La importancia de llamarse ErnestoIII

     GUNDELINDA. -¡Mi Ernesto!

     JACK. -¿Pero no querrá usted realmente decir que no podría amarme si no me llamase Ernesto?

     GUNDELINDA. -Pero usted se llama Ernesto.

     JACK. -Sí, ya lo sé. Pero suponiendo que me llamase de otro modo, quiere usted decir que entonces la sería imposible amarme?

     GUNDELINDA. (Con volubilidad.)-¡Ah! Eso es evidentemente una especulación metafísica, y como la mayoría de las especulaciones metafísicas tiene muy poca relación con los hechos efectivos de la vida real, tal como los conocemos.

     JACK. -Personalmente, amor mío, se lo digo con toda franqueza, me tiene sin cuidado llamarme Ernesto… No creo que ese nombre me siente del todo bien.

     GUNDELINDA. -Le sienta a usted perfectamente. Es un nombre divino. Tiene música propia. Produce vibraciones.

     JACK. -Pues yo, la verdad, Gundelinda, debo confesar que hay, a mi juicio, una porción de nombres mucho más bonitos. Creo que Jack, por ejemplo, es un nombre encantador.

     GUNDELINDA. -¿Jack?… No; tiene poquísima música ese nombre, si es que realmente tiene alguna. No conmueve. No produce absolutamente ninguna vibración… He conocido varios Jacks, y todos ellos, sin excepción, eran de una fealdad extraordinaria. Además, Jack es el nombre corriente de los infinitos Juanes, criados Y yo compadezco a toda mujer que se casa con un hombre llamado Juan. Probablemente no la estará permitido conocer jamás el placer arrebatador de un solo momento de soledad. Realmente, el único nombre que merece confianza es Ernesto.

     JACK. -Gundelinda, es preciso que vaya a bautizarme…, digo, es preciso que nos casemos inmediatamente. No hay un momento que perder.

     GUNDELINDA. -¿Casarnos, míster Worthing?

     JACK. (Estupefacto.)-Naturalmente… Ya sabe usted que la amo, miss Fairfax, y usted me ha hecho creer que yo no la era completamente indiferente.

     GUNDELINDA. -Le adoro. Pero usted no se me ha declarado todavía. No me ha hablado usted para nada de casamiento. No se ha tratado ni siquiera de ese asunto.

     JACK. -Bueno… ¿Puedo declararme ahora?

     GUNDELINDA. -Me parece que sería una ocasión admirable. Y para evitarle toda posible desilusión, míster Worthing, creo leal manifestarle con toda franqueza y de antemano que estoy completamente decidida a decirle que sí.

     JACK. -¡Gundelinda!

     GUNDELINDA. -Sí, míster Worthing, ¿qué tiene usted que decirme?

     JACK. -Ya sabe usted lo que tengo que decirle.

     GUNDELINDA. -Sí, pero usted no lo dice.

     JACK. -Gundelinda, ¿quiere usted casarse conmigo? (Se arrodilla.)

     GUNDELINDA. -Claro que quiero, vida mía. ¡Cuánto tiempo ha tardado usted en decirlo! Temo que tenga usted muy poca experiencia en materia de declaraciones.

     JACK. -No he amado a nadie en el mundo más que a usted, encanto mío.

     GUNDELINDA. -Sí, pero los hombres se declaran muchas veces para ejercitarse. Sé que mi hermano Gerardo lo hace. Todas mis amigas me lo dicen. ¡Qué ojos azules más maravillosos tiene usted, Ernesto! Son completamente, completamente azules. Espero que me mirará usted siempre así, sobre todo cuando haya gente delante. (Entra LADY BRACKNELL.)

     LADY BRACKNELL. -¡Míster Worthing! ¡Levántese usted, caballero, de esa postura semiacostada! Es muy indecorosa.

     GUNDELINDA. -¡Mamá! (Él intenta levantarse; ella se lo impide.) Te ruego encarecidamente que te retires. Éste no es tu sitio. Además, míster Worthing no ha acabado del todo.

     LADY BRACKNELL. -¿Acabado el qué, si puedo preguntarlo?

     GUNDELINDA. -Soy la prometida de míster Worthing, mamá. (Se levantan ambos.)

     LADY BRACKNELL. -Perdona, tú no eres la prometida de nadie. Cuando seas la prometida de alguien, yo, o tu padre, si su salud se lo permite, te lo comunicaremos. Es cosa que debe presentársele a una muchacha como una sorpresa, agradable o desagradable, según los casos. No es asunto que pueda permitírsele arreglar por su cuenta… Y ahora tengo que hacerle a usted unas cuantas preguntas, míster Worthing. Mientras se las hago, espérame abajo en el coche, Gundelinda.

     GUNDELINDA. (En tono de reproche)-¡Mamá!

     LADY BRACKNELL. – ¡En el coche, Gundelinda! (Gundelinda se dirige hacia la puerta. Ella y Jack se tiran besos por detrás de lady Bracknell. Lady Bracknell mira vagamente a su alrededor, como intentando comprender qué ruido es aquél. Por último, se vuelve.) ¡Gundelinda, al coche!

     GUNDELINDA. -Sí, mamá. (Sale, volviéndose para mirar a Jack.)

     LADY BRACKNELL. (Sentándose.)-Puede usted sentarse, míster Worthing. (Saca de su bolsillo un cuadernito de notas y un lápiz.)

     JACK. -Gracias, lady Bracknell; prefiero estar de pie.

     LADY BRACKNELL. (Lápiz y cuadernito de notas en mano.)-Me creo en la obligación de decirle que no está usted en mi lista de muchachos elegibles, aunque tengo la misma que mi querida duquesa de Bolton. En realidad, operamos juntas. No obstante lo cual estoy completamente dispuesta a anotar el nombre de usted si sus respuestas son las que requiere una madre verdaderamente cariñosa. ¿Fuma usted?

     JACK. -Pues bien, sí; debo confesar que fumo.

     LADY BRACKNELL. -Me alegro saberlo. Un hombre debe siempre tener una ocupación cualquiera. Hay demasiados hombres ociosos en Londres. ¿Qué edad tiene usted?

     JACK. -Veintinueve años.

     LADY BRACKNELL. -Una edad excelente para casarse. He sido siempre de opinión de que un hombre que desea casarse, debería saberlo todo o no saber nada ¿Cuál es su caso?

     JACK. (Después de una ligera vacilación.)-Yo no sé nada, lady Bracknell.

     LADY BRACKNELL. -Me alegro. No consiento la menor intromisión de la ignorancia natural. La ignorancia es como un delicado fruto exótico; se la toca y desaparece la pelusilla. La teoría de la educación moderna es íntegra y radicalmente falsa. Afortunadamente, en Inglaterra al menos, la educación no produce el menor efecto. Si lo produjese, representaría un serio peligro para las clases altas, y daría lugar probablemente a actos de violencia en Grosvenor Square. ¿Qué renta tiene usted?

     JACK. -De siete a ocho mil libras al año.

     LADY BRACKNELL. (Tomando nota en su cuadernito.)-¿En tierras o en inversiones?

     JACK. -En inversiones, principalmente.

     LADY BRACKNELL. -Eso es satisfactorio. Entre los deberes que la esperan a una en el transcurso de la vida y los deberes que la exigen a una después de muerta, la tierra ha dejado de ser en todo caso un beneficio o un placer. Le da a una posición y le impide mantenerla. Eso es todo lo que puede decirse de la tierra.

     JACK. -Tengo una casa de campo con unas tierras, anejas a ella, claro es, unas novecientas cuarenta y tantas fanegas, creo yo; pero no depende de eso mi verdadera renta. En realidad, por lo que he podido comprobar, los cazadores furtivos son los únicos que sacan algo de ella.

     LADY BRACKNELL. -¡Una casa de campo! ¿Cuántas alcobas? Bueno, ese punto puede aclararse después. ¿Tiene usted casa en Londres, me figuro? Una muchacha de un carácter tan sencillo y poco maleado, como Gundelinda, no hay que pensar ni por un momento, en que viva en el campo.

     JACK. -Sí, tengo una casa en la plaza de Belgravia, pero está alquilada por años a lady Bloxham. Claro es que puedo disponer de ella siempre que quiera, avisando con seis meses de anticipación.

     LADY BRACKNELL. -¿Lady Bloxham? No la conozco.

     JACK. -¡Oh! Sale poquísimo. Es una señora de edad muy avanzada.

     LADY BRACKNELL. -¡Ah! En los tiempos que corren eso no es una garantía de respetabilidad personal. ¿Qué número de la plaza de Belgravia?

     JACK. -Ciento cuarenta y nueve.

     LADY BRACKNELL. (Moviendo la cabeza)-El lado que no está de moda. Ya me figuraba yo que había algo. Sin embargo, eso podría modificarse fácilmente

     JACK. -¿La moda o el lado?

     LADY BRACKNELL. (Con seriedad.)-Supongo que ambos, si es preciso. ¿Qué es usted en política?

     JACK. -Pues bien, temo realmente no ser nada. Soy liberal unionista LADY BRACKNELL. -¡Oh! Eso le coloca entre los tories Cenan con nosotros. O vienen a hacernos la tertulia por la noche en todo caso. Y ahora, vamos a los asuntos secundarios. ¿Sus padres viven?

     JACK. -He perdido a mis padres.

     LADY BRACKNELL. -Perder a uno de los dos, míster Worthing, puede considerarse como una desgracia; perder a los dos parece una negligencia. ¿Quién era su padre? Evidentemente, un hombre de alguna fortuna. ¿Había nacido en lo que los periódicos radicales llaman la púrpura del comercio, o se había encumbrado en la esfera de la aristocracia?

     JACK. -Temo realmente no saberlo. El hecho es, lady Bracknell, que la he dicho que había perdido a mis padres. Estaría más cerca de la verdad diciendo que mis padres parecen haberme perdido… Actualmente no sé quién soy por mi nacimiento. Fui… bueno, fui encontrado.

     LADY BRACKNELL. -¡Encontrado!

     JACK. -El difunto míster Thomas Cardew, anciano caballeroso, de carácter muy caritativo y de benévolo, me encontró y me dio el nombre de Worthing, porque la casualidad hizo que tuviera en aquel momento en su bolsillo un billete de primera clase para Worthing. Worthing es un pueblo del condado de Sussex. Es una playa concurrida.

     LADY BRACKNELL. -¿Dónde le encontró a usted ese caballero caritativo que tenía un billete de primera clase para esa playa concurrida?

     JACK. (Gravemente.)-En un saco de mano.

     LADY BRACKNELL. -¿En un saco de mano?

     JACK. (Con mucha seriedad.)-Sí, lady Bracknell. Estaba yo en un saco de mano -un saco de mano un tanto grande, de cuero negro, con asas-; en fin, un saco de mano corriente.

     LADY BRACKNELL. -¿En qué punto tropezó ese míster James, o Thomas Cardew, con ese saco de mano corriente?

     JACK. -En el guardarropa de la estación Victoria. Se lo dieron equivocadamente por el suyo.

     LADY BRACKNELL. -¿En el guardarropa de la estación Victoria?

     JACK. -Sí. Línea de Brighton.

     LADY BRACKNELL. -La línea no tiene importancia. Míster Worthing, confieso que me siento un poco turbada por lo que acaba usted de decirme. Nacer, o por lo menos haber sido criado en un saco de mano, ya sea con asas o sin ellas, me parece una manifestación de desprecio hacia el decoro de la vida de familia, que recuerda los peores excesos de la Revolución Francesa. ¿Y supongo que sabrá usted adónde condujo aquel desdichado movimiento? En cuánto al sitio exacto en el cual fue encontrado el saco de mano, el guardarropa de una estación de ferrocarril podría servir para ocultar una indiscreción social -y realmente es muy probable que haya sido utilizado para ese fin antes de ahora-, pero no podría, en modo alguno, considerarse como una base segura para cimentar una posición reconocida en la buena sociedad.

     JACK. -¿Puedo preguntarle qué me aconsejaría usted hacer? No necesito decirle que lo haría todo por asegurar la felicidad de Gundelinda.

     LADY BRACKNELL. -Le aconsejaría vivamente, míster Worthing, que procurase adquirir algunos parientes lo antes posible, y que hiciera un esfuerzo decisivo para presentar por lo menos a uno de los dos autores de sus días, de cualquier sexo, antes de que haya terminado del todo la temporada.

     JACK. -Pues no veo cómo voy a arreglármelas para eso. Puedo presentar el saco de mano en cualquier momento. Lo tengo en mi casa, en mi cuarto de aseo. Creo que podría usted realmente darse por satisfecha con eso, lady Bracknell.

     LADY BRACKNELL. -¡Yo, caballero! ¿Qué tengo yo que ver con eso? ¡No se imaginará usted que yo y lord Bracknell vamos a cometer la locura de casar a nuestra hija única -una muchacha educada con el mayor cuidado-, en un guardarropa ni a contraer parentesco con un bulto de viaje! ¡Buenos días, míster Worthing! (LADY BRACKNELL sale rápidamente con una majestuosa indignación.)

     JACK. -¡Buenos días! (ALGERNON, desde el aposento contiguo, toca una marcha nupcial. JACK, con aire muy furioso, se dirige hacia la puerta.) ¡Por amor de Dios, no toques esa pieza fúnebre, Algy! ¡Qué idiota eres! (Cesa la música y entra ALGERNON, con cara risueña.)

     ALGERNON. -¿Salió todo bien, chico? ¿No irás a decirme que te dio calabazas Gundelinda? Sé que es una costumbre suya. Está siempre rechazando pretendientes. Lo encuentro muy mal en ella.

     JACK. -¡Oh! Con Gundelinda la cosa marcha como sobre ruedas. Por lo que a ella se refiere, somos novios. Su madre es completamente inaguantable. No he tropezado nunca con una Gorgona semejante… En realidad, no sé a qué se parece una Gorgona, pero estoy segurísimo de que lady Bracknell lo es. De todas maneras, es un monstruo, sin ser un mito, lo cual resulta más bien injusto… Perdóname, Algy. Me parece que no debía hablar así de tu tía, delante de ti.

     ALGERNON. -¡Pero, hombre, si a mí me gusta oír maltratar a mis parientes! Es lo único que me los hace soportables. Los parientes son sencillamente un hatajo de gente fastidiosa, que no tiene la más remota noción de cómo hay que vivir, ni el más ligero instinto de cuándo debe morirse.

     JACK. -¡Oh, eso es un disparate!

     ALGERNON. -¡No lo es!

     JACK. -Bueno, no quiero discutirlo. Tú siempre necesitas discutirlo todo.

     ALGERNON. -Precisamente, para eso están hechas las cosas desde sus orígenes.

     JACK. -Te doy mi palabra de que si yo pensase eso me mataría…(Una pausa.) ¿Tú crees, Algy, que hay alguna probabilidad de que Gundelinda llegue a parecerse a su madre dentro de ciento cincuenta años?

     ALGERNON. -Todas las mujeres llegan a parecerse sus madres. Esa es su tragedia. Los hombres, ninguno se parece. Y es la suya.

     JACK. -¡Eso es muy ingenioso!

     ALGERNON. -¡Está perfectamente expresado! Y es tan cierto como puede serlo cualquier observación en la vida civilizada.

     JACK. -Estoy harto por completo de inteligencia. Hoy día todo el mundo es inteligente. No puedes ir a ninguna parte sin encontrarte con personas inteligentes. La cosa ha llegado a ser una verdadera calamidad pública. Le pido al cielo que deje unos cuantos tontos.

     ALGERNON. -Los hay.

     JACK. -Me gustaría muchísimo encontrármelos. ¿De qué hablan?

     ALGERNON. -¿Los tontos? ¡Oh! De los listos, como es natural.

     JACK. -¡Qué tontos!

     ALGERNON. -A propósito. ¿Le has dicho a Gundelinda la verdad, que eras Ernesto en Londres y Jack en el campo?

     JACK. (Con marcado aire de protección.)-Amigo mío, la verdad no es en absoluto lo que se dice a una muchacha bonita, agradable e inteligente. ¡Qué ideas más extraordinarias tienes sobre la manera de tratar a una mujer!

     ALGERNON. -La única manera de tratar a una mujer es hacerla el amor, si es bonita o hacérselo a otra, si es fea.

     JACK. -¡Oh! ¡Esa es una tontería!

     ALGERNON. -¿Y qué le has dicho de tu hermano, del perdido de Ernesto?

     JACK. -¡Oh! Antes de fin de semana me habré desembarazado de él. Diré que ha muerto en París, de apoplejía. Muchísima gente muere de apoplejía de un modo repentino, ¿verdad?

     ALGERNON. -Sí, pero es hereditario, chico. Es una de las cosas que vienen de familia. Harías mucho mejor en hablar de un fuerte enfriamiento.

     JACK. -¿Estás seguro de que un fuerte enfriamiento no es hereditario, de que no es nada familiar?

     ALGERNON. -Claro que no lo es.

     JACK. -Entonces, muy bien. A mi pobre hermano Ernesto se le ha llevado pateta repentinamente, en París, un fuerte enfriamiento. Ya me he desembarazado de él.

     ALGERNON. -¿Pero me parece que dijiste que… miss Cardew demostraba demasiado interés por tu pobre hermano Ernesto? ¿No sufrirá ella mucho con su muerte?

     JACK. -¡Oh! La cosa irá bien. Cecilia, me complace decirlo, no es una muchacha tonta, romántica. Tiene un apetito excelente, da largos paseos y no presta ninguna atención a sus lecciones.

     ALGERNON. -Me gustaría realmente conocer a Cecilia.

     JACK. -Ya tendré yo buen cuidado de impedírtelo. Es excesivamente bonita y tiene dieciocho años recién cumplidos.

     ALGERNON. -¿Y le has dicho a Gundelinda que tienes una pupila, excesivamente bonita, de dieciocho años recién cumplidos?

     JACK. -¡Oh! Hay que hablar a la gente con consideración. Cecilia y Gundelinda acabarán seguramente por ser íntimas amigas. Te apuesto lo que quieras a que a la media hora de conocerse se llaman mutuamente hermanas.

     ALGERNON. -Las mujeres sólo hacen eso después de llamarse otra porción de cosas. Ahora, mi querido amigo, si queremos tener una buena mesa en Willis, necesitamos ir a vestirnos en seguida. ¿Sabes que son cerca de las siete?

     JACK. (En tono irritado.)-¡Oh! Siempre son cerca de las siete.

     ALGERNON. -Bueno, pero yo tengo hambre.

     JACK. -Sería la primera vez que supiese que no la tenías.

     ALGERNON. -¿Qué vamos a hacer después de cenar? ¿Ir al teatro?

     JACK. -¡Oh, no! Me molesta escuchar.

     ALGERNON. -Bueno, iremos al Club.

     JACK. -¡Oh, no! Me es odioso hablar.

     ALGERNON. -Bueno, podríamos dar una vuelta por el Empire a las diez.

     JACK. -¡Oh, no! Me resulta insoportable ver cosas. ¡Es tan tonto!

     ALGERNON. -Entonces, ¿qué hacemos?

     JACK. -¡Nada!

     ALGERNON. -Es penosísimo no hacer nada. Sin embargo, yo no estoy dispuesto a ese penoso trabajo, cuando no tiene algún objeto… (Entra LANE.)

     LANE. -Miss Fairfax.

(Entra GUNDELINDA. Sale LANE.)

     ALGERNON. -¡Gundelinda, a fe mía!

     GUNDELINDA. -Algy, ten la bondad de volverte de espaldas. Tengo que decir algo muy particular a míster Worthing.

     ALGERNON. -Realmente, Gundelinda, no sé si puedo permitir eso de ninguna manera.

     GUNDELINDA. -Algy, tú siempre adoptas una actitud rigurosamente inmoral frente a la vida. No eres aún lo suficientemente viejo para eso. (ALGERNON se retira hacia la chimenea.)

     JACK. -¡Vida mía!

     GUNDELINDA. -Ernesto, puede que nunca nos casemos. Por la expresión de la cara de mamá, temo que no lo estemos jamás, Hoy día son poquísimos los padres que hacen caso de lo que dicen sus hijos. El antiguo respeto hacia los jóvenes desaparece rápidamente. Si alguna vez tuve cierta influencia sobre mamá, la perdí a los tres años de edad. Pero aunque pueda ella impedirnos llegar a ser marido y mujer, aunque pueda yo casarme con otro y casarme muchas veces, nada de lo que haga podrá alterar mi eterno amor hacia usted.

     JACK. -¡Gundelinda mía!

     GUNDELINDA. -La historia de su romántico origen, tal como me la ha relatado mamá, con comentarios desagradables, ha conmovido, como es natural, las fibras más profundas de mi ser. Su nombre de pila tiene un encanto irresistible. La sencillez de su carácter le hace a usted exquisitamente incomprensible para mí. Tengo sus señas de Londres, en Albany. ¿Cuáles son sus señas en el campo?

     JACK. -Manor House, Woolton, condado de Hertford. (ALGERNON, que ha estado escuchando atentamente, se sonríe para sí mismo y escribe las señas en un puño de la camisa. Luego coge la Guía de Ferrocarriles.)

     GUNDELINDA. -¿Supongo que habrá un buen servicio de Correos? Puede ser necesario hacer alguna cosa desesperada. Claro es que eso requeriría seria reflexión. Me cartearé con usted a diario.

     JACK. -¡Alma mía!

     GUNDELINDA. -¿Cuánto tiempo permanecerá usted en Londres?

     JACK. -Hasta el lunes.

     GUNDELINDA. -¡Bien! Algy, ya puedes volverte.

     ALGERNON. -Gracias; ya me he vuelto.

     GUNDELINDA. -Puedes también llamar al timbre.

     JACK. -¿Me permitirá usted acompañarla hasta su coche, encanto mío?

     GUNDELINDA. -Claro que sí.

     JACK. (A LANE, que acaba de entrar.)-Yo acompañaré a miss Fairfax.

     LANE. -Bien, señor. (Salen JACK y GUNDELINDA. LANE presenta a ALGERNON varias cartas en una bandeja. Puede suponerse que son facturas, pues ALGERNON, después de mirar los sobres, las rompe.)

     ALGERNON. -Una copa de Jerez, Lane.

     LANE. -Sí, señor.

     ALGERNON. -Mañana, Lane, voy a Bunburyzar.

     LANE. -Bien, señor.

     ALGERNON. -Probablemente no volveré hasta el lunes. Puede usted prepararme el frac, el smoking y el vestuario completo de Bunbury…

     LANE. -Bien, señor, (Deja el Jerez sobre la mesa.)

     ALGERNON. -Espero que hará buen día mañana, Lane.

     LANE. -Nunca hace buen día, señor.

     ALGERNON. -Lane, es usted muy pesimista.

     LANE. -Hago lo que puedo para agradar, señor.

(Entra JACK. Sale LANE.)

     JACK. -¡Qué muchacha tan sensata, tan inteligente! La única muchacha que me ha gustado en mi vida. (ALGERNON se ríe a carcajadas.) ¿Qué es lo que te divierte tanto?

     ALGERNON. -¡Oh! Estoy un poco inquieto por ese pobre Bunbury, eso es todo.

     JACK. -Si no tienes cuidado, tu amigo Bunbury te meterá en un lío serio algún día.

     ALGERNON. -Me gustan los líos. Son las únicas cosas que no han sido nunca serias.

     JACK. -¡Oh! Esas son tonterías, Algy. No dices nunca más que tonterías.

     ALGERNON. -Nadie hace otra cosa. (JACK le mira con indignación y sale del cuarto. Algernon enciende un cigarrillo, lee lo que ha escrito en el puño de su camisa y sonríe.)

CAE EL TELÓN

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