_SON GUAPOS_

_GUAPO_

Imany – You Will Never Know (Remix Edit)

Como nace el Universo (Gloria Trevi)

Mana – rayando el sol

___El anillo___

Un alumno llego a su profesor con un problema:

-Estoy aqui, profesor, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Dicen que no sirvo para nada, que no hago nada bien, que soy tonto y muy idiota. Como puedo mejorar? Que puedo hacer para que me valoren mas?

El profesor, sin mirarlo, le dijo:

-Lo siento mucho, joven, pero ahora no puedo ayudarte. Primero debo resolver mi propio problema, tal vez despues…

Y haciendo una pausa dijo:

-Si tu me ayudas y puedo resolver mi problema rapidamente, quiza pueda ayudarte a resolver el tuyo.

-Claro, profesor, murmuro el joven.

Pero se sintio otravez desvalorizado.

El profesor se saco un anillo que llevaba en el dedo pequeño, se lo dio y le dijo:

-Coge el caballo y vete al mercado. Debes vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es preciso que obtengas por el el maximo posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y vuelve con la moneda lo mas rapido posible.

El joven cogio el anillo y partio. Cuando llego al mercado empezo a ofrecer el anillo a mercaderes. Ellos miraban con algun interes, atendiendo al joven cuando decia cuanto pretendia por el anillo.

Cuando decia que una moneda de oro, algunos se reian, otros se apartaban sin mirarlo. Solamente un viejecito fue amable de explicarle que una moneda de oro era MUCHO valor para comprar un anillo.

Intentando ayudar al joven, llegaron a ofrecerle una moneda de plata y una jicara de cobre, pero el joven seguia las instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazaba las ofertas.

Despues de ofrecer la joya a todos los que pasaban por el mercado, y abatido por el fracaso, monto en el caballo y regreso. El joven deseaba tener una moneda de oro para comprar el mismo el anillo, librando de la preocupacion a su profesor pudiendo asi recibir su ayuda y consejos. Entro el joven en la casa y dijo:

-Profesor, lo siento mucho, pero es imposible conseguir lo que me pidio. Talvez pudiese conseguir 2 o 3 monedas de plata, pero no creo que se pueda engañar a nadie sobre el valor del anillo.

-Importante lo que me dices, joven, contesto el profesor sonriendo. Primero debemos saber el valor del anillo. Vuelve a coger el caballo y vas a ver al joyero. Quien mejor para saber su valor exacto? Pero no importa cuanto te ofrezca, no lo vendas. Vuelve aqui con mi anillo.

El joven fue a ver al joyero y le dio el anillo para que lo examinara. El joyero lo examino con una lupa, lo peso y le dijo:

-Dile a tu profesor que si lo quiere vender ahora no puedo darle mas de 58 monedas de oro.

-58 MONEDAS DE ORO!!!, exclamo el joven.

-Si, contesto el joyero, y creo que con el tiempo podria ofrecer cerca de 70 monedas, pero si la venta es urgente…

El joven corrio emocionado a casa del profesor para contarlo lo ocurrido.

-Sientate, dijo el profesor, y despues de escuchar todo lo que el joven le conto, le dijo:

-Tu eres como ese anillo, una joya valiosa y unica. Solamente puede ser valorada por un especialista. Pensabas que cualquiera podia descubrir su verdadero valor? Y diciendo esto, volvio a colocarse su anillo en el dedo.

Todos somos como esta joya. Valiosos y unicos y andamos por todos los mercados de la vida pretendiendo que personas inexpertas nos valoren.

– Desconozco el autor –

05 Estrellas del Bicentenario VERACRUZ ®TELEVISA 3 mins. HD

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 ERNESTO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

JULIETTE BINOCHE ~ Tribute! / Air and Francoise Hardy `Jeanne`

“El ahijado de la muerte”, hermanos Grimm

«Un pobre hombre tenía doce hijos y necesitaba trabajar día y noche para poder darles pan. Cuando el decimotercero vino al mundo, no supo encontrar solución a su necesidad, corrió a la carretera y quiso pedirle al primero que encontrase que fuera su compadre. El primero al que encontró fue a Dios. Él sabía ya lo que angustiaba al hombre y dijo:
– Pobre hombre, me das pena. Yo seré el padrino, cuidaré de él y lo haré feliz en la tierra.
El hombre dijo:
– ¿Quién eres tú?
– Yo soy Dios.
– Pues no te quiero como compadre -dijo el hombre-. Tú das a los ricos y dejas que los pobres pasen hambre.
Esto lo dijo el hombre porque no sabía lo sabiamente que Dios reparte la pobreza y la riqueza. Por tanto, se alejó del Señor y prosiguió su camino. Entonces, se le acercó el diablo y dijo:
– ¿Qué buscas? Si me quieres de padrino de tu hijo, le daré oro en abundancia y todos los placeres del mundo.
El hombre preguntó:
– ¿Quién eres tú?
– Yo soy el demonio.
– Entonces no te quiero por compadre -dijo el hombre-. Tú engañas y corrompes a los hombres.
Siguió andando, y en esto llegó la enjuta muerte que avanzó hasta él y dijo:
– ¿Me quieres de compadre?
El hombre dijo:
– ¿Quién eres tú?
– Yo soy la muerte, que hace a todos igual.
– Tú eres la persona indicada: te llevas tanto a los ricos como a los pobres sin hacer diferencias; tú debes ser mi compadre.
La muerte respondió:
– Yo haré a tu hijo rico y famoso, pues a aquel que me toma como amigo no le falta de nada.
El hombre dijo:
– El próximo domingo es el bautizo, así que procura llegar a tiempo.
La muerte apareció como había prometido, y fue un buen padrino. Cuando el muchacho creció, apareció una vez el padrino, y le hizo ir con él. Le llevó al bosque, le enseñó una hierba que allí crecía y dijo:
– Ahora recibirás tu regalo de ahijado. Yo te haré un médico famoso. Cuando te llamen a ver un enfermo, yo estaré allí cada vez; si estoy a la cabeza del enfermo, puedes hablar con audacia y decir que quieres curarlo, le das esta hierba y él sanará. Pero si estoy a los pies del enfermo, entonces me pertenece y tienes que decir que toda ayuda es inútil y que no lo puede salvar ningún médico en el mundo.
No transcurrió demasiado tiempo para que el joven se convirtiera en el médico más famoso del mundo. “No le hace falta más que ver al enfermo y ya sabe cómo está la cosa, si sanará o morirá”, se decía de él. Y de todos los lugares llegaba gente, le llevaban enfermos y le daban tanto oro que pronto fue un hombre rico. Entonces sucedió que el rey enfermó. El médico fue avisaco para decir si era posible la curación. Cuando llegó junto a la cama, la muerte estaba a los pies, y para el enfermo no había ya hierba alguna que sirviera para sanarle.
“Si pudiera engañar por una vez a la muerte -pensó el médico-, estoy seguro de que no lo tomará a mal, ya que soy su ahijado, y hará la vista gorda; lo intentaré”.
Cogió al enfermo y lo colocó del revés, de tal manera que la muerte pasó a estar a la cabeza del enfermo. Luego le dio la hierba y el rey se recuperó y sanó. La muerte, sin embargo, fue a ver al médico, llevaba cara larga y de pocos amigos y, amenazándole con el dedo, dijo:
– Te has burlado de mí; por ahora te lo pasaré, porque eres mi ahijado, pero si te atreves otra vez, te agarraré por el cuello y te llevaré a ti conmigo.
Poco después, cayó gravemente enferma la hija del rey. Era su única hija, él lloraba día y noche, tanto que se le cegaron los ojos e hizo saber públicamente que quien la salvara de la muerte se convertiría en su marido y heredaría la corona. El médico, cuando llegó a la cama de la enferma, vio a la muerte a sus pies. Hubiera debido acordarse de la advertencia de su padrino, pero la gran belleza de la hija del rey y la felicidad de ser su marido le trastornó tanto que hizo caso omiso de sus pensamientos. No vio que la muerte le lanzaba miradas furibundas, levantando la mano hacia arriba y amenazándole con el puño flaco; levantó a la enferma y le colocó la cabeza donde había tenido los pies. Le dio la hierba y pronto se colorearon sus mejillas y la vida volvió de nuevo.
La muerte, cuando se vio engañada por segunda vez en lo que era su propiedad, se dirigió con grandes pasos hacia el médico y dijo:
– Estás perdido, ¡ahora te toca a ti!
Le cogió con su mano helada de forma tan fuerte que no pudo oponer resistencia y le llevó a una cueva subterránea. Entonces, vio cómo ardían miles y miles de luces en hileras interminables a la vista, unas grandes, otras medianas, otras pequeñas. Cada minuto se apagaban algunas y otras volvían a arder, de tal manera que las llamitas constantemente cambiantes parecían saltar de un lado a otro.
– ¿Ves? -dijo la muerte: Estas son las luces de la vida de los hombres. Las grandes son de los niños, las medianas pertenecen a matrimonios en sus mejores años, las pequeñas pertenecen a los ancianos. Pero también, a menudo, niños y jóvenes tienen una pequeña luz.
– Muéstrame la luz de mi vida -dijo el médico, pensando que todavía era muy grande.
Pero la muerte señaló un pequeño cabito que amenazaba con apagarse y dijo:
– ¿Ves? Esa es.
– ¡Ay!, querido padrino -dijo el médico asustado-. Enciéndeme una nueva, hazlo por mí, para que pueda gozar de mi vida, ser rey y marido de la hermosa hija del rey.
– Yo no puedo -contestó la muerte-. Antes tiene que apagarse una para que prenda una nueva.
– Coloca la antigua sobre una nueva, para que arda rápidamente cuando aquella se acabe -dijo el médico.
La muerte hizo como si quisiera cumplir su deseo; acercó una gran luz, pero como quería vengarse, intencionadamente se equivocó al colocarla y el trocito se cayó y se apagó. Rápidamente el médico cayó al suelo y fue a parar él mismo a los brazos de la muerte».

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