Humor

Esposos.

El hombre llega a casa, se sienta a comer y la mujer le dice:

– ¿Te sirvo?

Y él contesta:

– A veces!

Jóvenes.

– Por qué bebes las cervezas con paja?

– Porque le prometí a mi madre que jamás pondría mis labios en una copa.

Entre padre e hijo.

Padre:  ¿Cuantos son 4 por 4?

Hijo: ¡Empate!

Padre: ¿Y cuanto es 2 por 1?

Hijo: ¡Oferta!

Borracho.

Entra un borracho en una comisaría:

– ¿Podría ver al que robó en mi casa ayer?

– ¿Y para qué lo quiere ver?

– Para saber cómo entró sin despertar a mi mujer.

  En el wáter:

            Mientras esta haciendo de vientre, ve en la puerta un póster con un letrero en la cara , otro en el vientre y 

         un  tercero con letra más pequeña en la parte baja.

            Se acerca y lee:

            – Que lo vas a hacer fuera!

Entre amigos.

– Estoy preocupado.

        – ¿Por qué?

        –  Mi mujer me juró que no me volvería hablar durante 30 días.

        –  Pero eso no es tan grave.

        –  Claro que sí, es que hoy termina el plazo.

Dos borrachos:

         – ¡Es terrible, pero tardo 3 horas en dormirme!

         – Pero si los dos tomamos lo mismo y cuando yo llego a casa caigo rendido al instante.

         – Bueno, cuando yo encuentro la cama también.

        Niño travieso.

Está Pepito en su casa y su mamá lo manda a comprar unas tortillas. Cuando va camino a la venta se encuentra con un desfile de modas, corre a su casa y le dice a su mamá:

– ¡Mamá, mamá! Acabo de ver un desfile de modas, y estaba miss Venezuela y era linda, y estaba miss Puerto Rico y era linda, y miss Guatemala era hermosa…

Y le dice su mamá:

– ¿Y mis tortillas?

– ¡Esa no la vi!

En el juicio.

El juez al acusado:

– ¿Y cómo se las arregló usted para abrir la caja fuerte en sólo 15 minutos?

– Señor Juez, yo no doy clases gratis.

Alimento.

“Un sacerdote corre porque lo persigue un león. De repente el sacerdote se arrodilla diciendo:

– Señor, te pido que este león se vuelva cristiano.

El león se arrodilla y dice:

– Señor, bendice estos alimentos que voy a consumir.”

El burro.

Un día en un pueblo apareció muerto un burro frente a la iglesia, y pasaban

los días y nadie lo recogía, y el sacerdote muy molesto llama al alcalde y le

dice:

– Señor alcalde, usted como alcalde por qué no manda que recojan ese burro.

El alcalde que no estaba ese día de muy buen humor le responde:

– Y usted como buen cristiano dele una cristiana sepultura.

Y el cura responde:

– Sí, pero como buen cristiano es también mi deber avisar a sus familiares.

  En la Iglesia.

El sacerdote mientras decía la Misa:

   – En este pueblo se ha perdido la fe.

        Un borracho en voz alta:

          – ¡Pues de aquí no sale nadie hasta que aparezca!

Fumador.

– ¿Dónde has estado tanto tiempo sin verte?

– En unas clases para quitarme las ganas de fumar.

– Por lo visto no te dio resultado!

– Claro que dio resultado.

– Pero si estás fumando!

– Sí, pero sin ganas.

Entre vecinos.

         – ¡Oye! y tú ¿Por qué cierras las cortinas cada vez que tu mujer se pone a practicar sus

         lecciones de canto?

         – Para que los vecinos no crean que le estoy pegando.

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ERNESTO

BELLA Y EL UNICORNIO

Bella era la más hermosa de todas las mujeres. Nadie podía igualarla en elegancia, en belleza. Provocaba suspiros en cualquiera que la viera pasar. Pero su corazón era frío, duro como la roca, distante, jamás ninguna emoción había hecho mella en él.

Por eso, cuando una tarde vio en el río el reflejo de un ser fabuloso, cuando vio los ojos curiosos que la miraban desde el agua, Bella se supo cautiva, hechizada, presa de sus emociones… y viva por fin.

Al minuto siguiente él ya no estaba. Y aunque buscó y le llamó, no encontró a su Unicornio. Suyo, porque solo ella le conocía, solo ella le amaba, solo ella creía en él…

Desde entonces, Bella descuidó su ajuar, dejó de mimar su piel untándola de esencias, olvidó sus joyas en el fondo de sus cofres, dejó de buscarse en los espejos, de cepillar su cabello… y sus ojos azules se cubrieron con un velo de tristeza. Pero seguía sabiéndose viva…

Las gentes del lugar inventaron leyendas y fantasías que explicaban por qué cada amanecer la que seguía siendo la muchacha más hermosa de cuantas habían visto, recorría el farallón más alto, su vestido agitándose al viento, su melena enredándose y danzando alrededor de su rostro, su mirada ausente, buscando en el horizonte lo que nadie acertaba a imaginar.

Un día, al paso de un peregrino, Bella se acercó y le preguntó:

-Buen hombre, tú que llevas la sabiduría reflejada en tu rostro, y al que la experiencia de toda una vida ha dibujado arrugas en la piel, dime, ¿cómo lo puedo encontrar?

-No sé qué persigues, pero cuanto menos lo busques, más rápido lo encontrarás -fue su respuesta.

Sin embargo, Bella empezó a hilar una red con sus largos cabellos. Tejió y tejió y cierto día, cuando los hombres miraron al acantilado, vieron una inmensa tela de araña que se balanceaba al viento y cubría el acantilado entero, desde la costa hasta el confín del mar. Y allí esperaba Bella, y tras un tiempo apareció su Unicornio, trotando sobre las olas, mirándola fijamente, tal vez con desdén, tal vez con sorpresa. Y en la red de Bella quedó atrapado su Unicornio.

Ella se acercó y acarició su piel, su crin, mientras sonreía por saber suyo al Unicornio. Creyó que al caer en la red, el Unicornio no podría sino quererla siempre, como ella haría con él. Pero el Unicornio habló, habló de lo absurdo de los amores que encarcelan y esclavizan al otro…

-Aunque me apreses, ates mis movimientos o me guardes en tu sitio más secreto y protegido de tu palacio, nada obtendrás de mí. Esta red sólo consigue atrapar mi cuerpo, pero mi corazón no puede ser tu cautivo. Sólo somos capaces de querer a los demás desde nuestra libertad.

Bella, confundida, pensó que solo deseaba que llegara el día en que el unicornio fuera capaz de amarla… nada más. Y la red se deshizo instantáneamente, y el Unicornio escapó. Bella se quedó quieta, inmóvil, tanto que su cuerpo empezó a convertirse en una estatua de piedra, hermosa, sublime, la más perfecta que nadie jamás hubiera esculpido. 

Desde ese día, la estatua de Bella en lo alto del acantilado ve acercarse a muchachas enamoradas que le cuentan sus sueños, sus ilusiones; a niños que juegan y danzan a su alrededor; a un joven flautista que aprendió a tocar a los pies de la estatua y que ahora deleita a todos con su música, tal vez en un vano intento de sacar a Bella de su sueño eterno. Pero lo más sorprendente son las flores que cada amanecer, rodean la estatua y cuelgan de las manos de piedra, frescas, lindas, cubriendo con su olor y sus colores a Bella.

Cuentan que hay alguien que llega con las primeras luces del alba, se inclina reverente, con devoción casi, ante la estatua, deja descansar unos instantes su cabeza en su regazo… Y se marcha, dejando su ofrenda, corriendo veloz, galopando sobre la espuma de las olas.

Es el Unicornio.

 

 

   

ERNESTO