Una historia de París vista desde sus puentes.

Desde las primeras construcciones romanas sobre el Sena hasta el moderno pont Charles de Gaulle, los 34 puentes con que cuenta París han sido los mejores testigos del desarrollo de una ciudad que nunca ha dado la espalda a su río. Navegar por su pasado permite descubrir la historia de la capital francesa.
Una de las más populares canciones francesas se titula Sous les ponts de Paris. Compuesta en 1914 por Jean Rodor e interpretada entre otros por Maurice Chevalier, describe los contrastes de la vida en la capital francesa tal como se divisa desde los paseos y muelles del Sena. Durante el día, dice la canción, los parisinos desfilan por el río en barco (los conocidos bateaux-mouche) de un extremo a otro de la ciudad, “de Charenton a Suresnes”. Pero por la noche, la ribera del río acoge a otros visitantes: mendigos que buscan un sitio para dormir, sin importarles los malos olores; un obrero que lleva a su prometida a un lugar discreto, ya que no puede pagar una habitación, o una madre con sus tres hijos pequeños sin nada que darles de comer.

Toda la historia de los puentes de París está llena de estos contrastes. Muchas de estas construcciones se hicieron como una forma de exhibición de poder. Ya hacia 1500, las autoridades de la ciudad alardeaban de haber levantado el puente más bello de Europa, el de Notre-Dame, y todavía se enorgullecieron más al terminarse el Pont Neuf (que, a pesar de llamarse nuevo, se edificó en 1607), una obra de dimensiones colosales para la época. Justo en el año 1900, el bello y suntuoso Pont Alexandre III se convirtió en emblema de una ciudad que vivía la plenitud de la belle époque. Pero en otros momentos ha sido el pueblo quien ha dado el tono; baste recordar que hasta finales del siglo XVIII los puentes del núcleo urbano primitivo estaban atiborrados de casas particulares, a pesar del riesgo de las crecidas del río. Entre el monumentalismo y la vida cotidiana, la historia de los puentes de París permite asistir a la evolución de la ciudad en sus distintas fases de expansión urbanística y en la transformación constante de su sociedad.
Todo empezó en una isla

El nombre de París procede de los parisios, pueblo celta que desde el siglo III a. de C. se estableció en una isla en medio del río Sena, la actual isla de la Cité, en un primer recinto urbano llamado Lutecia. El emplazamiento se explicaba por razones defensivas, como muestra el episodio de la conquista romana, cuando los parisios se defendieron quemando los puentes de madera que unían la villa con la orilla izquierda del río.

La conquista romana dio inicio a una primera fase de expansión urbana, fuera de los límites de la Cité. El crecimiento se hizo hacia el sur, en la zona de la montaña de Santa Genoveva, área elevada a resguardo de las crecidas fluviales. Al mismo tiempo, los romanos abrieron un eje de comunicación que atravesaba la isla por dos puentes a ambas orillas, en el lugar de los actuales Petit Pont y Pont Notre-Dame. Pero la crisis del Imperio y el clima de inseguridad suscitado por las incursiones de pueblos bárbaros hicieron que desde el siglo III la población volviera a encerrarse en la isla de la Cité, protegida por el río y la muralla. En lo sucesivo, la ciudad, gracias a su posición estratégica, no dejaría de ganar importancia política, hasta convertirse prácticamente en capital del Reino Franco en los siglos VI y VII. El palacio de Justicia, residencia de los reyes merovingios y luego de los condes de París, fue el símbolo de este predominio, al igual que la primera catedral, construida en la Cité. Las incursiones vikingas en la segunda mitad del siglo IX redoblaron la sensación de acoso. Precisamente para frenar el avance de los barcos vikingos Sena arriba, se reconstruyeron los dos puentes romanos. Los dos terminaban en torres de piedra a ambas orillas y su misión era la de interrumpir la navegación por el río. Durante siglos se mantendría la costumbre de cerrar por la noche las puertas de la ciudad y tender una cadena de hierro a lo largo de los dos brazos del río para prevenir incursiones por sorpresa.
No fue hasta el siglo XII cuando se produjo el gran despegue económico y demográfico de París. Convertida entonces definitivamente en capital de la monarquía francesa, la isla de la Cité acogió diversas residencias reales y vio cómo se erigía la catedral de Notre-Dame, mientras la población se agolpaba en una intrincada red urbana que sería destruida en el siglo XIX. Al sur, el núcleo romano de la montaña de Santa Genoveva poco a poco fue reanimándose, en torno a la Universidad de la Sorbona, fundada a principios del siglo XIII. Pero fue sobre todo por el norte, en la orilla derecha, donde el desarrollo fue más intenso. Los pequeños burgos emplazados en lo alto de colinas a salvo de inundaciones, como Saint-Gervais o Saint-Germain-Auxerrois, empezaron a rodearse de murallas propias y cobraron una vitalidad económica cada vez mayor. Frente al núcleo político de la Cité y el distrito universitario de la Sorbona, en la orilla derecha se instalaba así el centro mercantil y artesanal, el más poblado y emprendedor de la ciudad. Esta especialización vino dada por el río. De los dos brazos que forma el Sena en torno a la isla de la Cité, el de la derecha es el más amplio y también el que tiene una ribera más baja, lo que facilita el paso de las embarcaciones y su abordaje en puertos naturales, especialmente el de La Grève, frente al actual Ayuntamiento. De esta manera, en el siglo XIV, de todos los contribuyentes que habitaban dentro de las murallas erigidas por Felipe Augusto en torno al año 1200, cuatro quintas partes se encontraban en la orilla derecha.
No fue hasta el siglo XII cuando se produjo el gran despegue económico y demográfico de París. Convertida entonces definitivamente en capital de la monarquía francesa, la isla de la Cité acogió diversas residencias reales y vio cómo se erigía la catedral de Notre-Dame, mientras la población se agolpaba en una intrincada red urbana que sería destruida en el siglo XIX. Al sur, el núcleo romano de la montaña de Santa Genoveva poco a poco fue reanimándose, en torno a la Universidad de la Sorbona, fundada a principios del siglo XIII. Pero fue sobre todo por el norte, en la orilla derecha, donde el desarrollo fue más intenso. Los pequeños burgos emplazados en lo alto de colinas a salvo de inundaciones, como Saint-Gervais o Saint-Germain-Auxerrois, empezaron a rodearse de murallas propias y cobraron una vitalidad económica cada vez mayor. Frente al núcleo político de la Cité y el distrito universitario de la Sorbona, en la orilla derecha se instalaba así el centro mercantil y artesanal, el más poblado y emprendedor de la ciudad. Esta especialización vino dada por el río. De los dos brazos que forma el Sena en torno a la isla de la Cité, el de la derecha es el más amplio y también el que tiene una ribera más baja, lo que facilita el paso de las embarcaciones y su abordaje en puertos naturales, especialmente el de La Grève, frente al actual Ayuntamiento. De esta manera, en el siglo XIV, de todos los contribuyentes que habitaban dentro de las murallas erigidas por Felipe Augusto en torno al año 1200, cuatro quintas partes se encontraban en la orilla derecha.
Tres ciudades en una

Víctor Hugo, en su obra Nuestra Señora de París, hablaba de la existencia en la Edad Media de “tres ciudades totalmente distintas y separadas, cada una con su fisonomía, su especialidad, sus costumbres, sus privilegios, su historia: la Cité, la Universidad, la villa”. Pero de inmediato recordaba que, lejos de estar aisladas entre sí, la comunicación no podía ser más intensa. En efecto, para eso estaban los puentes. A principios del siglo XV existían cuatro, dos en cada orilla, que enlazaban la Cité con la villa y la Universidad. Los dos más antiguos, herederos de los puentes romanos, eran el Petit Pont y el Grand Pont. El primero, con cuarenta metros de longitud, todavía hoy es el más corto de París. Rompiendo con la tradición de puentes de madera, a finales del siglo XII se reconstruyó en piedra, lo que no impidió que a lo largo de los siglos fuera arrastrado varias veces por las crecidas, hasta que en 1852 fue reedificado en la forma actual. El Grand Pont se situó algo más al norte que el puente romano original. Tomó su actual nombre de Pont au Change desde principios del siglo XIV, cuando, después de ser derribado por una crecida y reconstruido por orden de Felipe el Hermoso, los cambistas se instalaron en él.

Una característica de estas obras medievales era que sobre ellas se elevaban casas de particulares, que daban a los puentes un aspecto abigarrado y caótico, además de ser una fuente de riesgo ante las imprevisibles riadas. Así sucedió con el Pont Saint-Michel, en la orilla izquierda, construido en madera en 1364 y en el que se instalaron tintoreros, ropavejeros y tapiceros, reemplazados en el siglo XVII por perfumeros y libreros, igual que en el Pont Notre-Dame, en la orilla opuesta. Este último, de 1413, fue arrasado en 1499 por una crecida que provocó la muerte de muchos de los vecinos de las casas que se habían edificado encima. Esta costumbre estaba tan arraigada que, en 1512, cuando el puente se reconstruyó en piedra, se levantaron encima 68 viviendas, aunque en esa ocasión con un criterio de elegancia arquitectónica: todas aparecían perfectamente alineadas, decoradas con medallones e incluso numeradas, en una anticipación del moderno sistema de numeración de las casas. El puente, considerado entonces como el más bello de Europa, sirvió durante largo tiempo para las entradas solemnes de los reyes en su capital. Fue restaurado en el siglo XIX y a principios del XX los arcos centrales de piedra fueron sustituidos por uno de metal para evitar accidentes de navegación.
Esos cuatro puentes eran los únicos con los que contaba, todavía a principios del siglo XVII, una ciudad que entre tanto se había convertido en la más poblada de Europa. Si en 1500 París tenía unos 150.000 habitantes, en 1600 eran 300.000 y a fines del siglo XVII se superaba el medio millón. En el siglo XVI, el tránsito por unos puentes estrechos y cubiertos por casas y tiendas daba lugar a verdaderos atascos. Además, algunos de ellos tenían un estatuto de vía privada y cobraban un peaje para el paso.
Fue en las primeras décadas del siglo XVII cuando empezó a remediarse la situación, con la construcción de seis nuevos puentes. Las nuevas obras reflejaban la doble línea de expansión urbanística que seguía la ciudad. Hacia el oeste, en la orilla derecha, se desarrolló el barrio del Marais, lugar preferido de la nobleza urbana y de los financieros para la construcción de sus palacios (hôtels), y también se colonizó la isla de Saint-Louis, hasta entonces deshabitada. Los puentes Marie, de la Tournelle y de Saint-Louis comunicaron estas dos zonas con la Cité y la orilla izquierda. El Pont Marie, construido en piedra hacia 1630, es el segundo más antiguo de los que se conservan. Su nombre procede de Christophe Marie, el mayor promotor urbanístico de esos años.
Símbolos del poder real

La otra línea de expansión fue río abajo. A principios del siglo XVI, el Louvre, hasta entonces una fortaleza defensiva en el límite de la muralla urbana, fue transformado en un verdadero palacio real. Algo después, María de Medici hizo levantar en la misma zona un nuevo palacio, el castillo de las Tullerías, del que hoy subsisten únicamente los jardines, también creados en esa época. Toda la orilla derecha más allá de la isla de la Cité se convertía así en el centro palaciego de la Monarquía de los Valois y los Borbones. Los reyes abandonaban las antiguas residencias de la Cité, en el centro de la villa, todavía encerrada por las murallas medievales. Pero, al mismo tiempo, no deseaban cortar los lazos con la capital. Fue esta una de las razones de la construcción del célebre Pont Neuf, en el extremo occidental de la Cité. Desde el “Puente Nuevo” (en la actualidad, el más antiguo de los que se conservan), los parisinos del siglo XVII, como los paseantes actuales, tenían ante sus ojos la magnífica perspectiva del Louvre y las Tullerías, que demostraban el poderío de la Monarquía sobre la villa, igual que la estatua ecuestre de Enrique IV que se alza en medio del puente.

El Pont Neuf, que culminaba un proyecto desarrollado a lo largo de casi tres décadas, fue inaugurado en 1607 por Enrique IV. Era una obra de ingeniería extraordinaria para la época. Con sus doce arcos, cubre 238 metros, cabalgando sobre un extremo de la isla de la Cité que originalmente era un islote independiente. La decoración con mascarones y las estrías que producen efectos de luz según la hora del día han hecho del puente un icono de la ciudad, que permanece hoy como hace cuatro siglos. Fue también el primer puente construido sin casas; ese espacio se dejó para las aceras, lo que hizo que el lugar se convirtiera en el más animado de la ciudad. En el siglo XVIII, un escritor decía: “El flujo y reflujo de los habitantes y de los extranjeros por esta vía es tal que, para encontrar a alguien a quien se busca, basta con pasearse una hora cada día”.

El Pont Neuf inauguró un ciclo de puentes monumentales en piedra,

concebidos como una afirmación del poder de la Monarquía y que, a la vez, marcaron

 la expansión urbanística hacia el oeste. El segundo ejemplo fue

el Pont Royal, edificado en 1685, para conectar el

Louvre y las Tullerías, a la derecha, con el faubourg (“suburbio”)

de Saint-Germain, una zona en rápido crecimiento, en la orilla

izquierda. Más al oeste se proyectó, desde principios

del siglo XVIII, la edificación de un nuevo puente que solo

se llevaría a cabo en 1791, por obra del prestigioso arquitecto Perronet

el Pont Louis XVI, bautizado enseguida como Pont

de la Révolution y luego de la Concorde.

 Napoleón no hizo sino prolongar esta tendencia con

tres nuevos puentes río abajo: el Pont des Arts

(1804), el primer puente metálico de la ciudad; el Pont d¿Austerlitz

(1807), también en hierro aunque décadas después sería

reconstruido en piedra, y el diéna (1814), frente a la actual Torre Eiffel,

en una zona que pretendía convertirse en nuevo núcleo administrativo

 y monumental de París y, por tanto, del imperio europeo con el que soñaba
el emperador.
La conquista del Oeste

Con el Pont d Iéna y su proyecto de un nuevo centro urbano en el oeste, Napoleón se adelantaba a lo que iba a ser la tendencia persistente del París burgués y capitalista.

del siglo XIX: el traslado del centro de gravedad de la

ciudad hacia el oeste. El núcleo histórico y los barrios de la

periferia oriental quedaron en la primera mitad del siglo XIX

en manos de la población humilde: artesanos y obreros,

pequeños comerciantes y una amplia capa de

desarraigados. Fue también esta la población que

protagonizó las grandes revueltas francesas desde 1789

hasta la Comuna de 1871, pasando por la insurrección

socialista de 1848. Huyendo de este ambiente hostil,

la burguesía fue concentrándose en los

barrios del oeste, en los sucesivos ensanches

urbanísticos financiados en gran parte por la

banca de los que surgieron los arrondissements

 (distritos) ricos de los siglos XIX y XX.

Este profundo cambio, social y geográfico,

se reflejó en la fiebre de construcción de

puentes a lo largo del Sena que se vivió en el siglo XIX.

En el centro se levantaron algunos

nuevos, sobre todo en la época de Napoleón III,

cuando se erigieron los puentes

Archevêché (1828), Arcole (1855), Louis-Philippe

Louis-Philippe (1860) y Sully (1864). Río arriba se

emprendieron algunas grandes obras para ordenar

el tráfico en toda la conurbación: el Pont

National (1852), el más largo de la ciudad,

con 240 metros; el de Bercy (1863) y el de Tolbiac

(1882). Pero la mejor parte se la llevó el oeste,

sobre todo en las tres últimas décadas del

siglo. Las exposiciones universales de 1878, 1889

y 1900 dieron inicio a una belle époque

en la que la capital francesa fue centro universal

de las artes y la técnica. Las

celebraciones suscitaron programas monumentales

que han marcado el perfil de la ciudad,

sobre todo en la zona del Campo de Marte,

donde en 1889 se edificó la Torre Eiffel; mientras

que en la zona frente al Hôtel des Invalides se erigían

en 1900 el Grand y el Petit Palais. Este

programa arquitectónico tuvo su correspondencia

en los sucesivos puentes construidos

para estas exposiciones universales.

La era del lujo

Fue la Exposición de 1900 la que dio lugar a las tres obras

maestras de los puentes modernos de París, debidas las

tres al ingeniero y arquitecto Jean Résal. Se trata de

puentes metálicos que provocan admiración tanto por sus

características técnicas como por su refinamiento estético,

gracias en gran parte a las esculturas que los acompañan.

El Pont Mirabeau, inmortalizado en un popular poema de

Apollinaire, ofrece un arco central de extensión inusitada

en su época (96 metros) y está decorado con un grupo

escultórico de Jean-Antoine Injalbert. La Passerelle

Debilly debía ser una construcción

provisional para la Exposición, pero su belleza

hizo que se mantuviera. Y, finalmente, el Pont

Alexandre III es sin duda la joya de los puentes parisinos,

 junto con el Pont Neuf. Bautizado

así en honor del zar que en 1894 firmó una alianza

política con Francia, fue inaugurado por

su hijo Nicolás II y el presidente de la República

 Francesa Félix Faure. Fue construido en un

solo arco de 107 metros, sin arcadas ni pilares

que obstruyeran la navegación, y presenta

una curvatura muy baja a fin de respetar la

 perspectiva del entorno, entre el Hôtel des

Invalides y el Grand y el Petit Palais.

Los recubrimientos de oro y los diversos grupos

escultóricos, objeto de una reciente restauración

 que les ha devuelto todo su esplendor,

permiten revivir el ambiente de los años dorados

de la historia de la ciudad. Dentro de este

conjunto de puentes, cabe recordar también

el Viaduc de Passy, construido en 1905 y

rebautizado más tarde como Pont Bir Hakeimen

en recuerdo de una batalla en Libia de las

Fuerzas Francesas Libres, en 1942. Además,

 el viaducto construido simultáneamente para

el ferrocarril constituye otra de las

estampas características de la ciudad.

Tras la floración de lujosos puentes en

torno al año 1900, en los decenios siguientes se

abrió un paréntesis de pausa constructiva.

Tan solo en los últimos años se han llevado a la

práctica nuevos proyectos. Aparte del Pont

Solferino, vía peatonal entre las Tullerías y el

Musée d¿Orsay, otros dos puentes se han

situado esta vez en la zona sudoriental, objeto

de un amplio plan de renovación: el Pont Charles

 de Gaulle (1996) y una última pasarela en la

zona de Bercy, frente a la nueva Bibliothèque

Nationale, cuya inauguración está prevista

para el año 2006 y que se incluye dentro de un

programa de revitalización de esta zona de

la ciudad.

Los bateaux-mouche por el río que nos lleva

Una de las estampas más características del actual París

es la de los barcos que recorren el Sena repletos de

turistas. El curioso nombre de estas embarcaciones,

bateaux-mouche (“barcos mosca”), se remonta a mediados

del siglo XIX, cuando se pusieron en marcha empresas de

transporte fluvial de viajeros. La primera de ellas surgió en

1864 en Lyon, y es de uno de los barrios de esta ciudad

(La Mouche) de donde viene el nombre. Tres años

después ya funcionaban en París, donde rápidamente se

convirtieron en uno de los medios de transporte

 más populares. En 1887, después de que se

produjera una unificación de las empresas del sector,

existían en la capital 47 puentes

estaciones a ambas orillas del río, entre los que

circulaban más de un centenar de barcos

que trasladaban cada año a ocho millones de

 viajeros. Estas cifras se doblaron en los años

siguientes, con lo cual los bateaux-mouche se

transformaron en un auténtico metro

acuático. Sin embargo, la aparición en los primeros

años del siglo XX de los medios

modernos de locomoción (el tranvía eléctrico,

el metro y el autobús) provocó un rápido

declive del transporte fluvial, de modo que en

1918 los barcos ya se dedicaban

fundamentalmente al turismo.
El pont neuf sobre aguas turbulentas

Desde su inauguración, en 1607, el Pont Neuf ha sido un

escenario privilegiado de la historia de Francia y por él han

pasado los protagonistas de los principales

acontecimientos de estos cuatro siglos, como las dos

grandes revoluciones. 1594. Enrique IV, rey de Francia.

Restablecimiento de la estatua de Enrique IV en el Pont

Neuf, óleo de Hippolyte Lecomte. Enrique IV de Navarra

tomó París en 1594 y se convirtió en rey de Francia. En

1607, el monarca inauguró el Pont Neuf, aunque su estatua

no fue colocada hasta 1635. Esta fue destruida en

1792 y la que puede verse hoy se colocó en 1818.

1643. Luis XIV sube al trono. Procesión del Rey

Sol, símbolo del absolutismo, y su

comitiva a través del Pont Neuf (c. 1665).

Cuadro de la escuela francesa del siglo XVII.
1789. La Revolución Francesa. Partida de los

voluntarios, obra de Jean-Baptiste Edouard

Detaille. Los soldados republicanos cruzan

el Pont Neuf con sus banderas tricolores,

mientras una multitud los aclama.
1804. Napoleón se proclama emperador.

El cortejo imperial cruza el Pont Neuf tras la

coronación de Napoleón en Notre-Dame,

 el 2 de diciembre del año 1804.
1830. La segunda revolución. Soldados

revolucionarios en acción durante la Insurrección

de los Tres Gloriosos (en julio de 1830),

en un cuadro de la escuela francesa del siglo XIX.

Esta revolución obligó a Carlos X a abdicar.

Accedió al trono Luis Felipe.
1844. Liberación de París. Una batería antiaérea

francesa sobre el Pont Neuf, en agosto

de 1944, cuando la capital francesa fue por fin

liberada, después de haber estado ocupada

por los nazis desde el 14 de junio de 1940. 

 GRACIAS POR AVISARME ME CONFUNDI DE FOTOGRAFIA, TENIA SUEÑO…

ERNESTO