*Un paR de zaPatos rOjos.·*

 

La notificación llegó en un sobre certificado y, antes de rasgar el sobre

 para leerla, ya conocía su contenido. En realidad, el edificio se había

 quedado tabuco del patio de entrada donde, desde hacía cuarenta años,

 habia ejercido de zapatero remendón.

Le habían ofrecido un pequeño local en la calle de al lado, pero el zapatero

 se sentía viejo, el corazón le habia dado dos sustos, y con la pensión y la

 indemnización de la inmobiliaria, echadas las cuentas, vio que podía jubilarse.

 Nunca había llegado a casarse, ni tenía parientes próximos, por lo que tampoco

 tuvo que consultar la decisión con sus familiares ni dar explicaciones a nadie.Ya había recogido los trebejos -la burra, las leznas, el punzón, las hormas

 y el martillo-, acababa de empaquetarlo todo y, por fin, contempló las estanterías vacías.

Sólo quedaban unos zapatos rojos de mujer, cubiertos de polvo, un par

 de zapatos que llevaban allí arrinconados más de un cuarto de siglo.

Era frecuente que, de vez en cuando, se quedaran olvidados zapatos

ya remendados que luego el cliente no se molestaba en recoger,

 y él solía regalarlos al cabo de dos o tres años al ropero de la parroquia.

Sin embargo, aquellos zapatos habían resistido las cribas sucesivas.

Muchas veces estuvo a punto de incluirlos en el lote de calzado para la parroquia,

 pero cuando iba a meterlos en la bolsa de plástico, pensaba en ella y se arrepentía,

y los volvía a colocar en la estantería del fondo.La primera vez ella no había venido con los zapatos rojos, sino con un par de

 zapatos de caballero, los del farmacéutico de la esquina, en cuya casa servía.

 Luego le trajo los zapatos rojos. Ella -nunca supo su nombre- era de estatura

mediana, tenía los ojos verdes, el pelo largo, muy negro, y una sonrisa

 húmeda y fresca que parecía de melocotón mordido, de higos

abiertos a primeras horas de la mañana.Se enamoró de ella y no se lo dijo nunca. Y ella se paraba en el tabuco,

 le daba coversación mientras él ponía medias suelas, tacones o arreglaba

un contrafuerte, y le sonreía como no recordaba que hubiera llegado a sonreírle

 nunca ninguna otra mujer.Un día ella dejó de venir, y por Tomás, el de los ultramarinos, se enteró

 de que la muchacha que servía en la casa del farmacéutico había regresado

al pueblo para casarse con su novio de toda la vida. Y no pasó a recoger los

zapatos rojos, aquellos zapatos rojos que acariciaba en las manos y

 que el zapatero devolvió a la estantería antes de marcharse del tabuco.Dentro de unos días vendrían las excavadoras a derribar el edificio.

Luis del Val

cuentos de Luis del Val

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