La brujita descontenta.

 

 

Cuento. La bruja descontenta

Había una vez una brujita que vivía muy desconforme con todo. Se llamaba Josefina Disconforme. Nunca estaba del todo contenta con nada, ni con su casa, ni con su nombre, ni con su aspecto, ni con nada que la rodeara.
Como era bruja, lógicamente hacía cosas de bruja, tales como viajar en escoba voladora, aunque tampoco le gustaba su escoba y se quejaba de que no era último modelo y que no tenía cinturón de seguridad, siempre decía que algún día la multarían por ello. También hacía mezclas extrañas, sopas horriblemente olorosas y tenía una mascota. Pero no era una lechuza, como es costumbre entre las brujas tradicionales, sino un lorito llamado Buchonazo, el cual –haciendo honor a su nombre– le contaba todo lo que pasaba en el pueblo, con pelos y señales.
Como ya dijimos antes, Josefina nunca estaba conforme con nada, y si uno no está conforme con nada, realmente es muy difícil ser feliz. Su casa le parecía chica; su lorito, muy charlatán; la gente del pueblo, poco amigable; la comida, fea; la ropa, incómoda, y así podríamos seguir con una lista larguísima; pero lo peor de todo era que no tenía amigos.
El problema era que, como Josefina no vivía conforme ni contenta, tenía la manía de querer cambiar las cosas, y lo que es peor que peor, también pretendía cambiar a las personas. Todas las semanas cambiaba los muebles de lugar, cosía y descosía sus vestidos, una y otra vez (igualmente, todos le quedaban feos). Le teñía las plumas a Buchonazo, pero lo cierto es que su loro seguía siendo el mismo charlatán de siempre, aunque su plumaje cambiara de color.
Cada vez que salía un modelo nuevo de escoba, la cambiaba, pero ninguna traía cinturón de seguridad, con lo cual su disconformidad continuaba.
En realidad, lo que más le molestaba a Josefina Disconforme eran sus vecinos del pueblo y por esa razón, como dije antes, no tenía amigos.
Cierto día, Josefina se levantó con los pájaros más volados que de costumbre y decidió que algo tenía que hacer para cambiar las cosas.
–¡Si me sigo quejando, me voy a arrugar tanto que voy a tener que hacerme un lifting! –se dijo a sí misma y continuó–. Mejor me voy al sótano y pongo manos a la obra.
Y así lo hizo. Bajó al sótano, tomó todas sus pócimas de bruja y entró a mezclar. Mezcló, mezcló y mezcló: sabores, colores, olores. En fin, mezcló todo lo que pudo. Así inventó un jugo de color muy atractivo al cual llamó “Cambiatuti”.
Josefina estaba convencida de que su jugo tenía poderes mágicos que lograrían que quien lo tomase, cambiara, y así por fin podría tener amigos “a su medida”. Decidió entonces que el domingo iría a la feria y pondría un puestito de venta de juguitos Cambiatuti.
Llegó el domingo y Josefina, con Buchonazo en el hombro, se fue para la feria. Instaló su puestito y colocó un gran cartel que decía: “PRUEBE JUGOS CAMBIATUTI Y VEA LA DIFERENCIA”.
Los vecinos no confiaban mucho en que los jugos fueran ricos y saludables, entonces se acercaban a preguntarle a Josefina cuál era la diferencia de la que hablaba el cartel.
–¡Es un secreto que no puedo revelar! –les contestaba, haciéndose la misteriosa, mientras Buchonazo se moría de ganas de contarle a la gente cuál era el verdadero propósito de la brujita.

Como el estar desconforme es algo muy común en las personas, cada vecino interpretó el cartel a su conveniencia. Los gordos pensaron que el juguito los adelgazaría; los pelados, que les haría crecer el pelo; los petisos, que los convertiría en altos, etc.
La cosa fue que los jugos Cambiatuti fueron un suceso en la feria. ¡No había vecino que no hubiera tomado uno y hasta dos o tres!
Josefina no podía creer el éxito de su pócima mágica. Lo que no tenía claro era cuánto tardaría en hacer efecto, pues ella seguía viendo a las personas iguales a como siempre las había visto, con su misma forma de ser y pensar.
Decidió esperar un poco.
–Al fin de cuentas…. –se dijo– el efecto no tiene por qué ser inmediato ¡caramba!
Y esperó unas horas, el domingo se terminaba, anochecía en el pueblo y ella no notaba ninguna diferencia en ningún vecino. Todos se veían y se escuchaban igualitos a como eran antes de tomar el juguito. Pensó que tal vez un día no era suficiente para ver los efectos de la pócima mágica y dejó pasar más tiempo, una semana, dos, tres.
A decir verdad, tampoco los vecinos que habían tomado el Cambiatuti se notaban distintos: el pelado seguía siendo pelado, el flaco seguía flaco y todos sin excepción se preguntaban cuál era la diferencia que se suponía iban a notar luego de tomar el jugo.
Sin embargo, aunque no notaran diferencia alguna, seguían yendo los domingos a la feria porque querían comprar el juguito; al principio, porque querían ver si finalmente notaban algo distinto, pero luego sólo porque les gustaba. Y cada domingo se desilusionaban porque Josefina ya no vendía sus jugos, pero igual volvían con la esperanza de encontrarla otra vez.
Mientras tanto, Josefina se daba cuenta de que todos en el pueblo seguían siendo los mismos, no sólo porque vivía allí, sino porque Buchonazo le contaba las mismas cosas que antes de cada uno de los vecinos. Amargada por el fracaso de su jugo mágico, Josefina empezó a pensar en qué había fallado.
–Debo haberme equivocado en algún ingrediente –decía mientras leía una y otra vez sus libros de recetas–. Algo habré hecho mal.

Josefina no lograba entender lo más importante: nadie cambia mágicamente, ni por un jugo, ni por nada. Las personas pueden cambiar, sí, pero no por una pócima, sino porque realmente lo desean y trabajan para lograrlo.
Lo mismo pasaba con los vecinos; al principio, tampoco entendían que el gordo no se volvía flaco por un jugo, que eso requiere un esfuerzo, un tiempo, una dieta; que el que nació petiso, petiso seguiría por más tacos altos que se pusiera.

 Un domingo al atardecer, luego de esperar inútilmente en la feria que apareciera Josefina con Buchonazo y sus jugos, algunos de los vecinos decidieron hacerle una visita. Vencieron el temor que les producía llegar hasta esa casa despintada y poco cuidada, y golpearon a la puerta (porque no había timbre).
Josefina creyó haber escuchado mal, jamás golpeaban a su puerta. Esperó un rato, pensando que había sido un error, pero no. Para su sorpresa, volvieron a golpear. Abrió la puerta casi con temor de lo que encontraría. Cuando por fin abrió, vio a muchos vecinos que hablaban todos al mismo tiempo.
–¡A ver si nos ordenamos, señores! No entiendo un pepino –dijo Josefina.
Cuando se tranquilizaron, los vecinos allí reunidos le preguntaron por los jugos, le dijeron que eran riquísimos, que querían seguir tomándolos, que iban sin éxito cada domingo a la feria para comprarlos.
Josefina no podía creer lo que escuchaba y veía. Nunca nadie había llamado a su puerta. Menos aún nadie había elogiado algo que ella hubiera hecho. Se llenó de orgullo –del bueno, se entiende– y una sensación nueva y muy bonita invadió todo su cuerpito de bruja.
Luego de prometerles que el domingo volvería a la feria, uno de los vecinos le preguntó:
–Disculpe el atrevimiento doña, el Cambiatuti realmente es muy rico ¿vio?, pero diferencia, lo que se dice diferencia, no notamos ninguna. ¿A qué se refería el cartel que puso en el puesto de la feria?
Josefina se avergonzó, no podía decirles la verdad. No podía confesarles que ella quería cambiarlos, que su manera de ser no le gustaba y que había inventado ese jugo para que ellos fuesen de otra manera. Y como no sabía qué decirles, decidió no decir mucho. Les prometió que el domingo en la feria lo averiguarían.
La brujita se quedó pensando, pensó toda la semana, no sólo en qué les diría el domingo cuando viera a sus vecinos, sino en la sensación nueva que había sentido cuando tocaron su puerta y elogiaron sus jugos. Muy entusiasmada volvió a bajar a su sótano y preparó litros y litros de Cambiatuti, los envasó, los etiquetó y esta vez, cosa extraña, sí quedó conforme con cómo habían quedado.
El domingo se vistió con su mejor vestido de bruja y acompañada de su fiel compañero Buchonazo, llevó la gran cantidad de jugos que había preparado en una carretilla.
Vendió una cantidad increíble de juguitos, pero lo que menos podía creer Josefina no era el hecho de vender muchos Cambiatuti, sino que mientras los vendía, había conversado con casi todo el pueblo. Respecto de la mentirita sobre la diferencia que notarían con el jugo, cada vez que alguien le volvía a preguntar siempre contestaba: “Ya verán, ya verán, cuestión de esperar no más”. Igual, la gente lo compraba simplemente porque era muy rico.
Y así fue cada domingo, vender en la feria, conversar con la gente, y no sólo los domingos, ahora salía durante la semana, los vecinos la saludaban, le recordaban que llevara jugo el domingo y se acercaban cada vez más. Luego de un tiempo, la gente ya no se interesaba en saber qué cosa le cambiaría el famoso juguito, sólo se dedicaron a tomarlo por placer, sin esperar ser distintos por ello.
Pasó el tiempo y Josefina se encontró rodeada de amigos, esas mismas personas a las que antes criticaba y cuya manera de ser pretendió cambiar. Lo que le resultó más extraño de todo, es que ninguno había cambiado, ni por el jugo ni por ninguna otra cosa, pero ella podía ahora encontrar en cada uno, algo que le gustaba, que la hacía sentir cerca, sólo porque se dio a sí misma la oportunidad de conocerlos. Aprendió que a las personas hay que aceptarlas como son, sin pretender cambiarles nada. Que debemos respetar aquello que no nos gusta, no hace falta estar de acuerdo en todo con alguien o pensar exactamente de la misma manera para poder tener un amigo.
Los vecinos también aprendieron a no buscar soluciones mágicas, pues se dieron cuenta de que no las hay.
Como ven, todos aprendieron algo en el pueblo, pero tal vez la que más se enriqueció fue Josefina Disconforme, porque aceptando a las personas tal cual eran, pudo llegar a cada una de ellas, y de esa manera, su vida cambió. Ahora ya no vivía desconforme con todo y con todos. No tiñó más a Buchonazo y no descosió más sus vestidos. Aunque, para ser sinceros, ahora había algo que no terminaba de convencerla: quería cambiarse el apellido…

Fin

Autora: Liana Castello

  

____Ruborizado____Risa_____Sorpresa_________ERNESTO_________LunaSol

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