La importancia de llamarse Ernesto IIIII

     ALGERNON. -Será entonces una vieja miope. (CECILIA le pone la rosa en el ojal.) Es usted la muchacha más bonita que he visto en mi vida.

     CECILIA. -Miss Prism, dice que los encantos físicos son un lazo.

     ALGERNON. -Un lazo en el que todo hombre sensato querría dejarse coger.

     CECILIA. -¡Oh! Creo que a mí no me gustaría coger a un hombre sensato. No sabría de qué hablar con él. (Entran en la casa. MISS PRISM y el doctor CASULLA vuelven.)

     Miss Prism. -Está usted muy solo, mi querido doctor Casulla, Debería usted casarse. Puedo comprender un misántropo, ¡pero un mujerántropo jamás!

     CASULLA. (Con un escalofrío de hombre docto.)-No merezco, créame, un vocablo de tan marcado neologismo. El precepto, así como la práctica de la Iglesia primitiva, eran claramente opuestos al matrimonio.

     MISS PRISM.(Sentenciosamente.)-Esa es sin duda alguna la razón de que la Iglesia primitiva no haya durado hasta nuestros días. Y usted parece no darse cuenta, mi querido doctor, de que un hombre que se empeña en permanecer soltero se convierte en una perpetua tentación pública. Los hombres deberían ser más prudentes; su celibato mismo es el que pierde a las naturalezas frágiles.

     CASULLA. -¿Pero es que un hombre no tiene el mismo atractivo cuando está casado?

     MISS PRISM. -Un hombre casado no tiene nunca atractivo más que para su mujer.

     CASULLA. -Y con frecuencia, según me han dicho, ni siquiera para ella.

     MISS PRISM. -Eso depende de las simpatías intelectuales de la mujer. Se puede siempre confiar en la edad madura. Se puede dar crédito a la madurez. Las mujeres jóvenes están verdes. (El doctor CASULLA se estremece.) Hablo en lenguaje de horticultura. Mi metáfora estaba tomada de las frutas. ¿Pero dónde está Cecilia?

     CASULLA. -Tal vez nos haya seguido a las escuelas. (Entra JACK muy despacio por el fondo del jardín. Viene vestido de luto riguroso, con una gasa negra sobre la cinta del sombrero y guantes negros.)

     MISS PRISM. -¡Míster Worthing!

     CASULLA. -¿Míster Worthing?

     MISS PRISM. -Esto es realmente una sorpresa. No le esperábamos a usted hasta el lunes por la tarde.

     JACK. (Estrechando la mano de MISS PRISM con ademán trágico.)-He regresado antes de lo que esperaba. ¿Supongo que estará usted bien, doctor Casulla?

     CASULLA. -Mi querido míster Worthing, ¿espero que ese traje de luto no significará ninguna terrible calamidad?

     JACK. -Mi hermano.

     MISS PRISM. -¿Más deudas vergonzosas, más locuras?

     CASULLA. -¿Sigue haciendo siempre su vida de placer?

     JACK. (Inclinando la cabeza.)-¡Muerto!

     CASULLA. -¿Ha muerto su hermano Ernesto?

     JACK. -Del todo.

     MISS PRISM. -¡Qué lección para él! Espero que le servirá.

     CASULLA. -Míster Worthing, le doy a usted mi sincero pésame. Tiene usted al menos el consuelo de saber que fue usted siempre el más generoso y el más indulgente de los hermanos.

     JACK. -¡Pobre Ernesto! Tenía muchos defectos, pero es un golpe doloroso, muy doloroso.

     CASULLA. -Muy doloroso, en efecto. ¿Estaba usted con él en sus últimos momentos?

     JACK. -No. Ha muerto en el extranjero; en París, sí. Recibí anoche un telegrama del gerente del Gran Hotel.

     CASULLA. -¿Indicaba la causa de la muerte?

     JACK. -Un fuerte enfriamiento, según parece.

     MISS PRISM. -Cada hombre recoge lo que siembra.

     CASULLA.(Levantando la mano.)-¡Caridad, mi querida miss Prism; caridad! Ninguno de nosotros es perfecto. Yo mismo tengo una debilidad especial por el juego de las damas. ¿Y el entierro, tendrá lugar aquí?

     JACK. -No. Parece ser que expresó el deseo de que le enterrasen en París.

     CASULLA. -¡En París! (Moviendo la cabeza.) Temo que ese detalle indique la poca sensatez de su estado de ánimo en los últimos momentos. Deseará usted, sin duda, que haga yo el domingo próximo alguna ligera alusión a esta desgracia doméstica. (JACK le aprieta la mano convulsivamente.) Mi sermón sobre el significado del maná en el desierto puede adaptarse a casi todas las situaciones alegres o, como en el presente caso, luctuosas. (Todos suspiran.) Lo he predicado en fiestas de segadores, en bautizos, confirmaciones, días de penitencia y días solemnes. La última vez que lo pronuncié fue en la Catedral, como sermón de caridad a beneficio de la preventiva contra el descontento entre las clases altas. Al obispo, que estaba presente, le causaron mucha impresión algunas de las comparaciones que hice.

     JACK. -¡Ah! ¿No ha hablado usted de bautizos, doctor Casulla? Porque eso me recuerda una cosa. ¿Supongo que sabrá usted bautizar muy bien? (El doctor CASULLA se queda estupefacto.) Quiero decir como es natural, que estará usted bautizando continuamente, ¿no es eso?

     MISS PRISM. -Siento decir que ese es uno de los deberes más constantes del rector en esta parroquia. Yo he hablado más de una vez a las clases menesterosas sobre ese asunto. Pero parecen ignorar lo que es economía.

     CASULLA. -Pero, ¿hay algún niño determinado por quien se interesa usted, míster Worthing? Su hermano creo que era soltero, ¿verdad?

     JACK. -¡Oh, sí!

     MISS PRISM. (Con amargura.)-La gente que vive únicamente para el deleite lo suele ser.

     JACK. -Pero no es para ningún niño, mi querido doctor. Me gustan mucho los niños. ¡No! El caso es que quisiera yo ser bautizado esta tarde, sí no tiene usted nada mejor que hacer.

     CASULLA. -¿Pero seguramente, míster Worthing, estará usted ya bautizado?

     JACK. -No recuerdo absolutamente nada.

     CASULLA. -¿Pero tiene usted alguna duda importante sobre eso?

     JACK. -Creo tenerla. Claro es que no sé si la cosa le molestará a usted si le parezco ya un poco viejo.

     CASULLA. -No, por cierto. La aspersión y hasta la inmersión de los adultos son prácticas, perfectamente canónicas.

     JACK. -¡La inmersión!

     CASULLA. -No tenga usted cuidado. Basta con la aspersión, y es inclusive lo que le aconsejo. ¡Está el tiempo tan variable! ¿A qué hora desea usted que se efectúe la ceremonia?

     JACK. -¡Oh! Podríamos quedar en las cinco, si a usted le conviene.

     CASULLA. -¡Perfectamente, perfectamente! Tengo además otras dos ceremonias similares a esa hora. Han nacido recientemente dos gemelos en una de las quintas alejadas de la finca de usted. El pobre Jenkins, el carretero, es un hombre que trabaja de firme.

     JACK. -¡Oh! No me parece muy chistoso ser bautizado en compañía de otros rorros. Sería infantil. ¿Le parecería a usted bien a las cinco y media?

     CASULLA. -¡Admirablemente! ¡Admirablemente! (Saca el reloj.) Y ahora, mi querido míster Worthing, no quiero molestar más tiempo en su casa, sumida en la pesadumbre. Le aconsejaría tan solo que no se dejase abatir demasiado por el dolor. Las que nos parecen pruebas amargas, son muchas veces beneficios disfrazados.

     MISS PRISM. -Esto me parece un beneficio evidente. (Entra CECILIA, que viene de la casa.)

     CECILIA. -¡Tío Jack! ¡Oh! Me alegro muchísimo de verle a usted ya de vuelta. ¡Pero qué traje tan horrible se ha puesto usted! Vaya usted a cambiar de ropa.

     MISS PRISM. -¡Cecilia!

     CASULLA. -¡Hija mía! ¡Hija mía! (CECILIA se dirige hacia JACK; éste la besa en la frente con aire melancólico.)

     CECILIA. -¿Qué ocurre, tío Jack? ¡Póngase usted alegre! Parece que tiene usted dolor de muelas. ¡Qué sorpresa le preparo! ¿Quién cree usted que está en el comedor? ¡Su hermano!

     JACK. -¿Quién?

     CECILIA. -Su hermano Ernesto. Ha llegado hace una media hora.

     JACK. -¡Qué disparate! Yo no tengo hermano.

     CECILIA. -¡Oh, no diga usted eso! Por mal que se haya portado con usted anteriormente, no por eso deja de ser su hermano. No es posible que tenga usted tan poco corazón como para renegar de él. Voy a decirle que salga. Y le dará usted la mano, ¿verdad, tío Jack? (Corriendo, vuelve a entrar en la casa.)

     CASULLA. -Estas sí que son noticias alegres.

     MISS PRISM. -Después de estar todos nosotros resignados a su pérdida, ese retorno inesperado me parece singularmente calamitoso.

     JACK. -¿Que mi hermano está en el comedor? No sé qué querrá decir todo esto. Lo encuentro completamente absurdo.

(Entran ALGERNON y CECILIA, cogidos de la mano. Se dirigen muy despacio hacia JACK.)

     JACK. -¡Santo Dios! (Con un gesto ordena a ALGERNON que se marche.)

     ALGERNON. -Hermano John, he venido desde Londres para decirte que siento muchísimo todos los disgustos que te he dado y que estoy decidido a enmendarme por completo en lo sucesivo. (JACK le mira con ojos furibundos y no le tiende la mano.)

     CECILIA. -Tío Jack, ¿no irá usted a negarle la mano a su propio hermano?

 

     CECILIA. -Sí, lo sabía instintivamente; pero yo no podría esperar todo ese tiempo. Detesto tener que esperar a cualquiera aunque sólo sean cinco minutos. Me pone eso siempre de muy mal humor. Yo no soy puntual, ya lo sé, pero me gusta la puntualidad en los demás y, por lo tanto, no hay ni que pensar en que yo espere, aunque sea para casarme.

     ALGERNON. -¿Entonces, qué vamos a hacer, Cecilia?

     CECILIA. -No lo sé, míster Moncrieff.

     LADY BRACKNELL. -Mi querido míster Worthing, como miss Cardew declara categóricamente que no podría esperar hasta los treinta y cinco -advertencia que, lo confieso, me parece mostrar un carácter algo impaciente-, yo le rogaría a usted que meditase nuevamente su determinación.

     JACK. -Pero, mi querida lady Bracknell, ¡si el asunto está por completo entre sus manos! En el momento en que usted consienta en mi boda con Gundelinda, yo aprobaré gustoso el enlace de su sobrino con mi pupila.

     LADY BRACKNELL. (Levantándose e irguiéndose con altivez.)-Debía usted ya saber perfectamente que no hay ni que pensar en su proposición.

     JACK. -Entonces, un celibato apasionado es lo que podemos esperar todos nosotros en lo venidero.

     LADY BRACKNELL. -No es ese el destino que le reservo a Gundelinda. Algernon, como es natural, puede escoger por sí mismo. (Saca su reloj.) Vamos, querida. (GUNDELINDA se levanta.) Hemos perdido cinco trenes o seis. Si perdemos alguno más, nos exponemos a toda clase de comentarios en el andén. (Entra el doctor CASULLA.)

     CASULLA. -Todo está preparado para los bautizos.

     LADY BRACKNELL. -¿Para los bautizos, caballero? ¿No será eso algo prematuro?

     CASULLA. (Con aire ligeramente perplejo y señalando a JACK y a Algernon.)-Estos dos señores han expresado el deseo de ser bautizados inmediatamente.

     LADY BRACKNELL. -¿A su edad? ¡La idea es grotesca e impía! Algernon, te prohíbo que te bautices. No quiero oír hablar de semejantes excesos. Lord Bracknell se disgustaría mucho si se enterase de que malgastabas de esa manera tu tiempo y tu dinero.

     CASULLA. -¿Quiere eso decir que no habrá entonces ningún bautizo en toda la tarde?

     JACK. -No creo que tenga mucha importancia práctica para nosotros, tal como están las cosas en este momento, doctor Casulla.

     CASULLA. -Me apena oírle a usted semejantes conceptos, míster Worthing. Huelen a las doctrinas heréticas de los anabaptistas, doctrinas que he refutado por completo en cuatro de mis sermones inéditos. No obstante, como la disposición de ánimo de ustedes en este momento me parece particularmente profana, volveré a la iglesia en seguida. Además, acaba de decirme el encargado del cepillo eclesiástico que hace hora y media que me está esperando miss Prism en la sacristía.

     LADY BRACKNELL. -¡Miss Prism! ¿Le he oído a usted, realmente, referirse a una miss Prism?

     CASULLA. -Sí, lady -Bracknell. A reunirme con ella voy.

     LADY BRACKNELL. -Permítame usted que le ruegue que se detenga un momento. Es un asunto que puede tener una importancia vital para lord Bracknell y para mí. Esa miss Prism, ¿no es una mujer de aspecto repulsivo, confusamente relacionada con la enseñanza?

     CASULLA. (Con cierta indignación)-Es una dama de las más cultas y la imagen misma de la respetabilidad.

     LADY BRACKNELL. -Evidentemente, es la misma persona. ¿Puedo preguntarle qué situación ocupa en casa de usted?

     CASULLA. (Con severidad.)-Soy soltero, señora.

     JACK. (Interviniendo.)-Miss Prism, lady Bracknell, es, desde hace tres años, la reputada institutriz y la compañera inestimable de miss Cardew.

     LADY BRACKNELL. -A pesar de eso que acabo de oír sobre ella, necesito verla inmediatamente. Mande usted a buscarla.

     CASULLA. (Mirando hacia afuera)-Aquí se acerca; ya llega.

(Entra MISS PRISM apresuradamente.)

     MISS PRISM. -Me dijeron que me esperaba usted en la sacristía, mi querido canónigo. Le he aguardado allí por espacio de una hora y tres cuartos. (Ve de pronto a LADY BRACKNELL, que fija en ella una mirada penetrante y petrificadora. Miss Prism se queda pálida y desfallece. Mira con ansiedad a su alrededor, como queriendo huir.)

     LADY BRACKNELL. (Con la voz severa de un juez.)-¡Prism! (MISS PRISM baja la cabeza, avergonzada.) ¡Venga usted aquí, Prism! (MISS PRISM se acerca con aire humilde.) ¡Prism! ¿Dónde está el niño? (Consternación general. El canónigo retrocede horrorizado. ALGERNON y JACK fingen querer evitar con inquietud que CECILIA y GUNDELINDA oigan los detalles de un terrible escándalo público.) Hace ya veintiocho años, Prism, que salió usted de casa de lord Bracknell, calle de Uper Grosvenor, número 104, al cuidado de un cochecillo que contenía una criatura recién nacida, del sexo masculino. No volvió usted nunca. Algunas semanas después, gracias a las minuciosas pesquisas de la Policía londinense, fue descubierto el cochecillo a medianoche, abandonado y sin defensa, en un rincón alejado de Bayswater. Contenía el manuscrito de una novela en tres tomos, de un sentimentalismo más irritante que el de costumbre. (MISS PRISM se estremece con una indignación involuntaria.) ¡Pero el niño no estaba en él! (Todos miran a MISS PRISM.) ¡Prism! ¿Dónde está el niño? (Una pausa.)

     MISS PRISM. -Lady Bracknell, confieso avergonzada que no lo sé. ¡Qué más quisiera yo que saberlo! He aquí los hechos verdaderos, tal como sucedieron. La mañana del día que usted ha mencionado, día que está grabado con letras de fuego en mi memoria, me dispuse, como de costumbre, a sacar al niño de paseo en un cochecillo. Llevaba también conmigo un saco de viaje un poco viejo, pero de gran capacidad, en el que me proponía colocar el manuscrito de una novela que había yo escrito durante mis escasas horas libres. En un momento de distracción mental, que no podré perdonarme nunca, coloqué el manuscrito en el cochecillo y metí al niño en el saco de viaje.

     JACK. (Que ha estado escuchando con atención.)-¿Pero adónde llevó usted el saco de viaje?

     MISS PRISM. -No me lo pregunte usted, míster Worthing.

     JACK. -Miss Prism, es este un asunto de grandísima importancia para mí. Insisto en saber adónde llevó usted el saco de viaje que contenía al rorro.

     MISS PRISM. -Lo dejé en el guardarropa de una de las mayores estaciones de Londres.

     JACK. -¿Qué estación?

     MISS PRISM. (Completamente abrumada.)-En la estación Victoria. Línea de Brighton. (Se deja caer en una silla.)

     JACK. -Tengo que retirarme un momento a mi cuarto. Gundelinda, espéreme usted aquí.

     GUNDELINDA. -Si no tarda usted demasiado le esperaré aquí toda mi vida. (Sale JACK, muy excitado.)

     CASULLA. -¿Qué cree usted que quiere decir todo esto, lady Bracknell?

     LADY BRACKNELL. -No me atrevo a sospecharlo, doctor Casulla. No necesito decir a usted que en las familias de elevada posición no se admite el que puedan darse coincidencias extrañas. Se consideran muy cursis. (Óyense ruidos en el piso de encima, como si alguien fuese tirando baúles. Todos miran hacia arriba.)

     CECILIA. -El tío Jack parece extraordinariamente agitado.

     CASULLA. -Su tutor tiene un carácter muy impresionable.

     LADY BRACKNELL. -Ese ruido es desagradabilísimo. Por el estrépito, parece como si hubiese encontrado un argumento. Odio los argumentos de cualquier clase que sean. Son siempre vulgares, y muchas veces convincentes.

     CASULLA. (Mirando hacia arriba.)-Ahora ha cesado. (Los ruidos aumentan.)

     LADY BRACKNELL. -Desearía que llegase a alguna conclusión.

     GUNDELINDA. -Esta incertidumbre es terrible. Espero que durará.

(Entra JACK con un saco de viaje, de cuero negro, en la mano.)

     JACK. (Abalanzándose hacia MISS PRISM.)-¿Es este el saco de mano, miss Prism? Examínelo usted minuciosamente antes de hablar. La felicidad de más de una vida depende de su respuesta.

     MISS PRISM. (Sosegadamente)-Me parece que es el mío. Sí, aquí está la rozadura que sufrió cuando volcó el ómnibus en la calle de Gower, en días juveniles y dichosos. Aquí, en el forro, está la mancha causada por la explosión de un termo para bebidas, incidente ocurrido en Leamington. Y aquí, en la cerradura, están mis iniciales. No me acordaba ya que las había hecho grabar aquí, por capricho. Este saco es, indudablemente, el mío. Me alegro muchísimo de encontrarlo tan inesperadamente. Su falta me ha ocasionado grandes molestias durante todos estos años.

     JACK. (Con voz patética.)-Miss Prism, ha encontrado usted algo más que este saco de viaje. Yo era el niño que colocó usted dentro.

     MISS PRISM. (Atónita.)-¿Usted?

     JACK. (Abrazándola.)-¡Sí…, madre!

     MISS PRISM. (Retrocediendo, con indignado asombro.)-¡Míster Worthing! ¡Yo soy soltera!

     JACK. -¡Soltera! No niego que es un golpe muy serio. Pero, después de todo, ¿quién tiene derecho a tirar la piedra al que ha sufrido? ¿No puede borrar el arrepentimiento un acto de locura? ¿Por qué ha de haber una ley para los hombres y otra para las mujeres? Madre, yo la perdono a usted. (Intenta abrazarla otra vez.)

     MISS PRISM. (Más indignada aún)-Míster Worthing, aquí hay algún error. (Señalando a LADY BRACKNELL.) Ahí está la señora, que puede decirle quién es usted realmente.

     JACK. (Después de una pausa.)-Lady Bracknell, me molesta mucho parecer curioso; pero ¿querría usted tener la bondad de comunicarme quién soy yo?

     LADY BRACKNELL. -Temo que la noticia que voy a darle no le agrade a usted del todo. Usted es el hijo de mi pobre hermana mistress Moncrieff, y, por consiguiente, el hermano mayor de Algernon.

     JACK. -¡El hermano mayor de Algy! Entonces, después de todo, tengo un hermano. ¡Ya sabía yo que tenía un hermano! ¡Siempre dije que tenía un hermano! Cecilia, ¿cómo pudiste nunca dudar que tenía yo un hermano? (Cogiendo de la mano a ALGERNON.) Doctor Casulla, mi desgraciado hermano. Miss Prism, mi desgraciado hermano. Gundelinda, mi desgraciado hermano. Algy, joven sinvergüenza, tendrás que tratarme con más respeto en lo futuro. No te has portado conmigo como un hermano en toda tu vida.

     ALGERNON. -Sí, chico, hasta hoy, lo reconozco. Yo lo hacía lo mejor que podía, aunque me faltaba práctica. (Se estrechan la mano.)

     GUNDELINDA. (A JACK.)-¡Dueño mío! ¿Pero quién es usted? ¿Cuál es su nombre de pila, ahora que es usted otro?

     JACK. -¡Dios mío!… Me había olvidado por completo de ese detalle. La decisión de usted respecto a mi nombre es irrevocable, ¿no?

     GUNDELINDA. -Yo no cambio nunca, excepto en mis afectos.

     CECILIA. -¡Qué naturaleza tan noble la de usted, Gundelinda!

     JACK. -Entonces mejor será aclarar esta cuestión inmediatamente. Tía Augusta, un momento. En la época en que miss Prism me dejó en el saco de viaje, ¿había yo ya sido bautizado?

     LADY BRACKNELL. -Todo el lujo que puede comprarse con dinero, incluyendo el bautismo, fue derrochado con usted por sus amantes padres, ciegos de cariño.

     JACK. -¡Entonces yo estaba bautizado! Eso está ya aclarado. Y ahora, ¿qué nombre me pusieron? Dígamelo, aunque sea la cosa peor para mí.

     LADY BRACKNELL. -Siendo el primogénito, era natural que le bautizasen a usted con el nombre de su padre.

     JACK. (Algo irritado.)-Sí; ¿pero cuál era el nombre de pila de mi padre?

     LADY BRACKNELL. (Reflexionando.)-En este momento no puedo recordar el nombre de pila del general. Pero es indudable que tenía uno. Era excéntrico, lo confieso. Pero sólo en sus últimos años. Y lo era a consecuencia del clima de la India, del matrimonio, de las indigestiones y de otras cosas parecidas.

     JACK. -¡Algy! ¿No puedes recordar cuál era el nombre de pila de nuestro padre?

     ALGERNON. -Chico, no nos dirigimos nunca la palabra. El murió antes de cumplir yo el año.

     JACK. -Su nombre aparecerá en los Anuarios militares de aquella época, ¿verdad, tía Augusta?

     LADY BRACKNELL. -El general era esencialmente un hombre de paz en todo menos en su vida doméstica. Pero estoy segura de que su nombre aparecerá en algún Anuario militar.

     JACK. -Aquí están los Anuarios militares de los últimos cuarenta años. Estos encantadores cronicones debían haber sido mi estudio constante. (Se precipita hacia el estante y arranca de él materialmente los libros.) M. Generales… Mallam, Maxbohm, Magley, ¡qué nombres más espantosos tienen!… ¡Markby, Migsby, Mobbs, Moncrieff! Teniente en 1840, capitán, teniente coronel, coronel, general en 1869; nombres de pila: Ernesto John. (Vuelve a colocar el libro con mucha tranquilidad y habla sosegadamente.) ¿No le dije a usted siempre, Gundelinda, que me llamaba, Ernesto? Bueno, pues Ernesto soy, después de todo. Quiero decir que soy, naturalmente, Ernesto.

     LADY BRACKNELL. -Sí, ahora recuerdo que el general se llamaba Ernesto. Ya sabía yo que por algún motivo particular me era antipático ese nombre.

     GUNDELINDA. -¡Ernesto! ¡Mi Ernesto! ¡Desde el principio sentí que no podías llamarte de otro modo!

     JACK. -Gundelinda, es una cosa terrible para un hombre descubrir de pronto que durante toda su vida no ha dicho más que la verdad. ¿Puedes perdonarme?

     GUNDELINDA. -Sí. Porque estoy segura de que cambiarás.

     JACK. -¡Vida mía!

     CASULLA. (A miss PRISM)-¡Leticia! (Lo abraza.)

     MISS PRISM. (Entusiasmada.)-¡Federico! ¡Al fin!

     ALGERNON. -¡Cecilia! (La abraza.) ¡Al fin!

     JACK. -¡Gundelinda! (La abraza.) ¡Al fin!

     LADY BRACKNELL. -Sobrino mío, paréceme que empiezas a dar señales de vulgaridad.

     JACK. -Al contrario, tía Augusta, acabo de darme cuenta, por primera vez en mi vida, de la importancia suma de ser formal.

TABLEAU

TELÓN FINAL

 

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