él le dijo lo que escuchó del diablo:

-“Maten al ratón que está mordiendo su raíz, y de nuevo dará manzanas de oro.”-

Entonces el guardián le agradeció dándole dos burros cargados con oro, que siguieron tras él.

De último llegó al pueblo donde la fuente se había secado. Él le dijo al guardián lo que dijo el diablo:

-“Un gran sapo está en el pozo sobre una piedra. Deben de encontrarlo y matarlo, y el pozo de nuevo fluirá vino en cantidad.”-

El guardián le agradeció, dándole también dos burros cargados de oro.

Al fin el joven de la suerte llegó a casa con su esposa, que estuvo feliz de corazón por verlo de nuevo, y de oír cuan bien había prosperado en todo. Al rey él le llevó lo que había pedido: los tres pelos de oro del diablo, y cuando el rey vio a los cuatro burros cargados con oro se puso muy contento y dijo:

-“Ahora que has cumplido con todas las condiciones, puedes quedarte con mi hija. Pero dime, querido yerno, ¿de dónde sacaste todo ese oro? ¡Es una enorme riqueza!”-

-“Remando, yo atravesé un río”- contestó, -“y allá, en la otra orilla, yacía oro en vez de arena.”-

-“¿Podría yo traer también?”- dijo el rey, muy ansioso por conseguirlo.

-“Tanto como quiera.”- contestó el joven.

-“Hay un botero en el río, pídale que lo pase al otro lado, y podrá llenar sus sacos.”-

El voraz rey salió a toda prisa, y cuando llegó al río le pidió al botero que lo pasara. El botero se acercó y le pidió que subiera. Y cuando llegaron a la otra orilla, le puso los remos en las manos y saltó. Y de ahí en adelante, el rey tuvo que seguir remando, como un castigo a sus pecados.

¿Estará aún ahí de botero? Si lo está, es porque nadie le ha tomado aún los remos.

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La Luz Azul_ Hermanos Grimm

Había una vez en tiempos de guerras, un soldado que por muchos años sirvió a su rey fielmente. Pero cuando acabaron las guerras, ya no pudo servir más a causa de las muchas heridas que había recibido. El rey le dijo:

-“Debes volver a tu casa, ya no te necesito más, y no vas a recibir ninguna paga adicional, pues solamente se da el salario mientras se está en servicio.”-

Entonces el soldado, que no sabía de que otra manera ganarse la vida, se fue totalmente frustrado, y caminó todo el día, hasta que llegó a un bosque y entró en él. Cuando oscureció, vio una luz, y se dirigió a ella, y llegó a una choza donde vivía una bruja.

-“Por favor, dame posada por una noche, y un poquito de comida y bebida”- le dijo él a ella, -“o moriré de hambre.”-

-“¡Ajá!”- contestó ella, -“¿Quien le daría algo a un soldado despedido? Te tendré compasión y te dejaré entrar, si haces lo que deseo”-

-“¿Y qué es lo que deseas?”- respondió el soldado.

-“Que mañana me arregles totalmente mi jardín.”- dijo la bruja.

El soldado consintió, y al día siguiente trabajó con todas sus fuerzas, pero no pudo terminar todo al llegar el atardecer.

-“Veo muy bien” dijo la bruja, -“que por hoy ya no puedes hacer más, pero te daré otra noche, y en pago por ello, mañana me picarás una carga de leña haciéndola compacta.”-

El soldado gastó todo el día haciéndolo, y al atardecer la bruja le propuso quedarse una noche más.

-“Mañana solamente deberás hacerme un trabajito muy pequeñito. Atrás de mi casa hay un viejo pozo seco, donde ha caído mi linterna. Ella alumbra azul, y nunca se apaga, y debes traérmela de regreso.”- dijo ella.

Al día siguiente la vieja lo llevó al pozo, y lo bajó en una canasta. Él encontró la luz azul, y le hizo una señal a ella para que lo subiera. Ella jaló la cuerda hacia arriba, pero cuando ya estaba cerca del borde, ella estiró la mano tratando de coger la luz azul, quitándosela a él.

-“¡No!”- dijo él, percibiendo su mala intención, -“No te daré la luz, hasta tanto no esté afuera con mis dos pies sobre el suelo.”-

La bruja se molestó, soltó la cuerda y se marchó. El pobre soldado cayó sobre el húmedo fondo, sin herirse, y la luz azul seguía iluminando, pero, ¿De qué le serviría eso? Vio él que no podría escapar de la muerte. Se sentó por un rato muy acongojado, y de pronto exploró su bolsillo y encontró su pipa de tabaco, que aún estaba a medio llenar.

-“Este será mi último placer.”- pensó.

La sacó, la encendió con la luz azul y comenzó a fumarla. Cuando el humo había circulado por toda la caverna, súbitamente apareció un duende negro parado frente a él, que le dijo:

-“Señor, ¿Cuáles son tus órdenes?”-

-“¿Y que órdenes tengo que darte?”- replicó el soldado, bastante confundido.

-“¿Y que órdenes tengo que darte?”- replicó el soldado, bastante confundido.

-“Yo debo hacer cualquier cosa que me pidas”- dijo el hombrecito.

-“Bien”- dijo el soldado, -“en primer lugar, sácame de este pozo.”

El hombrecito lo tomó de la mano y lo llevó por un pasaje subterráneo, pero no olvidó de llevarse la luz azul consigo. En el camino, el duende le mostró los tesoros que la bruja había colectado y escondido allí, y el soldado tomó tanto oro como podía cargar. Cuando llegaron arriba, él le dijo al hombrecito:

-“Ve ahora y atas a la bruja, y la llevas ante la justicia.”-

En unos momentos, pasó la bruja, tan rápido como el viento, dando escalofriantes gritos como un gato salvaje, e inmediatamente reapareció el hombrecito.

-“Todo está hecho”- dijo él, -“y la bruja ya ha sido juzgada. ¿Qué más se te ofrece, mi señor?”-

-“Por ahora, nada más.”- contestó el soldado, -“Debes retornar a tu hogar, pero mantente siempre disponible a mi alcance, por si te convoco.”-

-“No necesitas más que encender tu pipa con la luz azul, y yo apareceré ante ti de nuevo.”- dijo el duende, y desapareció de su vista.

El soldado retornó al pueblo de donde había venido. Fue a la mejor posada, ordenó los mejores vestidos, y pidió al propietario que le alistara una habitación tan preciosa como fuera posible. Cuando ya estuvo lista y el soldado había tomado posesión de ella, invocó al pequeño negrito y le dijo:

-“Mira, yo serví muy fielmente a mi rey, pero el me despreció, y me dejó hambriento, y ahora es mi turno de tomar mi acción.”-

-“¿Qué debo hacer?”- preguntó el hombrecito.

-“Cuando ya esté entrada la noche, y la hija del rey esté en su cama, tráela dormida, y ella hará el trabajo de servidumbre para mí.”- contestó.

-“Eso es algo muy fácil para mí, pero algo muy peligroso para ti, porque si eres descubierto, te podría costar un buen disgusto.”- dijo el duende.

Cuando sonaron las doce de la noche, la puerta se abrió, y el hombrecito traía a la princesa.

-“¡Aja!, ¿Eres tú?”- gritó el soldado a la princesa, -“¡Ponte a trabajar de inmediato! Toma la escoba y barre la recámara.”-

Cuando hubo terminado esto, él le ordenó acercarse a la silla, y estiró sus piernas y dijo:

-“¡Quítame las botas!”-

Y enseguida las tiró al suelo enfrente de su cara, e hizo que las recogiera de nuevo, las limpiara y les diera brillo. Ella, sin embargo, hizo todo lo que le pidió, sin oposición, en silencio y con los ojos a medio cerrar. Y cuando cantó el primer gallo, el duende la llevó de regreso al palacio y la colocó en su cama.

En la mañana, cuando la princesa se levantó, fue donde su padre y le contó que había tenido un muy extraño sueño.

-“Yo era llevada volando por las calles con la rapidez del relámpago”- decía ella, -“y puesta en la habitación de un soldado, y yo tenía que trabajarle como una sirviente, barrer su alcoba, limpiar sus botas y hacer todos los trabajos misceláneos. Fue sólo un sueño, pero me siento tan cansada como si realmente hubiera hecho todo aquello.”-

-“El sueño podría haber sido real.”- dijo el rey, -“Te daré una pequeña ayuda. Llena tu bolso de guisantes, y hazle un pequeño hueco al bolso, y entonces, si de nuevo eres llevada en vuelo, los guisantes irán cayendo y dejando un rastro en las calles.”-

Pero, sin que hubiera sido notado por el rey, el duende estaba a su lado cuando él decía eso, y oyó todo al respecto. En la noche, cuando la princesa era llevada de nuevo por las calles, ciertamente algunos guisantes cayeron del bolso, pero no pudieron dejar un rastro, pues el hombrecito había regado guisantes en todas las calles. Y de nuevo la princesa fue obligada a hacer el trabajo de sirviente hasta el canto del gallo.

A la mañana siguiente, el rey mandó a su gente a buscar el rastro, pero todo fue en vano, pues en cada calle, los niños pobres recogían los guisantes diciendo:

-“Debe de haber llovido guisantes, anoche.”-

-“Tenemos que pensar en algo más.”- dijo el rey.-”

-“Déjate los zapatos puestos cuando te vayas a la cama, y antes de que regreses del lugar a donde has sido llevada, esconde uno de ellos ahí, y yo pronto idearé el medio para encontrarlo.”-

El duende escuchó el nuevo plan, y en la noche, cuando el soldado le ordenó de nuevo traer a la princesa, se lo reveló, y además le dijo que no sabía de ningún método para contrarrestar esa estrategia, y que si el zapato era encontrado en su habitación, le podría ir muy mal.

-“Haz lo que te pido.”- replicó el soldado. Y de nuevo esta tercera noche la princesa fue obligada a trabajar como sirviente, pero antes de partir a palacio, escondió su zapato bajo la cama del soldado.

A la mañana siguiente, el rey tenía al pueblo entero buscando el zapato de su hija. Y fue encontrado donde el soldado, y el mismo soldado, que por ruego del enano se había alejado de la casa, fue pronto capturado y llevado a prisión. En su huída, había olvidado su más preciada posesión, la luz azul y el oro, y solamente le quedaba un ducado en su bolsillo. Y ahora cargado de cadenas, estaba parado junto a la ventana de su calabozo, cuando tuvo la suerte de ver a uno de sus antiguos colegas pasar por ahí. El soldado golpeó en la ventana, y cuando el colega se acercó, le dijo:

-“¿Serías tan amable de traerme un pequeño envoltorio que dejé en la posada olvidado?, yo te daré un ducado por el mandado”-

El camarada corrió hacia allá y le trajo lo solicitado. Tan pronto como el soldado quedó solo de nuevo, encendió su pipa e invocó al negro duende.

-“No temas.”- le dijo éste. -“Ve adonde te lleven, y déjalos hacer lo que quieran, solamente mantén contigo la luz azul.”-

Al día siguiente el soldado fue llevado a juicio, y aunque alegó que no había hecho nada malo, fue condenado a muerte. Cuando era llevado al cadalso, le pidió al rey un último favor.

-“¿Y qué es?”- preguntó el rey.

-“Que pueda fumar una vez más mi pipa en el camino.”- dijo el soldado.

-“Puedes fumarla hasta tres veces más”- contestó el rey, -“pero no imagines que te perdonaré la vida.”

Entonces el soldado sacó su pipa y la encendió con la luz azul, y apenas subieron unas pocas roscas de humo apareció el duende con un pequeño látigo en la mano diciendo:

-“¿Qué deseas mi señor?”-

-“Castiga con el látigo hasta hacer caer al suelo a esos falsos jueces, y a su comisario, y no pongas reparos en el rey que tan mal me ha tratado.”-

Entonces el duende cayó sobre ellos, castigándolos, dándoles aquí y allá, y quienquiera fuera tocado por el látigo, caía al suelo, y no se aventuraba a levantarse de nuevo. El rey estaba aterrorizado. Y él mismo le pidió piedad al soldado, que lo dejara vivir, y le dio todo su reino, y a la princesa por esposa.

FIN

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POEMAS

El sexo de los ángeles …Mario Benedett

Una de las más lamentables carencia de información que han padecido los hombres y ujeres de todas las épocas se relaciona con el

sexo de los ángeles.

El dato nunca confirmado de que los ángeles no hacen el amor, quizás signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales.

Otra versión, tampoco confirmada, pero más verosímil sugiere que, si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos por la mera razón que carecen de erotismo lo celebran, en cambio, con palabras, vale decir, con las orejas.

Así, cada vez que Ángel y Ángela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y sentarse mediante el intercambio de miradas, que, por supuesto, son angelicales.

Y si Ángel para abrir el fuego dice “Semilla”, Ángela para atizarlo responde “Surco”.

El dice “Alud” y ella tiernamente “Abismo”.

Las palabras se cruzan vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos, Ángel dice “Madero” y Ángela “Caverna”.

Aletean por ahí un ángel de la guarda misógino y silente y un ángel de la muerte viudo y tenebroso.

Pero el par amatorio no se interrumpe.

Sigue silabeando su amor.

El dice “Manantial” y ella ” Cuenca”.

Las sílabas se impregnan de rocío y aquí y allá, entre cristales de nieve, circula en el aire, sus expectativas.

Ángel dice “Estoqueo” y Ángela radiante, “Herida”, el dice “Tañido” y ella dice “Relato”.

Y en el preciso instante del orgasmo intraterreno, los cirros y los cúmulos, los estratos y nimbos se estremecen, entremolan, estallan y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.

Perdóname por ir así buscándote

(Pedro Salinas)

Perdóname por ir así buscándote
tan torpemente, dentro
de ti.
Perdóname el dolor alguna vez.
Es que quiero sacar
de ti tu mejor tú.
Ese que no te viste y que yo veo,
nadador por tu fondo, preciosísimo.
Y cogerlo
y tenerlo yo en lo alto como tiene
el árbol la luz última
que le ha encontrado al sol.
Y entonces tú
en su busca vendrías, a lo alto.
Para llegar a él
subida sobre ti, como te quiero,
tocando ya tan sólo a tu pasado
con las puntas rosadas de tus pies,
en tensión todo el cuerpo, ya ascendiendo
de ti a ti misma.
Y que a mi amor entonces le conteste
la nueva criatura que tú eres.

El poder del sexo 

Jorge Adoum

En el principio el sexo era la vida
Era el Verbo en Dios y en Él yacía
Y el sexo era la luz. Resplandecía
En las tinieblas que en la nada anida.
El Átomo simiente abrió una herida
En una tierra del vigor vacía.
Y dijo el sexo, al verla estéril, fría:
“FIAT LUX” y en la luz fue sumergida.
Con el sexo las cosas fueron hechas
Y sin él no hay semillas ni cosechas:
Hermano es del vivir y a él conexo.
Es cierto y es verdad y sin mentira:
El matrimonio a lo divino mira,
Porque Dios es Amor y Dios es sexo.

Pablo Neruda – Quién Muere?

QUIÉN MUERE?
Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito,
repitiendo todos los días los mismos trayectos,
quien no cambia de marca,
no arriesga vestir un color nuevo
y no le habla a quien no conoce.
Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú.
Muere lentamente quien evita una pasión,
quien prefiere el negro sobre blanco
y los puntos sobre las “íes” a un remolino de emociones,
justamente las que rescatan el brillo de los ojos,sonrisas de los
bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos.
Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el
trabajo,
quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño,
quien no se permite por lo menos una vez en la vida,
huir de los consejos sensatos.
Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música,
quien no encuentra gracia en si mismo.
Muere lentamente quien destruye su amor propio, quien no se deja

ayudar.
Muere lentamente, quien pasa los días
quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante.
Muere lentamente, quien abandona un proyecto antes de iniciarlo,
no preguntando de un asunto que desconoce
o no respondiendo cuando le indagan sobre algo que sabe.
Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando siempre que estar vivo
exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar.
Solamente la ardiente paciencia hará
que conquistemos una espléndida felicidad.

A la puta que se llevó mis poemas por Charles Bukowski

Algunos dicen que debemos eliminar del poema los remordimientos personales, permanecer abstractos, hay cierta razón en esto, pero ¡Por Dios! ¡Doce poemas perdidos y no tengo copias! ¡Y también te llevaste mis cuadros, los mejores! ¡Es intolerable! ¿Tratas de joderme como a los demás? ¿Por qué te no te llevaste mejor mi dinero? Usualmente lo sacan de los dormidos y borrachos pantalones enfermos en el rincón La próxima vez llévate mi brazo izquierdo o un billete de cincuenta, pero mis poemas no. No soy Shakespeare pero puede que algún día ya no escriba más, abstractos o de los otros; Siempre habrá dinero y putas y borrachos hasta que caiga la última bomba, pero como dijo Dios, cruzándose de piernas: “veo que he creado muchos poetas pero no tanta poesía”


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Juan el bobo Hans Christian Andersen (1805 – 1875)

Allá en el campo, en una vieja mansión señorial, vivía un anciano propietario que tenía dos hijos, tan listos, que con la mitad hubiera bastado. Los dos se metieron en la cabeza pedir la mano de la hija del Rey. Estaban en su derecho, pues la princesa había mandado pregonar que tomaría por marido a quien fuese capaz de entretenerla con mayor gracia e ingenio.

Los dos hermanos estuvieron preparándose por espacio de ocho días; éste era el plazo máximo que se les concedía, más que suficiente, empero, ya que eran muy instruidos, y esto es una gran ayuda. Uno se sabía de memoria toda la enciclopedia latina, y además la colección de tres años enteros del periódico local, tanto del derecho como del revés. El otro conocía todas las leyes gremiales párrafo por párrafo, y todo lo que debe saber el presidente de un gremio. De este modo, pensaba, podría hablar de asuntos del Estado y de temas eruditos. Además, sabía bordar tirantes, pues era fino y ágil de dedos.

-Me llevaré la princesa -afirmaban los dos; por eso su padre dio a cada uno un hermoso caballo; el que se sabía de memoria la enciclopedia y el periódico, recibió uno negro como azabache, y el otro, el ilustrado en cuestiones gremiales y diestro en la confección de tirantes, uno blanco como la leche. Además, se untaron los ángulos de los labios con aceite de hígado de bacalao, para darles mayor agilidad. Todos los criados salieron al patio para verlos montar a caballo, y entonces compareció también el tercero de los hermanos, pues eran tres, sólo que el otro no contaba, pues no se podía comparar en ciencia con los dos mayores, y, así, todo el mundo lo llamaba el bobo.

-¿Adónde vais con el traje de los domingos? -preguntó.

-A palacio, a conquistar a la hija del Rey con nuestros discursos. ¿No oíste al pregonero? -y le contaron lo que ocurría.

-¡Demonios! Pues no voy a perder la ocasión -exclamó el bobo-. Y los hermanos se rieron de él y partieron al galope.

-¡Dadme un caballo, padre! -dijo Juan el bobo-. Me gustaría casarme. Si la princesa me acepta, me tendrá, y si no me acepta, ya veré de tenerla yo a ella.

-¡Qué sandeces estás diciendo! -intervino el padre-. No te daré ningún caballo. ¡Si no sabes hablar! Tus hermanos es distinto, ellos pueden presentarse en todas partes.

-Si no me dais un caballo -replicó el bobo- montaré el macho cabrío; es mío y puede llevarme.

Se subió a horcajadas sobre el animal, y, dándole con el talón en los ijares, emprendió el trote por la carretera. ¡Vaya trote!

-¡Atención, que vengo yo! -gritaba el bobo; y se puso a cantar con tanta fuerza, que su voz resonaba a gran distancia.

Los hermanos, en cambio, avanzaban en silencio, sin decir palabra; aprovechaban el tiempo para reflexionar sobre las grandes ideas que pensaban exponer.

-¡Eh, eh! -gritó el bobo, ¡aquí estoy yo! ¡Mirad lo que he encontrado en la carretera!-. Y les mostró una corneja muerta.

-¡Imbécil! -exclamaron los otros-, ¿para qué la quieres?

-¡Se la regalaré a la princesa!

-¡Haz lo que quieras! -contestaron, soltando la carcajada y siguiendo su camino.

-¡Eh, eh!, ¡aquí estoy yo! ¡Miren lo que he encontrado! ¡No se encuentra todos los días!

Los hermanos se volvieron a ver el raro tesoro.

-¡Estúpido! -dijeron-, es un zueco viejo, y sin la pala. ¿También se lo regalarás a la princesa?

-¡Claro que sí! -respondió el bobo; y los hermanos, riendo ruidosamente, prosiguieron su ruta y no tardaron en ganarle un buen trecho.

-¡Eh, eh!, ¡aquí estoy yo! -volvió a gritar el bobo-. ¡Voy de mejor en mejor! ¡Arrea! ¡Se ha visto cosa igual!

-¿Qué has encontrado ahora? – preguntaron los hermanos.

-¡Oh! -exclamó el bobo-. Es demasiado bueno para decirlo. ¡Cómo se alegrará la princesa!

-¡Qué asco! -exclamaron los hermanos-. ¡Si es lodo cogido de un hoyo!

-Exacto, esto es -asintió el bobo-, y de clase finísima, de la que resbala entre los dedos – y así diciendo, se llenó los bolsillos de barro.

Los hermanos pusieron los caballos al galope y dejaron al otro rezagado en una buena hora. Hicieron alto en la puerta de la ciudad, donde los pretendientes eran numerados por el orden de su llegada y dispuestos en fila de a seis de frente, tan apretados que no podían mover los brazos. Y suerte de ello, pues de otro modo se habrían roto mutuamente los trajes, sólo porque el uno estaba delante del otro.

Todos los demás moradores del país se habían agolpado alrededor del palacio, encaramándose hasta las ventanas, para ver cómo la princesa recibía a los pretendientes. ¡Cosa rara! No bien entraba uno en la sala, parecía como si se le hiciera un nudo en la garganta, y no podía soltar palabra.

-¡No sirve! -iba diciendo la princesa-. ¡Fuera!

Llegó el turno del hermano que se sabía de memoria la enciclopedia; pero con aquel largo plantón se le había olvidado por completo. Para acabar de complicar las cosas, el suelo crujía, y el techo era todo él un espejo, por lo cual nuestro hombre se veía cabeza abajo; además, en cada ventana había tres escribanos y un corregidor que tomaban nota de todo lo que se decía, para publicarlo enseguida en el periódico, que se vendía a dos chelines en todas las esquinas. Era para perder la cabeza. Y, por añadidura, habían encendido la estufa, que estaba candente.

-¡Qué calor hace aquí dentro! -fueron las primeras palabras del pretendiente.

-Es que hoy mi padre asa pollos -dijo la princesa.

-¡Ah! -y se quedó clavado; aquella respuesta no la había previsto; no le salía ni una palabra, con tantas cosas ingeniosas que tenía preparadas.

-¡No sirve! ¡Fuera! -ordenó la princesa. Y el mozo hubo de retirarse, para que pasase su hermano segundo.

-¡Qué calor más terrible! -dijo éste.

-¡Sí, asamos pollos! -explicó la hija del Rey.

-¿Cómo di… di, cómo di… ? -tartamudeó él, y todos los escribanos anotaron: «¿Cómo di… di, cómo di… ?».

-¡No sirve! ¡Fuera! -decretó la princesa.

Le tocó entonces el turno al bobo, quien entró en la sala caballero en su macho cabrío.

-¡Demonios, qué calor! -observó.

-Es que estoy asando pollos -contestó la princesa.

-¡Al pelo! -dijo el bobo-. Así, no le importará que ase también una corneja, ¿verdad?

-Con mucho gusto, no faltaba más -respondió la hija del Rey-. Pero, ¿traes algo en que asarla?; pues no tengo ni puchero ni asador.

-Yo sí los tengo -exclamó alegremente el otro-. He aquí un excelente puchero, con mango de estaño.

Y, sacando el viejo zueco, metió en él la corneja.

-Pues, ¡vaya banquete! -dijo la princesa-. Pero, ¿y la salsa?

-La traigo en el bolsillo -replicó el bobo-. Tengo para eso y mucho más.

Y se sacó del bolsillo un puñado de barro.

-¡Esto me gusta! -exclamó la princesa-. Al menos tú eres capaz de responder y de hablar. ¡Tú serás mi marido! Pero, ¿sabes que cada palabra que digamos será escrita y mañana aparecerá en el periódico? Mira aquella ventana: tres escribanos y un corregidor. Este es el peor, pues no entiende nada.

-Desde luego, esto sólo lo dijo para amedrentar al solicitante. Y todos los escribanos soltaron la carcajada e hicieron una mancha de tinta en el suelo.

-¿Aquellas señorías de allí? -preguntó el bobo-. ¡Ahí va esto para el corregidor!

Y, vaciándose los bolsillos, arrojó todo el barro a la cara del personaje.

-¡Magnífico! -exclamó la princesa-. Yo no habría podido. Pero aprenderé.

Y de este modo Juan el bobo fue Rey. Obtuvo una esposa y una corona y se sentó en un trono

Y todo esto lo hemos sacado del diario del corregidor, lo cual no quiere decir que debamos creerlo a pies juntillas.

http://www.rinconcastellano.com/cuentos/andersen/andersen_juanbobo.html#

ERNESTO YO

El molino de viento Hans Christian Andersen (1805 – 1875)

En la cima del cerro había un molino de viento, de altivo aspecto; y la verdad es quese sentía muy orgulloso.

-No es que sea orgulloso -decía-, lo que sí soy muy ilustrado, por fuera y por dentro. Tengo el sol y la luna para mi uso externo y también interno, y además dispongo de velas de estearina, lámparas de aceite y bujías de sebo. Bien puedo decir que soy un molino de luces; un ser inteligente y tan perfecto, que da gusto. Tengo en el pecho una rueda, y cuatro alas dispuestas sobre la cabeza, inmediatamente debajo del sombrero. Las aves, en cambio, poseen sólo dos, y las llevan en la espalda. De nacimiento soy holandés, bien se nota por mi figura; un holandés volante que, como no ignoro, figura entre los seres sobrenaturales, y, con todo, soy perfectamente natural. Tengo una galería alrededor del estómago y una vivienda en la parte inferior; en ella habitan mis pensamientos. Al más fuerte de ellos, el que manda y domina, lo llaman los demás «el molinero». Ése sabe lo que se trae entre manos, y está muy por encima de la harina y la sémola; sin embargo, tiene a su compañera, la «molinera». Ella es el corazón; no corre sin ton ni son de un lado para otro, pues también ella sabe lo que quiere y lo que puede; es suave como una leve brisa, y fuerte como un vendaval; es prudente y logra imponer su voluntad. Es mi sentido de la suavidad, el padre es el de la dureza. Aunque son dos, forman una sola persona, y entre ellos se llaman «mi mitad». Tienen hijos: pequeños pensamientos que crecerán. ¡Cuántas diabluras cometen los rapaces! No hace mucho me sentía deprimido e hice que el padre y sus oficiales examinasen mi mecanismo y la rueda que tengo en el pecho; quería saber lo que me ocurría, pues algo en mí no marchaba como debiera, y conviene vigilarse; los pequeñuelos metieron un ruido infernal, cosa muy enfadosa cuando se vive en la cumbre de una colina. Hay que contar con que todos te ven, y no se debe despreciar la opinión pública. Pero, como iba diciendo, los chiquillos cometieron una de travesuras… El más chiquitín se me subió sobre el sombrero, y armó tal alboroto que me daba cosquillas.

Los pensamientos chicos pueden crecer, lo sé por experiencia. Y de fuera vienen también pensamientos, y no precisamente de mi linaje, pues no veo a ningún pariente en todo lo que alcanza mi vista; estoy sólo. Pero las casas sin alas, donde no se oye el girar de la rueda, tienen también pensamientos que vienen a reunirse con los míos y se enamoran unos de otros, como suele decirse. Es bien asombroso. ¡La de cosas extrañas que hay en el mundo! No sé si me ha venido de dentro o de fuera, pero el hecho es que ha habido un cambio en mi mecanismo. Es algo así como si el padre hubiese cambiado su mitad, como si hubiera venido un sentido más dulce aún, una compañera más amorosa, joven y buena y, sin embargo, la misma, pero más dulce y más piadosa a medida que pasa el tiempo. Lo amargo se ha evaporado; el conjunto resulta muy agradable. Van y vienen los días, cada vez más claros y alegres, hasta que -sí, dicho y escrito está- llegará uno en que todo habrá terminado para mí, aunque no del todo. Me derribarán para reconstruirme, nuevo y mejor. Desapareceré, pero seguiré viviendo. Seré distinto y, no obstante, seré el mismo. Esto me resulta muy difícil de comprender, pese a toda mi ilustración y a que me iluminan el sol, la luna, la estearina, el aceite y el sebo. Mis viejas paredes y habitaciones volverán a alzarse de entre los escombros. Espero que conservaré mis antiguos pensamientos: el molinero, la madre, los mayores y los chicos, la familia, como los llamo en conjunto, uno y, sin embargo, tantos, todo el conjunto de pensamientos, que ya me es imprescindible. Y tengo que seguir también siendo yo mismo, con la rueda en el pecho, las alas sobre la cabeza, la galería en torno al estómago; de otro modo no me reconocería, y tampoco me reconocerían los demás, y no podrían decir: «Ahí tenemos el molino en la colina, tan apuesto pero nada orgulloso».

Todo esto dijo el molino, y muchas cosas más; pero lo más importante es lo que hemos apuntado.

Y vinieron los días y se fueron, hasta que llegó el último. Estalló un incendio en el molino; se elevaron las llamas, proyectándose hacia fuera y hacia dentro, lamiendo las vigas y planchas y devorándolas. Se desplomó el edificio, y no quedó de él más que un montón de cenizas. De él se levantaba una columna de humo, que el viento dispersó.

Lo que de vivo había en el molino, vivo quedó, y, en vez de sufrir daños, más bien salió ganando. La familia del molinero, un alma con muchos pensamientos, se construyó un molino nuevo y hermoso para su servicio, de aspecto exactamente igual al anterior, por lo que la gente decía: «Ahí está el molino de la colina, altivo y apuesto». Pero estaba mejor construido, más a la moderna, pues los tiempos progresan. Los viejos maderos, carcomidos y esponjosos, yacían convertidos en polvo y ceniza; el cuerpo del molino no volvió a levantarse, como él había creído; había dado fe a las palabras, pero no hay que tomar las cosas tan al pie de la letra.

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ERNESTO YO

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