La importancia de llamarse Ernesto II

     JACK. -Harías mucho mejor en cenar con tu tía Augusta.

     ALGERNON. -No tengo la menor intención de hacer semejante cosa. Primeramente, he cenado con ella el lunes, y cenar con parientes una vez a la semana es muy suficiente. En segundo lugar, siempre que ceno allí, me tratan como a un miembro de la familia y me obligan a marcharme solo o con dos invitadas. En tercer lugar, sé perfectamente al lado de quién me colocaría esta noche. Me colocaría al lado de Mary Farquhar, que flirtea siempre con su marido de un extremo a otro de la mesa. Y esto no es muy agradable. En realidad, no es ni siquiera decente… Y es una costumbre que toma un incremento enorme. Es completamente escandaloso el número de señoras en Londres que flirtean con sus maridos. ¡Hace tan mal efecto! Es, sencillamente, como lavar en público la ropa limpia. Además, ahora que sé que eres un Bunburysta consumado, deseo, como es natural, hablarte del Bunburysmo. Quiero revelarte sus reglas.

     JACK. -Yo no soy Bunburysta en absoluto. Si Gundelinda me dice que sí, mataré realmente a mi hermano. Le mataré de todas maneras. Cecilia se interesa un poco demasiado por él. Es más bien una lata. Así es que voy a deshacerme de Ernesto. Y te aconsejo vivamente que hagas lo mismo con míster…, con ese amigo tuyo enfermo que tiene un nombre tan absurdo.

     ALGERNON. -Nada me moverá a deshacerme de Bunbury, y si te casas alguna vez, lo cual me parece extraordinariamente problemático, te alegrarás mucho de conocer a Bunbury. Un hombre que, se casa sin conocer a Bunbury se encontrará siempre aburridísimo.

     JACK. -Eso es una tontería. Si me caso con una muchacha tan encantadora como Gundelinda -y es la única muchacha que he visto en mi vida con la que querría casarme-, te garantizo que no tendré necesidad de conocer a Bunbury.

     ALGERNON. -Entonces querrá conocerle tu mujer. Pareces no darte cuenta de que en la vida conyugal tres son una compañía y dos no.

     JACK. (Sentenciosamente.)-Mi querido y joven amigo, esa es la teoría que el corruptor teatro francés ha venido propagando durante estos cincuenta últimos años.

     ALGERNON. -Sí; y eso es lo que el venturoso hogar inglés ha demostrado en la mitad de ese tiempo.

     JACK. -¡Por amor de Dios! No intentes ser cínico. Es facilísimo serlo.

     ALGERNON. -Hoy día, mi querido amigo, no hay nada fácil. Existe una competencia estúpida para todo. (Se oye sonar un timbre eléctrico) ¡Ah! Esa debe de ser tía Augusta. Únicamente los parientes o los acreedores llaman de esa manera wagneriana. Vamos, si logro entretenerla durante diez minutos, para que tengas ocasión de declararte a Gundelinda, ¿podré cenar contigo esta noche en Willis?

     JACK. -Si te empeñas, es de suponer.

     ALGERNON. -Sí, pera que sea en serio. Detesto a la gente que no se porta seriamente cuando se trata de comidas. ¡Demuestra tal trivialidad por su parte!

(Entra LANE.)

     LANE. -Lady Bracknell y miss Fairfax. (ALGERNON se adelanta al encuentro de ellas.)

(Entran LADY BRACKNELL y GUNDELINDA.)

     LADY BRACKNELL. -Buenas tardes, querido Algernon. Siempre bueno, ¿verdad?

     ALGERNON. -Me siento muy bien, tía Augusta.

     LADY BRACKNELL. -Lo cual no es lo mismo; me refería yo a la otra bondad. En realidad esas dos cosas van pocas veces juntas. (Ve a JACK y le hace un saludo glacial.)

     ALGERNON. (A GUNDELINDA.)-¡Dios mío, qué elegante estás!

     GUNDELINDA. -¡Yo siempre estoy elegante! ¿No es verdad, míster Worthing?

     JACK. -Es usted absolutamente perfecta, miss Fairfax.

     GUNDELINDA. -¡Oh! Espero no serlo, No tendría entonces ocasión de mejorar y procuro mejorar en muchas cosas. (GUNDELINDA y JACK se sientan juntos en un rincón.)

     LADY BRACKNELL. -Siento haber llegado un poco tarde, Algernon, pero no he tenido más remedio que ir a ver a nuestra querida lady Harbury. No había estado allí desde la muerte de su pobre marido. No he visto nunca una mujer tan cambiada; enteramente parece veinte años más joven. Y ahora voy a tomar una taza de té y uno de esos exquisitos sandwiches de pepino que me prometiste.

     ALGERNON. -Muy bien, tía Augusta. (Se dirige hacia la mesa del té.)

     LADY BRACKNELL. -¿Quieres venir a sentarte aquí, Gundelinda?

     GUNDELINDA. -Gracias, mamá; estoy aquí muy cómoda.

     ALGERNON. (Levantando aterrado la bandeja vacía.)-¡Dios mío! ¡Lane!, ¿cómo no hay aquí sandwiches de pepino? Los encargué especialmente.

     LANE. (Con gran seriedad.)-No había pepinos en el mercado esta mañana, señor. He ido dos veces.

     ALGERNON. -¿Que no había pepinos?

     LANE. -No, señor. Ni siquiera pagando al contado.

     ALGERNON. -Está bien, Lane; gracias.

     LANE. -Gracias, señor. (Vase.)

     ALGERNON. -Me desconsuela muchísimo, tía Augusta, que no hubiese allí pepinos, ni siquiera pagando al contado.

     LADY BRACKNELL. -No importa, Algernon. He tomado unas pastas con lady Harbury, que me parece vive ahora dedicada en absoluto a darse buena vida.

     ALGERNON. -He oído decir que se le había vuelto el pelo completamente rubio de pena.

     LADY BRACKNELL. -El color ha cambiado realmente. Lo que no sabría decir, como es natural, es la causa de ese cambio. (Algernon cruza la estancia y sirve el té.) Gracias. Tengo un verdadero agasajo para ti esta noche, Algernon. Pienso que hagas compañía a Mary Farquhar. Es una mujer verdaderamente deliciosa ¡y tan cariñosa con su marido! Resulta encantador verlos.

     ALGERNON. -Temo, tía Augusta, tener que renunciar al placer de cenar con usted esta noche.

     LADY BRACKNELL. (Frunciendo el ceño.)-Espero que no, Algernon. Me desbaratarías la mesa por completo. Tu tío tendría que cenar arriba. Afortunadamente ya está acostumbrado.

     ALGERNON. -Es muy fastidioso, y no necesito decirle lo que me contraría, pero el hecho es que acabo precisamente de recibir un telegrama diciéndome que mi pobre amigo Bunbury está otra vez gravísimo. (Cambiando una mirada con JACK.) Creen que debo estar allí con él.

     LADY BRACKNELL. -Es muy extraño. Ese míster Bunbury padece una mala salud singularísima.

     ALGERNON. -Sí; el pobre Bunbury es un caso desesperado.

     LADY BRACKNELL. -Bueno, pues debo decirte, Algernon, que a mi juicio es hora ya de que míster Bunbury se decida por fin a vivir o a morirse. Su indecisión en esto es absurda. No apruebo en modo alguno- la simpatía moderna hacia los enfermos desahuciados. La considero morbosa. La enfermedad, sea la que fuese, no es cosa que debe alentarse en el prójimo. La salud es el primer deber en la vida. Se lo estoy diciendo siempre a tu pobre tío, pero él no parece hacer mucho caso… a juzgar por la leve mejoría que experimenta en sus dolencias. Te quedaría muy obligada si le suplicases a míster Bunbury de mi parte que hiciese el favor de no tener recaída el sábado, pues cuento contigo para preparar mi concierto. Es mi última recepción y necesito algo que anime las conversaciones, sobre todo a fines de temporada cuando la gente ha dicho, realmente todo lo que tenía que decir, lo cual no era mucho, probablemente, en la mayoría de los casos.

     ALGERNON. -Hablaré a Bunbury, tía Augusta, si es que no ha perdido aún la cabeza, y creo poder prometerla a usted que estará muy bien el sábado. Claro es que el concierto ofrece grandes dificultades. Mire usted, si se toca buena música, la gente no escucha, y si se toca música mala, la gente no habla. Pero repasaré el programa que he redactado, si quiere usted tener la amabilidad de entrar en la habitación de al lado un momento.

     LADY BRACKNELL. -Gracias, Algernon. Eres muy previsor. (Levantándose y siguiendo a ALGERNON.) Estoy segura de que el programa quedará encantador, después de algunos expurgos. No puedo permitir canciones francesas. La gente parece siempre creer que son indecentes, y o ponen unas caras escandalizadas, lo cual es vulgar, o se ríen a carcajadas, lo cual es peor aún. Pero el alemán suena a idioma perfectamente respetable, y realmente yo creo que lo es. Gundelinda, ¿quieres venir conmigo?

     GUNDELINDA. -Voy, mamá. (LADY BRACKNELL y ALGERNON pasan a la sala de música. GUNDELINDA se queda atrás.)

     JACK. -¡Qué hermoso día hace, miss Fairfax!

     GUNDELINDA. -No me hable usted del tiempo, míster Worthing, se lo ruego. Siempre que una persona me habla del tiempo, tengo la absoluta seguridad de que quiere dar a entender otra cosa. Y eso me pone nerviosísima.

     JACK. -Yo quiero dar a entender otra cosa.

     GUNDELINDA. -Ya me lo figuraba. Realmente no me equivoco nunca.

     JACK. -Y yo quisiera que me fuese permitido aprovechar la ocasión favorable creada por la ausencia momentánea de lady Bracknell…

     GUNDELINDA. -Yo le aconsejaría, sin duda, que lo hiciese. Mamá tiene una manera de volver a entrar de repente en una habitación, que me ha obligado a reñirla muchas veces.

     JACK. (Nerviosamente.)-Miss Fairfax, desde que la conocí a usted, la admiré más que a ninguna otra muchacha… Desde que la conocí a usted… la conocí…

     GUNDELINDA. -Sí, ya estoy perfectamente enterada de eso. Y con frecuencia he deseado que hubiera usted sido más expresivo, en público, por lo menos. Ha tenido usted siempre para mí un encanto irresistible. Aun antes de conocerle, estaba usted lejos de serme indiferente. (JACK la mira atónito.) Vivimos, como usted sabe, míster Worthing, en una época de ideales. Es un hecho que nos recuerdan constantemente en las revistas mensuales más caras, y que ha llegado, según me han dicho, hasta los púlpitos de provincias; y mi ideal ha sido siempre amar a un hombre que se llamase Ernesto. Hay en ese nombre algo que inspira una absoluta confianza. Desde el momento en que Algernon me indicó que tenía un amigo llamado Ernesto, comprendí que estaba destinada a amarle a usted.

     JACK. -¿Me ama usted de verdad, Gundelinda?

     GUNDELINDA. -¡Apasionadamente!

     JACK. -¡Alma mía! No sabe usted lo feliz que me hace.

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