PRECIOSAS ESTRELLAS.___BONITA LUNA.__BONITO CIELO AZUL._____

estrella

En una noche de estrellas, de luna que brilla a todo dar una inexplicable figura se hace reflejar, esta se llegaba a formar con una destreza ejemplar. En aquella figura pude contemplar, todo el rubor que tú tienes al mirar no me imaginaba como se puede formar tanta belleza en nuestro cielo magistral. No me lo podía creer todo lo que estaba apreciando me estaba volviendo a renacer, lo que siempre solía tener cuando te amaba en un dulce anochecer. Hacía lo imposible por tocar, aquella mágica expresión celestial todo esto me hace rememorar, lo que siempre tendré cuando a casa he de regresar.

 

Si  lo permites,

cuidaré de ti,

como se cuida aquello que se aprecia. Si  lo permites,

me acercaré a ti

para que sientas mi calor en un abrazo. Si  lo permites,

me llevaré tu presencia

para que me acompañe por las noches. Si  lo permites,

te regalaré una sonrisa

para que te impregnes con mi alegría. Si  lo permites

me quedaré a tu lado

para que cuando lo necesites, puedas hablar. Si  lo permites

te dedicaré parte de mi tiempo

para que sepas que no estas sola. Si  lo permites te entregaré mi amor para que si quieres, puedas corresponderme.

 

Sonriente apareció la luna

acompañada

 

de un manto de estrellas,

no sé por que estará contenta debe

 

ser por que recupero su

risa, que por largos

años ocultó.

 

Buscó en miles de caminos

restos de ese sol que no lloró

 

su ausencia

inolvidable quedaron sus huellas

sumergidas en el corazón

atormentadas por no regresar.

 

No serán sus palabras

 

que acusen esa loca forma de

venerar su amor, su clamor, sus

añoranzas, su verdad

recordarán historias

reclamarán su querer

entre cariños sin retorno

teñidas de llanto enjuiciados de dolor.

 

Juntó a cada una de las

almas victoriosas que

unen ese cariño,

razones hay por hacerlo

esta el sol, está la luna

generosas de besos y abrazos

únicos en la vida

inolvidables hasta sus muertes.

El corazón de un poeta es algo muy especial porque se traza una meta de escribir, recopilar. Todas la cosas bonitas y también las feas que observa en su trayectoria para que el mundo las lea. Expresa sus sentimientos con una gran emoción no guarda nada por dentro exterioriza ese don. Y siempre está enamorado del mundo que lo rodea expresando lo que siente y manteniendo la idea. De que está contribuyendo a hacernos vivir feliz aunque muchos les critiquen y le hagan el mundo gris el vivirá

siempre en ti.

 

¿Por qué el cielo es azul?

 

Hace mucho, mucho tiempo, vivía un gran hechicero, el más poderoso que jamás ha existido.

      Vivía solo en lo poco que quedaba entonces del Paraíso, dedicándose a experimentar con plantas y animales que nunca hemos visto y cuyos nombres y propiedades sólo nos han llegado a través de las leyendas.     

      Además no dejaba acercarse a ninguno de los pobladores del resto de la Tierra, a los que consideraba inferiores a él e indignos de pisar “su” Paraíso.

      Kalub, que así se llamaba el gran hechicero, jamás había amado u odiado a nadie, ni tampoco le temía a nada, excepto a una cosa: a la muerte.

      Y le tenía miedo porque no sabía lo que pasaba después de ella: si se vivía otra vida eterna, como predicaban unos, o te reencarnabas, como decían otros, o simplemente se pasaba a la nada y al olvido.

      Y Kalub, el gran hechicero, el que conocía secretos inimaginables para el resto de los mortales, temía a lo desconocido. Por eso vivía aislado en el Paraíso, analizando especies y removiendo pociones, intentando descubrir ese misterio y encontrar una forma de ser inmortal.

      Y por fin llegó un día en que consiguió la receta precisa para ahuyentar a la muerte. Pero las sustancias eran tan antagónicas, la ausencia de muerte tan incompatible con la vida, que esos productos no soportaron estar tan cerca unos de otros y saltaron de la marmita.

      Kalub rugió. La poción ardiente había caído sobre el rostro del hechicero, que miraba extasiado cómo se consumaba su gran obra maestra.

      Rápidamente cogió un paño y se limpió la cara. Afortunadamente el accidente no había sido grave. Sólo notaba un cierto escozor en la frente y las mejillas, nada que no pudiera aliviarse con una de las pomadas de su invención.

      Pero cuando abrió los ojos no la vio en la alacena. En realidad no puedo ver ni la alacena ni el resto de la habitación; lo único que sus ojos percibieron fue un gran vacío negro.

      El Paraíso entero se estremeció con el grito de cólera y desesperación del gran hechicero.

      Kalub permaneció muchos días encerrado en su morada. Ahora, al miedo a la muerte se unía el miedo al mundo exterior. Un animal, una planta o incluso una mísera piedra que se encontrase en su camino podrían hacerle daño. Todo era desconocido.

      Como no podía aceptar el esperar sentado a la muerte, decidió luchar y crear una poción que le devolviese la vista, para después poder llegar a la que le hiciese inmortal.

      Pero para eso necesitaba un ser que le sirviese de ojos. Quizá alguno de aquellos humanos que vivían alrededor del Paraíso fuera lo bastante digno como para ser su esclavo.

      Es cierto que Kalub ya no podía servirle de la vista para salir del Paraíso, pero todavía podía utilizar algunos de sus poderes para llegar al poblado más próximo.

      Los habitantes de la aldea no supieron reaccionar cuando llegó el gran hechicero en medio de un remolino de viento.

      En cuanto éste cesó, Kalub alargó el brazo esperando agarrar a alguien antes de que nadie se diese cuenta de su ceguera. Y la casualidad, o la fatalidad, hizo que cogiese a Layla, la hija mayor del panadero.

      La joven gritó pidiendo auxilio, pero el hechicero formó otro remolino de viento y se la llevó con él.

      Un instante después llegaron al Paraíso. Layla estaba aterrorizada, pero a pesar de ello se quedó extasiada contemplando la belleza del lugar. y cuando miró hacia el cielo no pudo contener una exclamación de asombro.

      – ¡Quieres dejar de gritar ya? -exclamó Kalub, irritado.

      – Es por el cielo -contestó Layla temerosamente.

      – ¡Qué le pasa al cielo?

      – Nunca imaginé que alguna vez hubiese sido del color de mis ojos.

      Y es que en el Paraíso el cielo era de un color azul claro, limpio, que animaba el alma, a diferencia de en el resto de la Tierra, donde tenía un tono grisáceo.

      – ¡Ya te hartarás de verlo! Aunque no tendrás mucho tiempo para hacerlo, porque tienes que trabajar para mí. Empieza limpiando y recogiendo todo lo que ves en el suelo ¡y cuidado con romper algo!

      El hechicero fue tropezando hasta su aposento. Sólo entonces Layla se dio cuenta de que no podía ver, pero no estaba segura de si todavía seguía teniendo suficiente poder para arrasar la aldea si ella le desobedecía, así que comenzó a limpiar, llorando quedamente.

      Mientras la joven ordenaba la cabaña, Kalub reflexionó sobre sus próximas acciones. Layla pronto se daría cuenta de su ceguera, si es que no lo había hecho ya. Tenía que descubrir una forma de retenerla. Cuando ideó sus estrategia salió a su encuentro.

      – ¿Cuál es tu nombre, muchacha?

      Ella retrocedió asustada y contestó con la voz temblorosa:

      – Layla, señor.

      El hechicero sonrió interiormente al motar el miedo que expresaba su voz, así que le dijo con toda la dulzura de que era capaz (que no era mucha):

      – No tengas miedo, muchacha. Mientras hagas lo que te ordeno no le pasará nada malo ni a ti ni a tu gente.

      Esto confirmó las sospechas de la joven. Tanto si escapaba como si no su vida ya estaba condenada, así que debía sacrificarse por el bien de los suyos.

      – De acuerdo, -respondió- ¿qué debo hacer?

      Los días fueron pasando, y con ellos las semanas y los meses. Aunque en el Paraíso no había otoño ni invierno y no se sucedían las estaciones, tres de ellas habían pasado ya en el exterior desde que el hechicero tenía a Layla como sirviente.

      Además de arreglar la cabaña y preparar las comidas, Kalub hacía que la joven le acompañase en sus expediciones por el Paraíso, para que le ayudase a recoger los especímenes que necesitaba en su poción.

      Ella no podía menos que maravillarse ante lo que veían sus ojos. En los prados había flores de colores inimaginables, con extraños insectos revoloteando sobre ellas, y pájaros que entonaban las más dulces melodías. Cuando el prado terminaba y aparecía el bosque, más y más especies extinguidas en el resto de la Tierra aparecían ante Layla.

      Finalmente, la curiosidad pudo más que el miedo, y empezó a interrogar al hechicero sobre todo lo extraño que veía.

      Cuando la joven comenzó a formular sus preguntas, Kalub contestaba serio y cortante, enfadado por el tiempo que le estaba haciendo perder. Pero su deseo de mostrarse superior le hacía responder.

      Poco a poco eses respuestas fueron siendo más extensas y amables, y pronto llegó el día en que Layla avanzó tanto que pudo mantener conversaciones casi de igual a igual con el hechicero. Él cada vez admiraba más la inteligencia y dulzura de la joven, y ella cada vez se encontraba más a gusto con él.

      Kalub no se dio cuenta de que estaba enamorado hasta una noche en que se encontró pensando que le daba igual morir y enfrentarse a lo desconocido, si ella estaba a su lado.

      Pero debía esconder ese sentimiento. El amor te hace débil y da poder sobre ti a otra persona. Además, ella jamás podría corresponderle. ¿Cómo amar al hombre que te había separado de los tuyos y obligado a servirle?

      Todo siguió igual. El hechicero se acercaba poco a poco a lo fórmula finar de la poción para su vista, pero faltaba algo, siempre faltaba algo…

      Por fin lo descubrió. Después de miles de experimentos fallidos y de repasar sus notas una y mil veces, Kalub se dio cuenda de cuál era el ingrediente que faltaba… un par de ojos humanos. Bien, podría salir del Paraíso y coger los ojos del primer desgraciado que se encontrase. Pero… no, no había duda… debían ser los ojos de alguien que le amase… Puede que le amase o puede que no, pero sólo había una persona que pudiese cumplir ese requisito en todo el Universo.

      – ¡NO! ¡JAMÁS!

      Layla llegó preocupada de la cocina.

      – ¿Qué pasa? ¿Jamás qué?

      – Ja… Jamás conseguiré crear la poción. Acabo de descubrir que es imposible.

      – No te rindas, tiene que haber algún compuesto que no hayas usado, o…

      – ¡No! No hay nada más.

      Ella le miró con suspicacia. El hechicero nunca había titubeado al hablar. ¿Entonces por qué lo había hecho al decir ese “jamás”?

      – Quizá si…

      – Vete.

      – ¿Qué?

      – ¡Qué te marches! Vuelve con tu gente, ya no me puedes ayudar.

      – No pienso dejarte solo, p…

      – ¡Ya no te necesito, no me sirves para nada! ¡FUERA!

      Layla salió de la casa corriendo. Había ocasiones en que era muy peligroso llevarle la contraria, y esa era una de ellas. Pero no fue muy lejos. Se quedó esperando en el límite del Paraíso, a un par de horas de la cabaña. En cuanto anocheció, comenzó el camino de regreso.

      Cuando ella se fue, Kalub se desplomó sobre su cama. eso era lo mejor. Su vida ya no tenía sentido, pero ella merecía ser feliz con su familia, y quizá con algún apuesto muchacho de la aldea cercana. No debía retenerla. Y a pesar de su corazón roto, el cansancio hizo que Kalub cayese dormido.

      Poco después de medianoche Layla entró silenciosamente en el laboratorio. Estudió las notas del hechicero y pronto descubrió qué era lo que le faltaba a la poción. No necesitó más que unos segundos para decidirse.

      Un agudo chillido de dolor despertó a Kalub. Para cuando logró llegar junto a Layla, a ella sólo le quedaron fuerzas suficientes para decirle: “Ya está hecha.”, y expiró, desangrada.

      El hechicero examinó su cuerpo, pero cuando comprobó que no tenía pulso y palpó las cuencas de sus ojos, vacías y ensangrentadas, su corazón se paró. La poción estaba terminada, pero no podía tomarla. No podía quedarse allí, no podía…

      Kalub, a trompicones, se alejó de allí y se adentró en el bosque. Nunca se supo nada más de él.

      La poción abandonada al fuego fue evaporándose poco a poco. El cielo del Paraíso no pudo contener todo el vapor azulado, y éste fue extendiéndose por los cielos de todo el mundo, tiñéndolos del color de los ojos de Layla.

      Por eso, cuando el cielo nos muestra su cara más amable, tal y como era Layla, es de ese color, azul.

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ERNESTO.LunaSol

 

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