HASTA PRONTO

LA LUNA

Cuando el atardecer comienza

el sol se despide de todos,

mientras la luna saluda

anunciando un cielo hermoso.

Ella se ubica en lo más alto

para alumbrar desde allí sin descanso

y los miles de enamorados

se preparan a oír su canto.

Ella es la que cuida

al cielo y las estrellas,

porque éstos no son nada

sino los alumbra ella.

Si te sientas a mirarla

te curará de cualquier dolor,

porque su luz es mágica

y su canto es de amor.

Si te interesa hablar de algo

tranquilamente lo puedes hacer,

porque ella escucha cualquier pedido

que un enamorado pueda tener.

Para los dolores del amor

no existe mejor remedio

que hablar con ésta doctora

que sabe de sentimientos.

La luna es mucho más bella

que el cielo y las estrellas,

y su luz te calma más

que cualquier canción tierna.

Disfruto mucho caminar solo

si la vieja luna vigila el cielo,

porque así me siento más tranquilo

y le puedo contar mis secretos.

Amor se llama el juego

Hace demasiados meses que mis payasadas

no provocan tus ganas de reír…

No es que ya no me intereses,

pasó el tiempo de los besos y el sudor,

es la hora de dormir…

Duele verte removiendo la cajita de cenizas

que el placer tras de sí dejó…

Mal y tarde estoy cumpliendo la palabra que te dí

cuando juré escribirte una canción…

Un dios triste y envidioso nos castigó

por trepar juntos al árbol y atracarnos

con la flor de la pasión, por probar aquel sabor…

El agua apaga al fuego, y al ardor, los años.

“Amor” se llama el juego en el que un par de ciegos

juegan a hacerse daño…

Y cada vez peor y cada vez más rotos,

y cada vez más “tú”, y cada vez más “yo”

sin rastro de “nosotros”…

Ni inocentes ni culpables corazones

que destroza el temporal, carnes de cañón…

No soy yo, ni tú, ni nadie, son los dedos miserables

que le dan cuerda a mi reloj…

Y no hay lágrimas que valgan para volver

a meternos en el coche donde aquella noche

en pleno carnaval te empecé a desnudar…

(Joaquín Sabina)

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El Vendedor de Sueños

Aquí, en una banca como esta, todos los días después

del crepúsculo, se sentaba el vendedor de sueños.

 Su aspecto era como el de cualquier otro que ocupara

 los asientos de la plaza; lo que lo diferenciaba era un pequeño maletín,

 un maletín como este en donde guardaba su mercancía.

Como ustedes saben hay solamente dos tipos de sueños:

 los profundos y los livianos. Pero eso no es lo que importa,

 lo importante, lo caro, son los aderezos.

Sin importar que fueran profundos o livianos,

 un sueño podía ser dulce y reparador.

 O apacible, o fugaz, o delicioso,

 o tierno, o desenfrenado, o extraño, o divertido,

o erótico. En fin cada sueño era como un traje

 y se adaptaba al gusto de cada cliente.

Así, cada noche venía la gente de los alrededores a comprar

su sueño con los aderezos más insospechados.

 Sueños que los convertían por

 un instante tal vez en otras personas.

Una noche se acercó una mujer de aspecto normal,

sencillo más bien, y se sentó al otro lado del banco.

 El la miró sin detallarla y no le pareció una cliente

 potencial así que la ignoró. Al rato, después de que

 casi todos sus clientes habituales

 se habían ido, la mujer le preguntó de pronto.

— ¿Tiene ilusiones?

El vendedor, al ver el aspecto

 común de aquella mujer, tardó en responder.

—Si. —le dijo finalmente.

—Quiero una.

—Son caras.

—Lo sé.

—Cuando digo caras me refiero a que son

 realmente caras —le dijo el vendedor

volviendo a repasar el aspecto de la mujer.

—Quiero una –dijo la mujer y le

 entregó un manojo grande de billetes.

Ante aquella convicción, abrió despacito

el bolsillo pequeño del maletín

 donde guardaba las ilusiones.

—Tengo que guardarlas así, usted sabe, son muy

 escurridizas —explicaba mientras

 desataba tres pañuelos.

Extrajo una con mucho cuidado y la

 colocó en la mano extendida de la mujer.

—Atrápela con las dos manos. Y tenga cuidado,

 no se la vaya a volar el viento. Ja. Imagínese,

 una ilusión volando por ahí…

 Uno no sabe a quién va a atropellar.

Pero a la mujer no le hizo gracia el chiste, apretó

su ilusión entre las manos como

 le había indicado el vendedor y se fue.

Al vendedor le dio mucha curiosidad que alguien como

 ella comprara una ilusión. Ya había terminado

 su trabajo por hoy y no

 tenía nada que hacer así que decidió seguirla. Después de caminar

 un largo trecho llegó hasta una casa un tanto vieja

 y abandonada donde ella entró.

 Cuidadosamente se asomó por la ventana y vio una habitación

 en la que no había muebles, ni cuadros y la luz era más bien poca.

 La mujer tomó cuidadosamente

 la ilusión que recién había comprado

 y la depositó en un matero que había en el centro de la habitación.

 Inmediatamente comenzaron a crecer

 flores hasta formar un ramo grande de diferentes colores. La mujer

 se sentó entonces en el piso

 a contemplarlas mientras comía un pedazo de pan que sacó de un bolsillo.

Ahí estuvo sentada un largo rato,

sonriente, sin hacer otra cosa

que mirar las flores y comer pan.

Aburrido ya, el vendedor decidió regresar a su casa.

 Al día siguiente volvió la mujer y compró

 sin protestar otra ilusión.

 Y al día siguiente otra

 y luego otra durante dos semanas.

—Luce cansado. ¿Quiere ir a mi casa?

 —le preguntó la mujer

 de pronto con aquella sonrisa amplia con que

 la recordaba haberla visto la primera vez mirar

 las flores mientras comía el pan.

—Todavía tengo que hacer —se excusó él—

Me faltan algunos clientes importantes

que están por venir. Usted sabe, los negocios.

Tal vez otro día. Gracias.

Al día siguiente la mujer no fue.

 Pero al siguiente tampoco

y al siguiente tampoco. Y pasó toda una

 semana y la mujer no apareció.

Decidió entonces volver donde vivía la mujer.

 Se dio cuenta de

que iba casi corriendo, pero no le importaba.

Quería saber. Quería ver a aquella mujer.

Cuando llegó, se asomó por la ventana

y todo había cambiado.

 En la habitación habían muebles

 y cuadros colgados en las paredes.

 Una coloridas cortinas adornaban las ventanas

 y se respiraba un fresco olor a hogar.

La mujer, sentada a la mesa adornada con muchas comidas,

 parecía alegre y contenta. Se le ocurrió entrar.

 ¿Por qué no? Una vez lo había invitado.

Mientras lo pensaba, vio cuando

 un hombre salió de la

 cocina con dos tazas de café y le entregaba una a ella.

 Ambos reían por algo que ella dijo.

Decidió retirarse. De inmediato se dio cuanta que en

 el apuro había dejado en la plaza el maletín de los sueños.

Corrió rápidamente esperando

 que nadie lo hubiera encontrado.

Cuando llegó, lo encontró.

Afortunadamente nadie lo había visto.

Abrió con avidez el pequeño

 bolsillo donde guardaba

 las ilusiones y desamarró los tres pañuelos. Esperaba encontrar una

 pequeña ilusión para colocarla aquí en

 el bolsillo del corazón y que en su vida crecieran flores.

Pero no encontró nada. Ya no quedaba ninguna.

Y vio como arriba comenzaba a apagarse la luna mientras un viento frío

 empezaba a azotar su humanidad. Comprendió entonces

que un hombre triste y solitario es sencillamente aquel

 a quien ya se le acabaron todas las ilusiones.

Juan Ramón Pérez

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Teoría de Dulcinea

En un lugar solitario cuyo nombre no viene al caso

 hubo un hombre que se pasó la vida

 eludiendo a la mujer concreta.

Prefirió el goce manual de la lectura, y se congratulaba

 eficazmente cada vez que un caballero andante

embestía a fondo uno de esos vagos fantasmas

 femeninos, hechos de virtudes y faldas superpuestas,

 que aguardan al héroe después de cuatrocientas

 páginas de hazañas, embustes y despropósitos.

En el umbral de la vejez, una mujer de carne y hueso

puso sitio al anacoreta en su cueva. Con cualquier pretexto

 entraba al aposento y lo invadía con un fuerte aroma

 de sudor y de lana, de joven mujer

 campesina recalentada por el sol.

El caballero perdió la cabeza, pero lejos de atrapar

a la que tenía enfrente, se echó en pos

 a través de páginas y páginas,

 de un pomposo engendro de fantasía.

 Caminó muchas leguas, alanceó corderos

 y molinos, desbarbó unas cuantas encinas y dio tres

o cuatro zapatetas en el aire. Al volver de la búsqueda

 infructuosa, la muerte le aguardaba en la puerta de su casa.

 Sólo tuvo tiempo para dictar un testamento

 cavernoso, desde el fondo de su alma reseca.

Pero un rostro polvoriento de pastora se lavó con

 lágrimas verdaderas, y tuvo un destello

 inútil ante la tumba del caballero demente.

Juan José Arreola

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__________ERNESTO________________