Encuentros

Un día yo caminaba por Barcelona, y vi cuando iba a cruzar la otra acera vi a una chica que parecía estar muy asustada, sin saber muy bien a donde dirigir su frágil bastón. Yo que soy muy observador la miré y me di cuenta de que algo raro le pasaba. Le pregunté si se encontraba mal, ella me dijo que no, pero que no sabia donde se encontraba, que estaba desorientada. Le dije que estaba en la Diagonal, y sin saber muy bien por qué fuimos a tomar un cafe y hablamos. Fuimos a una cafetería que había en la misma calle y tomamos algo. De camino le dije que si quería se podía coger a mi brazo, ella no lo pensó demasiado, asintió con la cabeza y me cogió del brazo. Cuando estábamos dentro de la cafetería le pregunté que quería tomar, ella me dijo que lo mismo que yo tomase. Le dije que iba apedir un cubata de ron y ella me dijo muy seria que también quería otro, me reí. Ella quería saber mi nombre “Ernesto” le dije, ella se llamaba Susana, es un nombre bonito, siempre me ha gustado ese nombre para una chica, así que se lo dije, y ella muy seria me dijo que si sus padres la vieran bebiendo con un tipo al que ni conocía no lo entenderían, pero que, sin embargo, por algún extraño motivo se sentía protegida y a gusto a mi lado, no le dije nada, pero lo cierto es que yo también estaba a gusto con ella, era una chica muy bonita. Me dijo que tenía 24, yo tenía su misma edad. Quería saber por qué cojeaba, al parecer un accidente en la nieve cuando tenia 19 años, llevaba varias operaciones y aún le quedaba una última operación a la cual se iba a someter ese mismo mes. Hablamos de muchas cosas, y sin darnos cuenta se hizo de noche. Así que luego nos fuimos a cenar. Estuvimos desde las 6 de la tarde hasta las 3 de la mañana. La despedida fue rara, me hubiera gustado pedirle el teléfono, nunca más nos vimos.

               Ernesto.

 LunaSol