El sol, la luna y el cuervo

El sol, la luna y el cuervo

[Cuento folclórico ruso. Texto completo]

Alekandr Nikoalevich Afanasiev

Érase un matrimonio ya anciano que tenía dos hijas y un hijo.

 Un día fue el marido al granero a buscar grano; cogió un saco,

 lo llenó de trigo y se lo llevó a su casa; pero no se fijó

 en que el saco tenía un agujero, por el que el trigo

 se iba saliendo y esparciéndose por el camino.

Cuando llegó a su casa, su mujer le preguntó:

-¿Dónde está el grano? Sólo veo el saco vacío.

No hubo más remedio que ir a recoger del suelo

 el grano esparcido, y el marido, mientras trabajaba, decía gimiendo:

-Si el buen Sol me calentase con sus rayos, la Luna me

 iluminase y el sabio Cuervo me ayudase a recoger el grano,

 al Sol le daría en matrimonio a mi hija mayor,

 al sabio Cuervo le daría mi segunda hija

 y a la Luna la casaría con mi hijo.

Apenas acabó de decirlo cuando el Sol lo calentó,

 la Luna iluminó el patio y el Cuervo le ayudó a recoger los granos.

 El viejo volvió a casa satisfecho y dijo a su hija mayor:

-Vístete con tu mejor vestido y ve a sentarte a la puerta de la casa.

Su hija lo obedeció; se vistió lo mejor posible y se sentó en e

l escalón de la puerta. En cuanto el Sol vio a la hermosa

 joven se la llevó a su casa.

Luego, el padre ordenó lo mismo a su segunda hija,

 la que se puso su mejor traje y se dirigió al patio;

aún no había pisado el umbral de la puerta cuando

apareció el Cuervo, la cogió con sus garras y se la llevó a su reino.

Le llegó el turno al hijo, a quien el padre dijo:

-Ponte tu mejor vestido y sal a la puerta.

Entonces la Luna, al ver al muchacho, se enamoró

 de él y se lo llevó a su palacio.

Pasado algún tiempo, el padre sintió deseos de ver

 a sus hijos y para sus adentros se dijo:

«Me gustaría visitar a mis yernos y a mi nuera.»

Y sin pensarlo más se dirigió a casa del Sol.

Andando, andando, al fin llegó.

-¡Hola, suegro mío! ¿Cómo te va? ¿Quieres que te convide? -dijo el Sol.

Y sin esperar la respuesta ordenó a su mujer que

 hiciese buñuelos. Cuando la masa estaba ya a punto

 se sentó en el suelo en medio de la habitación, su mujer le puso

 la sartén sobre la cabeza y en un abrir y cerrar de ojos se

 frieron los buñuelos. Regalaron con ellos al padre, quien después

 de descansar un poco se despidió de su yerno y de su hija.

Una vez en su casa pidió a su mujer que hiciese buñuelos;

 ella quiso encender la lumbre, pero su marido la detuvo, gritando:

-¡No hace falta!

Y se sentó en el suelo diciendo que le pusiera sobre la cabeza

 la sartén con los buñuelos.

-¿Qué dices, hombre? ¡Tú te has vuelto loco! -exclamó la mujer.

-¡Tú qué sabes de esto! -le contestó el marido-.

 Tú ponlos y verás cómo se fríen.

La mujer hizo lo que le mandaba; pero después de pasado

 un buen rato con la sartén sobre la cabeza los buñuelos

 no se frieron, sino que se agriaron.

-¡Ya ves qué estúpido eres! -le gritó enfadada la mujer.

Después de permanecer algunos días en casa se dirigió a visitar

 a su nuera la Luna. Al cabo de andar mucho tiempo, llegó cuando

 era medianoche; la Luna le preguntó:

-¿A qué quieres que te convide?

-A nada -contestó él-. No tengo ganas de comer,

 estoy muy cansado.

Entonces la Luna, para que descansase, le propuso que

 tomase un baño caliente; pero él le contestó:

-No, porque como es de noche no se verá nada en el baño.

-¡Oh, por eso no te apures! -contestó la Luna-; yo te proporcionaré luz.

Cuando el baño estaba ya caliente, el buen viejo fue a bañarse,

 y la Luna, descubriendo un agujero en la puerta, metió por él un

dedo e iluminó toda la habitación.

El buen hombre salió del baño muy satisfecho, y después de pasar

 unos cuantos días en casa de la Luna se despidió de sus hijos

 y se puso en camino.

Una vez en su casa aguardó la llegada de la noche y mandó

a su mujer que calentase el baño. Cuando estaba ya caliente,

 la invitó a que se bañase.

-No iré -dijo la mujer-. ¿No ves, tonto, que el cuarto del baño

 está oscuro como boca de un lobo?

-Tú báñate, que yo te procuraré luz.

Obedeció la mujer y se dirigió al baño, mientras que el viejo,

 acordándose de lo que había hecho la Luna, se fue tras ella,

 con un hacha hizo un agujero en la puerta y metió por él un dedo

. Pero no pudo iluminar el baño, y su mujer, al encontrarse

 en la oscuridad, lo colmaba de injurias.

Por fin decidió ir a visitar a su yerno, el sabio Cuervo.

 Éste lo acogió con afabilidad y le preguntó:

-¿A qué quieres que te convide?

-No quiero comer nada -contestó el suegro-; sólo quiero dormir,

 pues tengo muchísimo sueño.

-Pues bien, vamos a dormir -dijo el Cuervo.

Y colocando una escalera para que subiera por ella el anciano

, lo hizo sentarse en el palo que atravesaba la habitación,

 sirviendo de posadero, y lo tapó con un ala; pero el pobre viejo,

 al dormirse, perdió el equilibrio, cayó desde el posadero al suelo y se mató.

ERNESTO.

1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. manuela
    Jun 12, 2006 @ 16:02:29

    A ver, tiene moraleja este cuento? me he reido un poco, pero…….

    Responder

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