Dulcinea

–¡Hola, hermano correo! –dijo el duque–, ¿quién sois,

 adónde vais, y qué gente de guerra es la que por

 este bosque parece que atraviesa?

A lo que respondió el correo con voz horrísona y desenfadada:

–Yo soy el Diablo; voy a buscar a don Quijote de la Mancha;

 la gente que por aquí viene son seis tropas de encantadores,

 que sobre un carro triunfante traen a la sin par

Dulcinea del Toboso. Encantada viene con el gallardo francés

 Montesinos, a dar orden a don Quijote de cómo ha de

 ser desencantada la tal señora.

–Si vos fuérades diablo, como decís y como vuestra figura

 muestra, ya hubiérades conocido al tal caballero don

 Quijote de la Mancha, pues le tenéis delante.

–En Dios y en mi conciencia –respondió el Diablo–

 que no miraba en ello, porque traigo en tantas cosas

 divertidos los pensamientos, que de la principal a que

 venía se me olvidaba.

–Sin duda –dijo Sancho– que este demonio debe de ser hombre

 de bien y buen cristiano, porque, a no serlo, no jurara en

 Dios y en mi conciencia. Ahora yo tengo para mí que aun

 en el mesmo infierno debe de haber buena gente.

Luego el Demonio, sin apearse, encaminando la vista a don Quijote, dijo:

–A ti, el Caballero de los Leones (que entre las garras dellos te

 vea yo), me envía el desgraciado pero valiente caballero

 Montesinos, mandándome que de su parte te diga que le

 esperes en el mismo lugar que te topare, a causa que trae

consigo a la que llaman Dulcinea del Toboso, con orden de

 darte la que es menester para desencantarla. Y, por no ser

 para más mi venida, no ha de ser más mi estada:

los demonios como yo queden contigo, y los ángeles

 buenos con estos señores.

Y, en diciendo esto, tocó el desaforado cuerno, y volvió las espaldas

 y fuese, sin esperar respuesta de ninguno.

Renovóse la admiración en todos, especialmente en Sancho y

don Quijote: en Sancho, en ver que, a despecho de la verdad,

 querían que estuviese encantada Dulcinea; en don Quijote,

 por no poder asegurarse si era verdad o no lo que le había

 pasado en la cueva de Montesinos. Y, estando elevado en

 estos pensamientos, el duque le dijo:

–¿Piensa vuestra merced esperar, señor don Quijote?

–Pues ¿no? –respondió él–. Aquí esperaré intrépido

 y fuerte, si me viniese a embestir todo el infierno.

–Pues si yo veo otro diablo y oigo otro cuerno como

 el pasado, así esperaré yo aquí como en Flandes –dijo Sancho.
 

 
ERNESTO_______Luna_____Sol______________

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